Venezuela como advertencia

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12 de diciembre de 2001  

Hace tres años, el teniente coronel Hugo Chávez arrollaba electoralmente a sus opositores. Pero anteayer una huelga empresario-sindical le paralizó el país, mientras su popularidad cae verticalmente.

Venezuela parece haberse quedado sin opciones. En 1992, Chávez había encabezado una fallida revuelta militar contra el régimen democrático cuyos partidos condóminos, el socialdemócrata Acción Popular y el socialcristiano Copei, sufrían un desprestigio total. El golpe de Chávez gozó de amplio apoyo en las encuestas. Seis años más tarde su autor ganó la presidencia para el período 1999-2004, por la vía democrática.

Después de un manejo catastrófico de la economía y en pos de un populismo exacerbado por su aspiración de ser el heredero de Fidel Castro, Chávez enfrenta hoy el mismo clima de desprestigio que abatió a sus antecesores. Por un tiempo el pueblo venezolano, que ya no creía en los partidos de la democracia fundada en 1958, se ilusionó con su nuevo caudillo. Ahora siente que el redentor le ha fallado.

Encrespado por el creciente descontento, Chávez amenaza con reavivar su vocación autoritaria. Ya está imitando a Castro en el lanzamiento de medidas económicas extremas como el cuestionamiento del derecho de propiedad de la tierra. ¿Lo imitará también en el desconocimiento de las instituciones democráticas? Lo peor es que según las encuestas una proporción creciente de venezolanos, en lugar de reclamar más democracia, saluda con entusiasmo los rumores de un nuevo golpe militar inverso al que aprobó hace diez años: no para ensalzar sino para derrocar a Chávez.

"Pueblos dictatoriales"

Si un pueblo cree en la democracia, sólo le otorga legitimidad al gobierno que se haya constituido según sus reglas, si bien espera, además, que administre con eficacia. Como la creencia democrática lo inspira, si el gobierno se revela ineficaz elegirá a otro que lo reemplace sin vulnerar las reglas del sistema. Toda democracia estable incluye dos consentimientos. Uno variable: la aprobación o desaprobación de los gobiernos. El otro, constante: la adhesión a la democracia.

¿Es ésta, todavía, la situación de Venezuela? ¿O ha retrocedido el pueblo en ella, después de tantas frustraciones, a la aprobación desesperada de "cualquier" gobierno, sea democrático o no, con tal de que resulte eficaz? Nuestro Alberdi escribió que no hay dictadores sin "pueblos dictatoriales" dispuestos a acoger jubilosamente a quienquiera les prometa la solución de sus problemas, por la vía que sea. Una vez que al pueblo lo habita este ánimo, todo es posible.

Alergia y sistema

En su libro "Optimismo: la biología de la esperanza", el antropólogo Lionel Tiger señala que en los pueblos primitivos las enfermedades cumplían una función social. Los alérgicos, por ejemplo, servían de alarma para advertirles a los miembros del grupo que, aunque ellos todavía no sintieran con igual intensidad los mismos síntomas, algo andaba mal. Descreída de la democracia después de haberla vivido por 42 años consecutivos, tanto como Costa Rica y Colombia y más que el resto de la región, Venezuela es, hoy, la nación alérgica del grupo latinoamericano.

Lo que ella padece abiertamente también se da, aunque en estado latente, en otros países de la región. Una democracia es "sólida" cuando sus avatares no conmueven las reglas fundamentales del sistema. Es "líquida", un contenido sin continente, cuando sus avatares, en vez de afectar solamente la popularidad de los gobiernos, perturban al sistema.

Cuando un país cambia la Constitución para reelegir a un gobernante, echa al presidente del Banco Central pese a que goza de estabilidad legal, modifica una y otra vez su rumbo económico o padece la desafección de los ciudadanos para con su clase política, dista de ser una democracia sólida. Naciones como Perú, Ecuador, Brasil y la Argentina, ¿no han experimentado acaso todos o algunos de estos síntomas incipientes del "mal venezolano"?

La veterana democracia venezolana completa hoy el camino que otras democracias latinoamericanas, más jóvenes, aún podrían evitar. La nuestra no acaba de cumplir 42 sino 18 años: todavía está a tiempo. Si Venezuela es el país alérgico de la región, cabe esperar que sirva como advertencia.

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