Una oposición aún débil

Carmen Claudin
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13 de junio de 2012  

MADRID.- No nos equivoquemos. No es que Vladimir Putin no quiera tener oposición, lo que ocurre es que la quiere -y la necesita- de diseño. Unos requisitos que no cumple el abigarrado movimiento que, a falta de mejor definición, podríamos llamar oposición informal.

Cae dentro de la lógica porque el presidente firmó la semana pasada un proyecto de ley que aumenta la multa individual hasta 9000 dólares por participar en "protestas ilegales" y hasta en 30.000 por organizarlas, cuando antes rondaba los 150 dólares en ambos casos.

El argumento a favor de esta ley que hizo aprobar Rusia Unida, el principal pero menguante partido en la Cámara baja, es la necesidad de garantizar la protección de los transeúntes contra posibles actos de violencia de manifestantes.

Lejos quedan las declaraciones del entonces presidente Dimitri Medvedev, que afirmaba en 2010 que "el derecho a celebrar actos públicos está directamente relacionado con los derechos de los ciudadanos a participar en la gestión de los asuntos del Estado, a la libertad de opinión y otros derechos constitucionales".

A pesar de todo, los líderes de esta oposición informal llamaron a participar ayer en la primera gran manifestación de protesta desde la vuelta al poder de Putin, el mes pasado, en su tercer mandato.

Mientras la policía estimó en 20.000 los participantes, los organizadores de la protesta dijeron que hubo unos 100.000 manifestantes en Moscú. Es muy posible que con la ley represiva y las redadas en las casas de líderes opositores el Kremlin haya regalado a los disidentes un magnífico empujón a su popularidad y acabe cosechando lo contrario de lo que pensaba sembrar.

Esta nueva oposición, que consiguió un lugar visible en el espacio público ruso, es sin duda un fenómeno nuevo, aún difícil de discernir, y todo permite pensar que su representatividad es más alta que lo que las meras cifras de los participantes en las manifestaciones indican.

La sociedad rusa se diversificó y la proporción de los que ya no dependen directamente del Estado pasó a ser mayoritaria.

Por otra parte, el innegable aumento del nivel de vida material, que había silenciado a amplias capas sociales durante años, ya no es suficiente para compensar una creciente exigencia de los rusos de ser tratados como ciudadanos modernos y no como sujetos feudales. Sin embargo, la ausencia de Estado de Derecho deja a la oposición en una situación muy compleja a la hora de diseñar tácticas de momento y estrategias de futuro.

Como observa con acierto Aleksey Malashenko, un destacado analista ruso, "el equipo de Putin cuenta con el poder del presidente y el de sus seguidores; el equipo de los opositores sólo puede confiar en sus propias fuerzas".

Pero el problema va más allá. Esta oposición es estructuralmente débil, ideológicamente muy diversa y aún demasiado dependiente del viejo lastre ruso de la rivalidad entre personalidades. Hasta ahora, su principal factor de fuerza y cohesión es precisamente la lógica opositora (el enemigo común), pero le queda mucho camino que recorrer para llegar a ser una alternativa real (el proyecto común).

Aun así, y aunque la manifestación de ayer no llegue a cumplir las expectativas, a mediano plazo la victoria para el actual poder será pírrica.

© EL PAIS, SL

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