Victoria con alto costo para Bolivia

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29 de octubre de 2000  

CHIMORE, Bolivia.- Miércoles 25 de octubre. Una y cuarenta de la tarde. El muchacho con el fusil M-16 listo para disparar abre la marcha por el sendero que se interna en la selva.

Avanza a pasos largos y sigilosos. Llueve una garúa fina y de su sombrero chorrea un agua tibia. Los borceguíes mojados le deben pesar una tonelada y su uniforme estampado en marrón y verde se confunde con la vegetación. Del cuello le cuelgan dos granadas y en el cinturón lleva la daga de comando, los cargadores y la pistola. De pronto, el muchacho, que no debe tener más de 20 años, se detiene al borde de un claro en medio de la jungla. Por un instante se queda inmóvil, como una estatua de adrenalina y miedo, y luego, en silencio, hace gestos con la mano para que avance el resto de la patrulla.

Unos segundos después, cincuenta soldados del regimiento Leopardos de Chimoré ingresan en el claro en disposición de combate. El paisaje que encuentran les resulta familiar: en un cuarto de hectárea rodeado de piñas, plátanos, helechos gigantes y jazmines silvestres, hay 300 plantas de coca sembradas con prolijidad de vivero japonés.

Poco después de haber entrado en el lugar, que en los mapas militares figura como "Zona F", los soldados van tomando posición. Veinte de ellos ocupan el perímetro del claro, apuntando sus fusiles a la selva, y los 30 restantes, desarmados y azada en ristre como campesinos, se alinean a lo ancho del cocal. Un helicóptero de los Estados Unidos, pintado con los colores y la bandera de Bolivia, sobrevuela el lugar y espanta a los pájaros.

Cuando todos están listos, un oficial da la voz de orden. "¡Ya...!", grita, y los hombres, bajo la fina lluvia del trópico, se ponen a trabajar.

Una hora después, cuando la tarea ha terminado y la patrulla se repliega hasta los camiones, que han quedado junto al camino, los soldados tienen dos cosas para celebrar: una, que no han sido atacados y por ahora no tendrán que sumar sus nombres a la lista de muertos de la llamada "guerra de la coca"; dos, que de aquel prolijo vivero japonés que habían encontrado al llegar, ahora sólo quedan plantas arrancadas de cuajo, con las raíces mutiladas por los machetes, y el claro de la selva se ha convertido en un barrial.

Victoria a lo Pirro

Así, con operativos como éste, en el que la semana última participó La Nación en el trópico cochabambino, se está librando hoy la nueva guerra contra la cocaína en Bolivia, hasta ahora el segundo país en el mundo -después de Colombia- en producir hojas de coca y droga refinada.

Desde hace dos años, el ejército está llevando adelante la erradicación de los cultivos de coca en el Chapare, una selva tropical de 650.000 hectáreas ubicada entre Santa Cruz de la Sierra y Cochabamba, en el centro mismo del país, y los resultados obtenidos están a la vista: en 1990 había 50.000 hectáreas sembradas en la zona, y hoy sólo quedarían poco más de mil.

Sin embargo, para Bolivia ésta ha sido una victoria a lo Pirro.

El desmantelamiento de las plantaciones ha dejado sin trabajo a 40.000 familias; el cese de los cultivos ha hecho temblar la economía real del país, basada en buena medida en el contrabando y el narcotráfico, y las protestas campesinas, según fuentes empresariales, han hecho perder en las últimas dos semanas unos 135 millones de dólares por los bloqueos de rutas.

Cada vez más los operativos son resistidos a tiros por los cocaleros, y el presidente Hugo Banzer, general retirado y ex dictador, ha subido la apuesta militarizando la región. Actualmente, en el Chapare hay unos 3000 soldados de todas las fuerzas armadas y de seguridad del país, y se han denunciado violaciones a la propiedad y a los derechos humanos, que hasta los mismos militares reconocen.

La disputa entre el gobierno y los campesinos ha causado ya once muertos, ocho desaparecidos y decenas de heridos en ambos bandos, y ha dejado a los 200.000 habitantes del Chapare casi en pie de guerra.

"La nuestra es una lucha por la dignidad y contra la injusticia", dijo a La Nación el diputado Evo Morales, líder de los cocaleros. "Estamos ante una virtual insurrección de narcotraficantes", sostuvo a su vez el coronel Jorge Antelo, jefe de la Fuerza de Tarea Conjunta que opera en la selva.

Entre una visión y la otra, la cuestión del Chapare parece no tener solución, y los más apocalípticos sostienen que la zona marcha a convertirse en una nueva Chiapas.

El negocio de la guerra

Si el Chapare no es la zona más pobre de Bolivia, merecería serlo.

El mundo parece acabar a los costados de la ruta poceada que une Santa Cruz con Cochabamba, y apenas se sale del camino se terminan el agua, la luz, las escuelas y los centros de salud. Con la excepción de algunos pueblos como Bulo Bulo, Villa Tunari y Chimoré, la región es una vasta selva recorrida por infinidad de ríos, que bajan desde la cordillera hacia los pantanos de la frontera con Paraguay y Brasil.

Habitado por los quechuas desde hace cinco siglos, el Chapare sólo se empezó a poblar a fines de los setenta con familias llegadas del Altiplano y mineros que se habían quedado sin trabajo, y la nueva inmigración hizo, en los hechos, la primera sustitución de cultivos: si antes los quechuas sembraban yucas, plátanos y cítricos, desde hace veinte años se empezó a sembrar coca.

En junio de 1988, una ley nacional determinó que la hoja en el Chapare estaba "en transición" y debía ser erradicada, y entonces comenzó a arder Troya.

"Aquí las familias tienen parcelas de entre una y diez hectáreas, que sembradas con coca son rentables", dice el agrónomo Rolando Pacheco, de la Dirección General de Reconversión Agrícola.

En verdad, para el campesino del Chapare la rentabilidad es notable: "Si la tierra está bien trabajada, cada hectárea puede dar de tres a cuatro cosechas por año, produciendo un total de 2700 kilos de hoja". En estos días de plena erradicación, el kilo se vende a unos cinco dólares, pero el precio habitual de mercado es de un dólar o un dólar con veinte centavos.

"Si el cocalero plantara piña, palmitos o cítricos en vez de coca, ganaría 50 veces menos", completa Pacheco. Sin embargo, la parte del león en el negocio no es para el campesino.

Valor agregado

Según cifras extraoficiales que se manejan en Bolivia, al cabo de un año cada hectárea sembrada con coca permite producir 7,5 kilos de cocaína pura, la que, puesta en Miami, por ejemplo, se vende a mayoristas a 20.000 dólares por kilo.

Este dato permite acabar de entender la cuestión. La ecuación es así: al cabo de un año, cada familia del Chapare vende a intermediarios el producto de una hectárea de coca en 5400 dólares promedio, y esas hojas, ya procesadas, refinadas, transformadas en cocaína pura y puestas al mayoreo en el mercado americano, acabarán costando 150.000.

"Los cocaleros no somos narcotraficantes", dice Evo Morales, y sostiene que la guerra que se ha desatado es, en el fondo, por el control de la producción.

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