Una reivindicación que interpela al mundo islámico

Luisa Corradini
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30 de junio de 2014  

La historia no se repite. Pero esta vez está tomando su revancha en la antigua Mesopotamia. El nuevo califato del Estado Islámico no sólo amenaza a Irak con la implosión, sino que ya consiguió borrar, al menos simbólicamente, la frontera de ese país con Siria .

Este grupo de jihadistas sunnitas parece estar logrando el objetivo de restablecer el califato, a caballo entre Siria e Irak , e instaurar la sharia (ley islámica) sobre el territorio que va desde el Mediterráneo hasta la frontera iraní.

Eso en un primer momento. Porque un califato calcado del de los Omeyas (661-750) tiene por vocación establecer su control político sobre el conjunto del mundo musulmán. "Lo que en otras palabras significa terminar con los chiitas", señala Myriam Benraad, responsable del Programa Medio Oriente y Africa del Norte del think tank European Council on Foreign Relations.

"¡Obedezcan a vuestro califa! Es tiempo de que la nación de Mahoma renazca de sus cenizas y se despoje de la vergüenza y la humillación", lanzó ayer el jeque Abou Mohammad al-Adnani, vocero de la organización.

Desde la muerte del profeta, el califa representa a su sucesor como "emir de los creyentes" en el mundo musulmán. Después de los cuatro primeros califas que reinaron tras la muerte Mahoma, el califato conoció su edad de oro en tiempo de los Omeyas(661-750) y sobre todo de los Abasidas (750-1517), antes de desaparecer con el desmantelamiento del Imperio Otomano, abolido en 1924.

Ayer, al cambiar incluso de nombre, la organización dirigida por Abu Bakr al-Bagdadi anunció su acta de resurrección. Porque la primera consecuencia de la ofensiva meteórica del jihadismo sunnita parece ser la de borrar las fronteras fijadas por las potencias coloniales, francesa y británica, después de la Primera Guerra Mundial.

En su avance fulminante desde el 9 de junio en Irak, el grupo, que cuenta con el apoyo de ex oficiales de Saddam Hussein, organizaciones salafistas y ciertas tribus, se apoderó de Mosul y de gran parte de la provincia de Nínive (Norte), así como de grandes sectores de las provincias de Dilaya (Este), Saladin, Kirkuk y Al-Anbar (Oeste), y se encuentra actualmente a un centenar de kilómetros de Bagdad.

Integrismo

Desde su nacimiento en 2006, en plena ocupación norteamericana, esta agrupación federó cantidad de grupos islamistas y tribus sunnitas iraquíes, antes de lanzarse a Siria, donde, con el tiempo, su integrismo radical terminó enfrentándola con prácticamente todas las organizaciones combatientes, y sobre todo con Al-Qaeda.

Para muchos especialistas, la decisión de restaurar el califato tendrá dentro de esa nebulosa jihadista una importancia capital porque obligará a cada uno de ellos a tomar partido por el Estado Islámico u oponerse.

"Cualquiera que sea la decisión, estamos frente al acontecimiento más importante del jihadismo internacional desde el 11 de Septiembre", afirma Charles Lister, del Brookings Doha Center.

El anuncio también desafía el poder y la legitimidad de las fuertes monarquías del Golfo Pérsico.

Casi tres años después del retiro de Estados Unidos de Irak, este acontecimiento también puede ser considerado otra venganza de la historia. Esta vez, contra las ambiciones norteamericanas.

Tras la caída de Saddam Hussein, en 2003, Washington decidió apoyarse en la mayoritaria comunidad chiita y en los kurdos en el Norte, con la idea de que ambos habían sido víctimas de la minoría sunnita y del régimen dictatorial. Para Estados Unidos, chiitas y kurdos debían ser los garantes de la democracia. Con ese objetivo, también lanzaron una política de "desbaathificación", para hacer desaparecer de los puestos oficiales a todo miembro del partido Baath, de Saddam Hussein.

Ese error, que sumergió al país en el caos, no fue el único. La administración norteamericana también disolvió el ejército en mayo de 2003. Hoy, la mayoría de esos soldados militan en las filas del Estado Islámico, mientras la formación de las nuevas fuerzas armadas es un verdadero fracaso.

Pero eso no es todo. Como sucedió durante la ocupación norteamericana, el fantasma de una guerra civil se cierne hoy sobre Irak. El gran ayatollah chiita Alí al-Sistani llamó la semana pasada a los iraquíes a resistir por las armas la ofensiva sunnita. En su última venganza e ironía de la historia, después de décadas de enemistad, el Irán chiita por momentos aparece como un aliado objetivo de Estados Unidos.

En todo caso, la ofensiva del Estado Islámico parece marcar el fin del nacionalismo árabe y el gran retorno de la fitna, la guerra en el seno del islam.

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