Unas incipientes protestas sacuden la imagen del régimen de Al-Sisi

Protestas contra Al-Sisi, la semana pasada, en El Cairo
Protestas contra Al-Sisi, la semana pasada, en El Cairo Fuente: Reuters
Son las mayores desde la "primavera árabe" y consideradas la punta del iceberg de un mayor malestar social
Ricard González
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30 de septiembre de 2019  

TÚNEZ.- No fueron centenares de miles. Ni tan siquiera decenas. A lo sumo, unas pocos miles de personas se han manifestado contra e l régimen de Al-Sisi durante la última semana en las calles de varias ciudades de Egipto. Sin embargo, su impacto mediático, político e incluso económico ha sido notable. El país de los faraones se volvió a colar entre los titulares de la prensa internacional, las fuerzas de seguridad tomaron las calles y en solo tres días el índice de la bolsa egipcia perdió todas las ganancias hechas desde principios de año. ¿Por qué este desfase entre los números de los manifestantes y su impacto?

La respuesta se halla en la consideración de que esos pocos miles de valientes representan tan solo la punta de un iceberg que sugiere la existencia de un gran volumen de indignación bajo la superficie. La furia de estos temerarios contestatarios debe ser enorme para salir a la calle y gritar "¡vete Al-Sisi!" en los alrededores de la mítica Plaza Tahrir sabiendo que existe una alta probabilidad de que sean arrestados, salvajemente torturados y condenados a largas penas de prisión. En Egipto, las manifestaciones ilegales están castigadas con tres años de cárcel, que se suelen sumar a penas aún más largas por cargos ficticios como "pertenencia a banda armada" o "incitar contra el Estado". Y tampoco hay garantía de salir con vida de allí, como le pasó al expresidente Morsi. Desde 2014, más de 500 personas han muerto en las cárceles egipcias, ya sea por maltratos o negligencia médica.

Además, las protestas son relevantes porque han hecho trizas la imagen de estabilidad que el régimen militar había ido construyendo pacientemente durante los últimos cinco años. A base de una represión brutal después del golpe de Estado de 2013, que llegó a incluir abrir fuego contra la multitud, el país árabe parecía haber dejado atrás el convulso período posrevolucionario. De hecho, las manifestaciones de la semana pasada fueron las mayores desde 2014. Ante sus patrocinadores occidentales, el mariscal Al-Sisi se ha presentado como una garantía de estabilidad, políticas económicas ortodoxas y un control férreo de la emigración. Ahora, esta imagen de fortaleza está en entredicho.

El detonante de las protestas ha sido inesperado, como suele pasar con los regímenes que no abren ni tan siquiera una pequeña válvula de escape para evitar que se condense la frustración. Esta vez, la chispa que hizo estallar la ira -a pequeña escala en la calle, pero de mayores dimensiones en las redes sociales- han sido los videos virales de denuncia de la corrupción de los militares grabados por un héroe improbable: Mohamed Aly, un constructor millonario convertido en actor amateur, de ostentosos modales barriobajeros y que desde hace varios meses reside en la provincia de Barcelona.

El apodado "faraón catalán" no es un político opositor ni un académico. Ni tan siquiera un activista a favor de los derechos humanos. Y quizá precisamente por eso goce de una mayor credibilidad entre el descreído ciudadano egipcio y resulte un mayor quebradero de cabeza para el régimen. Al-Sisi no tiene antídoto contra un hombre cuyo único motivo para rebelarse contra el sistema que le permitió medrar y salir de un entorno social humilde es puramente financiero: tras 15 años de trabajar para el ejército, ha acumulado facturas impagas por unos 12 millones de dólares que sus arrogantes deudores no quieren sufragar.

La revancha de Aly ha sido exponer un sistema corrupto en el que se otorgan concesiones de obras a empresarios amigos sin concursos público para construir lujosos palacios, mansiones y hoteles para la cúpula del ejército. Y todo ello al mismo tiempo que el gobierno aplica un durísimo plan de ajuste estructural pactado con el FMI que ha hundido parte de la menguante clase media en la miseria. A finales de 2016, la libra egipcia perdió el 50% de su valor en cuestión de horas, y durante casi dos años la inflación superó el 30% en un país donde más de un 43% de la población vive con menos dos dólares al día.

En contra de los consejos de sus asesores, el mariscal no pudo evitar responder a las acusaciones de Aly, tachándolas de "mentiras y calumnias", y asegurando que lo que estaba haciendo era "construir un Estado". Las palabras insuflaron más aire a la combustión de las redes, y aparecieron videos de varios ex oficiales de bajo rango confirmando las andanadas del empresario pendenciero. Todas estas críticas no habrían encontrado un terreno abonado si Al-Sisi no se hubiera dedicado a edificar costosísimos proyectos faraónicos pensados para satisfacer su ego más que servir a la población, como una nueva capital en mitad del desierto destinada a la élite.

Y a pesar de todo ello, lo más probable es que el mariscal consiga capear el temporal, sobre todo si no aparecen fisuras dentro de la institución militar. El pasado viernes las protestas no crecieron respecto a la semana anterior, una buena señal para Al-Sisi. Todavía no hay masa crítica para una revolución. Ahora bien, si no es capaz de proporcionar una vida más digna y más libre a los egipcios, algún día una nueva generación entera de jóvenes que no experimentó la depresión del periodo posrevolucionario volverá a levantarse. Y, entonces, ni los blindados, ni las cachiporras, ni las balas podrán evitar una sangrienta rebelión.

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