Vuelve la nostalgia por la URSS

Frente a la crisis, los ancianos y los desposeídos dicen que ahora están peor que durante el régimen soviético.
Frente a la crisis, los ancianos y los desposeídos dicen que ahora están peor que durante el régimen soviético.
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24 de marzo de 2000  

MOSCU.- Bajo uno de los últimos monumentos de Lenin que quedan en pie en Moscú, frente al metro Oktoberskaia, cinco adolescentes lastiman el mármol con sus skates, ajenos por completo al respeto que, todavía, el ex líder soviético despierta en buena parte de esta sociedad, que se prepara para elegir pasado mañana a un nuevo presidente.

La imagen de los skaters es todo un símbolo: mientras los más jóvenes no tienen idea de quién fue, y alguno hasta cree que fue un zar, los más ancianos son quienes mejor lo recuerdan a él y a los años de la Unión Soviética.

Lo paradójico es que sean justamente los que sufrieron en aquellos años los mayores nostálgicos del antiguo régimen. Pero hay una razón: hoy, a la vez, son los más desprotegidos los que menos tienen y, como siempre en estos casos, en la memoria del que tiene problemas, todo tiempo pasado fue mejor.

"Seguramente el sistema soviético no estaba bien, ¿pero acaso éste es mejor?", se queja amargamente Fyodor Polkov, de 78 años, jubilado después de trabajar 40 años en una fábrica y que hoy recibe 18 dólares por mes como pensión. Mucho más drástico, Sergei Simonov, minero desempleado, de 50, afirma: "¿Ha escuchado hablar de los gulags de Stalin? Bueno, yo vivo en el gulag de Yeltsin. No tengo trabajo y no puedo ir a ningún lado a buscarlo".

"Como un código genético"

Con entre el 20 al 25 por ciento de los votos asegurados (casi 25 millones de personas, según el padrón electoral), el Partido Comunista sigue siendo una fuerza poderosa en este país, donde, como analizaba recientemente en The New York Times Patrick Tyler, "el dogma socialista parece estampado como un código genético en un vasto segmento de la clase intelectual y en la empobrecida clase trabajadora".

Claro que los crímenes cometidos durante tantas décadas contra las libertades individuales también tienen su precio, y hoy el Partido Comunista sabe que no alcanzará el poder y por eso, como las otras fuerzas pro soviéticos del mundo, también analizó en su momento cambiarse el nombre, una decisión que no prosperó por temor a perder incluso el apoyo de los más viejos, su gran base electoral.

Consciente de que para el resto del país comunismo es sinónimo de los años del terror, su candidato presidencial, Guennadi Zhyuganov, ha redefinido la ideología del partido, alejándola del marxismo más duro y llevándola hacia un socialismo más al estilo europeo. Hoy, en plena campaña, difícilmente use el término "comunista", aunque en su plataforma se habla de revertir las privatizaciones y renacionalizar las compañías petroleras.

El, sin embargo, reparte para un lado y para el otro, como cuando aseguró en estos días: "No estamos buscando atrasar el reloj o repetir los errores del pasado. Deseamos avanzar, como dijo Lenin".

Para muchos analistas, aunque el comunismo no gane las elecciones, la nostalgia por el pasado al compararlo con el presente es un peligro latente. La educación gratuita y de alto nivel, los servicios médicos garantizados, un país que era una potencia mundial y un sueldo que alcanzaba es lo que más extrañan en la Rusia de hoy los nostálgicos, que han perdido todo eso. Claro que, como quien ve la realidad sólo bajo el prisma de sus problemas, la libertad de la que hoy gozan, aun para hacer sus reclamos, no aparece entre los "haberes" de la nueva Rusia.

Largo proceso

Según Gordon Hahn, investigador sobre Rusia en la Stanford University, la institucionalización de la democracia en el país "sólo podría ser entendida como un largo proceso de varias décadas". Es que para entender este proceso donde hasta el candidato favorito, el ex espía de la KGB Vladimir Putin, no termina de cortar con el pasado soviético, hay que recordar que el abandono del comunismo no se debió a una revolución popular, como en Rumania, Alemania del Este o Checoslovaquia, sino que fue un cambio decidido por la dirigencia del partido, fundamentalmente por el hoy denostado Mikhail Gorbachov.

El mejor ejemplo es el de las estatuas: hoy en Moscú hay que buscar con una lupa símbolos del comunismo, ya que la mayoría de las efigies fueron sacadas y los escudos arrancados por una decisión del gobierno de Yeltsin, hace pocos años.

Las nuevas generaciones plantan cara a los recuerdos de un pasado que no fue, como hoy los evocan los nostálgicos. "Nuestros abuelos y abuelas nos contaron cómo era la vida durante el régimen comunista, y no queremos que se repita", dicen Yuliya Lysova y Dasha Yegorova, de 18 años.

Unos y otros no dejan de ser parte de la misma realidad: Rusia sigue a mitad de camino entre lo que fue y lo que vendrá, y nadie lo refleja mejor que Putin, que mientras intenta seducir a Occidente con sus promesas de normalización democrática, presiona a la prensa, habla de mano dura y recuerda constantemente el "glorioso" pasado zarista y soviético del país.

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