Una pesadilla que se divierte con el inconsciente de los norteamericanos

Roger Cohen
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18 de noviembre de 2014  

NUEVA YORK.- ¿En qué consiste exactamente la pesadilla de la decapitación de otro norteamericano, Peter Kassig, a manos de Estado Islámico? En primer lugar, la imagen misma, por supuesto. En el caso de Kassig, una cabeza cercenada y ensangrentada aparece entre los pies de un asesino encapuchado. En otras ejecuciones, hemos visto el cuchillo sobre la garganta, el ruego quebrado de las víctimas, el movimiento de serrucho de la mano izquierda, y hemos escuchado la voz muerta y monocorde del jactancioso verdugo. Así que no hace falta imaginar cómo terminó la vida de este joven idealista norteamericano, un voluntario recientemente convertido al islam.

Y sin embargo la imaginación no se acalla. Se ve arrastrada hacia el vórtice del sufrimiento de los prisioneros, se alimenta de los detalles de cómo fueron sometidos al submarino y otras formas de tortura, se consterna por la imagen repetida de esos mamelucos anaranjados y por el modo en que estos asesinos medievales, tan diestros en el manejo de Facebook, se prenden al lado oscuro de las desviaciones de la confusión en la que se sumió Estados Unidos tras los ataques del 11 de Septiembre, y aprovechan para reclutar en el camino. La malignidad de Estado Islámico se hace evidente sobre todo en su sagacidad.

Así como condensamos la matanza de septiembre de 2001 en tres cifras, 9/11, para acostumbrarnos al hecho, ahora también sucumbimos a la banalidad estilo Monty Python de apodar "Jihadi John" al verdugo de Estado Islámico: una simpática aliteración para aliviar la angustia.

Una vez más, se impone la imaginación: hubo un minuto en el que el tal "Jihadi John" estaba intentando entrar y ser aceptado en la lluviosa Inglaterra, desempleado, con una hipoteca que pagar y consumido por el resentimiento, y al minuto siguiente ahí está, parado bajo el refulgente sol del Levante, donde todo es claro y sin sombra, en la vanguardia de una especie de reunificación sunnita cuyo intento es someter al mundo a la asesina facción wahabista del islam. "Jihadi John" ha pasado a formar parte de algo más grande. Ahora tiene una misión. Tiene licencia para matar infieles y hasta conversos al islam, como Kassig, en nombre de su fe. Ahora, es un revolucionario lleno de las certezas que le confiere ese llamado.

¿Cuántos más como él hay dando vueltas, esperando ser captados en un pub de Bradford, o en los gueto-suburbios de algún pueblito de Francia, o en la fracturada Libia?

Tal vez la pregunta se acerca a la verdadera naturaleza de la pesadilla. Por horrendas que sean, las imágenes de las cinco ejecuciones no pueden explicar por sí mismas el alcance de la reacción de Occidente. Nuestras sociedades, después de todo, se han habituado a la violencia a través de las películas y los videojuegos. Es cosa de todos los días.

Lo que resulta intolerable, de hecho, es la sensación, 13 años después del 11 de Septiembre, de que Estados Unidos ha sido como un perro que persigue su propia cola; que, como en esos juegos de feria, basta aplastar un enclave jihadista acá, para que asome otro por allá; que la ideología de Al-Qaeda sigue reverberando en un mundo árabe encerrado, cuyo equilibrio sunnita-chiita (fuese lo que fuese) se vio trastocado por la invasión de Estados Unidos a Irak.

Y hay más: la sensación de que los 4500 soldados norteamericanos y los más de 100.000 iraquíes que murieron en Irak no arrojaron ni una victoria ni ninguna claridad, sino que sólo dejaron un país y una sociedad quebrados; de que la "primavera árabe", que prometía una salida a la confrontación reforzada mutuamente entre la dictadura cuasi militar y el islam político, terminó en frustración (salvo en Túnez) y en una venganza de los extremistas, y de que "Jihadi John", por el momento, lleva las de ganar frente a "Mohammed el Moderado". La pesadilla, en resumidas cuentas, tiene menos que ver con la imagen de barbarismo en sí misma que con el sentimiento de humillación, impotencia, déjà vu y extenuación que genera.

Obama prometió "destruir" a Estado Islámico. Pero por más que eso se logre -y por el momento los medios desplegados no parecen a la altura del objetivo-, ¿en qué versión resurgirá Estado Islámico en su metástasis? A la luz de los abortados intentos por definir una nueva clase de ciudadanía post-sectaria en las sociedades de la región, no hay razones para pensar que la incubadora árabe de violentos extremistas islamistas disminuirá en fertilidad. La juventud, sumada a la frustración, sumada a una década de conflictos, constituye un poderoso impulso de muerte.

Daniel Bolger, un general norteamericano de las guerras de Irak y Afganistán, escribió un libro titulado Por qué perdimos. En ese libro dice, sin evasivas: "Soy un general del ejército de Estados Unidos y perdí la guerra global contra el terrorismo". Y así toda la sangre y los fondos de Estados Unidos terminan no con un lloriqueo, sino con una oración afirmativa.

Pero ¿cuál fue el objetivo de esa guerra? Si fue para poner a salvo a Estados Unidos, no puede decirse que haya sido un fracaso. Si fue para rehacer las sociedades de Irak y Afganistán, y para alejar la amenaza terrorista de Estados Unidos, se quedó corta. Las ejecuciones de Estado Islámico conjuran en el inconsciente norteamericano la desesperada sensación de haber caído en la trampa de morder más de lo que podían masticar.

La pesadilla tiene muchas capas significantes. Las últimas palabras de Kurtz, el personaje de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, antes de morir -"¡El horror! ¡El horror!"-, pueden ser interpretadas de diversas maneras, pero ninguna de esas interpretaciones puede negar su percepción de última hora de las inmensas fuerzas que estaban más allá de su control y, en definitiva, también de su comprensión.

Traducción de Jaime Arrambide

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