Coronavirus. Vecinos en alerta: crece la preocupación regional por los focos en las fronteras

Atentos ante el fuerte aumento de los casos de coronavirus en Brasil, los países limítrofes refuerzan controles; Abdo Benítez advirtió que es "una gran amenaza"
Atentos ante el fuerte aumento de los casos de coronavirus en Brasil, los países limítrofes refuerzan controles; Abdo Benítez advirtió que es "una gran amenaza" Fuente: AP
Ramiro Pellet Lastra
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10 de mayo de 2020  

Como si fuera un inmenso paciente que escapó del hospital, desorientado y tambaleante, Brasil, convertido en el epicentro de la pandemia en América Latina, obligó a sus vecinos a extremar las medidas para evitar las filtraciones de nuevos casos de coronavirus a través de los miles de kilómetros de fronteras, fluidas y porosas, que comparten con uno de los países con más contagios del mundo.

Los riesgos a que el coronavirus se expanda a través del trajinado puente entre Foz de Iguazú y Ciudad del Este, en Paraguay; a las ciudades de Rivera y el Chuy, en Uruguay, donde no existe separación de sus vecinas brasileñas, o a través del caudaloso Amazonas y sus afluentes hacia los poblados selváticos de Colombia y Perú, tienen a los gobiernos alertas y activos para la contención. En suma, los países que limitan con Brasil registran unos 82.000 casos positivos, mientras que el gigante regional tiene 155.939.

Sus vecinos del Mercosur están advertidos del problema brasileño desde el primer día. Así sucedió en la ciudad correntina de Paso de los Libres, el único paso abierto de la Argentina con Brasil, donde rige una revisión médica exhaustiva para quienes ingresan de Uruguayana, así como un sistema de control para que cumplan con el recorrido directo y el lugar de destino donde deben hacer la cuarentena.

El intendente de Paso de los Libres, Martín Ascúa, dispuso además, desde que se conoció el primer caso de Covid-19 en Uruguayana, a principios de abril, el uso obligatorio de barbijos, una medida pionera en el país. También se habilitó un "corredor sanitario" en el sambódromo, donde cada verano se festeja el Carnaval, como zona diferenciada de carga y descarga de los camiones que vienen de Uruguayana.

El Paraguay, el gobierno de Mario Abdo Benítez, al frente de un país que ya vivió este año su propia epidemia, un fuerte brote de dengue que dejó postrado al mismo presidente, está resuelto a mantener sellada la frontera con Brasil.

El temor es que el trajinado Puente de la Amistad, que vincula las ciudades de Foz de Iguazú y Ciudad del Este, en la Triple Frontera con la Argentina, se convierta en un foco de infección descontrolada. Allí se da un intenso movimiento de vehículos y caminantes que cruzan a trabajar a los infinitos shoppings y puestos callejeros de la ciudad paraguaya, o que llevan y traen de manera más o menos legal toneladas de mercancías de un lado a otro del límite.

"Brasil es tal vez hoy el lugar donde hay mayor expansión del coronavirus en el mundo y eso es una gran amenaza para nuestro país. Ya reforcé y militaricé las zonas más vulnerables, de mayor volumen de gente", dijo Abdo Benítez después de un recorrido por la región.

El gobierno advirtió sobre la "altísima carga viral" que presentan los paraguayos que vienen de Brasil, en su mayoría jóvenes y asintomáticos: el 10% de las personas que cruzan el puente están infectadas de coronavirus. "Resulta para nosotros absolutamente vital tener un control a nivel de fronteras", señaló el ministro de Salud, Julio Mazzoleni.

Más al sur, Uruguay también está comprometido a reforzar los controles por la catarata de casos que bien podrían cruzar las fronteras desde Brasil. El gobierno del presidente Luis Lacalle Pou logró contener el brote que había surgido de viajeros que volvieron de España e Italia, y lo que menos necesita es que el coronavirus vuelva a la carga con acento portugués.

"El gobierno está preocupado por la situación que se está viviendo en algunas localidades fronterizas, particularmente del lado brasileño", dijo el secretario de la Presidencia, Álvaro Delgado. Y agregó que Lacalle Pou "dio instrucciones a todos los ministros de profundizar la presencia en las fronteras", lo que incluye "dar directrices claras" a la población de esas ciudades limítrofes.

En esas zonas no alcanza con cerrar un cruce y extremar los controles a los recién llegados. Las ciudades de Rivera y Santana do Livramento comparten una plaza binacional, mientras que la localidad brasileña de Chuí está separada de la uruguaya Chuy solamente por una avenida. Comerciantes y compradores van y vienen en esa avenida comercial, saltando de un negocio a otro, cambiando de idioma como si nada y, ahora, con el riesgo de arrastrar el coronavirus.

Las fronteras de Brasil con Colombia y Perú tienen otras amenazas. Los canales de ingreso de ciudadanos brasileños y, con ellos, del coronavirus no son ni puentes ni avenidas sino la inmensidad de la selva del Amazonas, que ya está diezmando la población de Manaos, el antiguo centro del caucho devenido en centro de la infección.

Desde esa ciudad, que vive un caos sanitario, se exportan casos de coronavirus a miles de kilómetros de distancia, hasta las localidades fronterizas de los tres países y otras comunidades indígenas, ya con bajas defensas por sus escasos medios de vida y vulnerables al nuevo invasor.

Exigencias

Brasil, Colombia y Perú tienen su propia triple frontera, con las comunidades cercanas entrelazadas. La proximidad, los vínculos y la complejidad del terreno complica a peruanos y colombianos acentuar los controles limítrofes. Pero saben que la única salida es redoblar los esfuerzos: de los primeros diez casos detectados en la ciudad colombiana de Leticia, por ejemplo, cinco fueron importados de Brasil.

El departamento colombiano de Amazonas tiene una tasa de 30 casos de coronavirus por cada 10.000 habitantes, la peor del país. Tiene más facilidad de contagio que Bogotá, pero la capital del país, claro, tiene la suerte de estar lejos de Brasil.

Por el lado peruano, la Organización Regional de Pueblos Indígenas del Oriente (Orpio) exigió "medidas urgentes" antes de que se propague el virus en las comunidades indígenas, vapuleadas por el nuevo coronavirus, que se desliza furtivamente a sus territorios. El gobierno del presidente Martín Vizcarra reforzó el mes pasado la vigilancia fronteriza, pero los contagios continúan.

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