Los Dardenne, infalibles poetas de la crisis cotidiana

Claros favoritos del festival que ya ganaron dos veces, fueron ovacionados por su Deux jours, une nuit, en el que vuelven al mundo del trabajo
Diego Batlle
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21 de mayo de 2014  

CANNES.– La de los hermanos Dardenne y Cannes es una historia de amor para toda la vida. Ganadores en dos oportunidades de la Palma de Oro por Rosetta (1999) y El niño (2005), y varias otras veces también premiados en el festival, los belgas Luc y Jean-Pierre juegan siempre de local, son los dueños de la pelota, los favoritos de todos. Y Deux jours, une nuit no fue la excepción: ovación en la proyección para prensa y mercado, ovación en la conferencia, ovación en la función de gala nocturna. Siempre una ovación.

Más allá de que en sus dos últimos films trabajaron con estrellas para mejorar las ventas internacionales (en El chico de la bicicleta fue Cécile de France y en Deux jours, une nuit la elegida fue Marion Cotillard), poco ha cambiado –en el mejor sentido– desde que presentaron aquí La promesa, en 1996, hasta hoy. El cine humanista, íntegro, noble y demoledor de los Dardenne se mantiene fiel e imperturbable a los cambios de paradigmas. Pasan los años, las películas, y estos dos viejos maestros se sostienen a fuerza de talento, rigor y coherencia. Y, lo que es tanto o más importante, sin perder contacto con la realidad, sintonizando siempre con los conflictos esenciales de la actualidad.

En Deux jours, une nuit los Dardenne se meten otra vez con la problemática laboral. En el ámbito de una fábrica de paneles solares en crisis por la creciente competencia china, el jefe ha decidido que sean los propios trabajadores quienes voten qué hacer: despedir a uno de los 17 trabajadores o resignar un bono anual de mil euros que todos esperan con ansias para resolver problemas pendientes.

En una primera instancia, la mayoría decide quedarse con la plata y es Sandra (Cotillard), una mujer que desde hace bastante tiempo atraviesa una profunda crisis depresiva, quien perderá su puesto. Pero un par de compañeros asegura que el capataz ha presionado a los operarios y, así, el dueño acepta realizar una segunda votación el lunes siguiente. Ella, con el apoyo de su marido, deberá sobreponerse a su baja autoestima, a su dependencia de las pastillas y a su tendencia a abandonar todo a mitad de camino para visitar uno por uno a sus compañeros y convencerlos de que no la dejen en la calle. No importa tanto el resultado final: lo que los Dardenne exponen es cómo la crisis del empleo va no sólo marcando la situación económica, sino también minando la integridad moral, física y hasta sexual de los trabajadores. Al plantear semejante dilema moral, los directores de El silencio de Lorna y El hijo exponen los riesgos y contradicciones que atraviesan hoy aquellos que dependen de un salario y necesitan mantenerlo como sea.

La película va de lo social a lo íntimo, sin juzgar a nadie, sin dividir el mundo entre villanos y héroes, dándoles voz a todas las posturas (incluso a las de quienes se niegan a ayudar a la víctima), ofreciendo los múltiples puntos de vista para comprender la situación en toda su dimensión y complejidad. En diálogo con la prensa, Jean-Pierre Dardenne indicó que "la idea era explicar cómo la solidaridad que encuentra Sandra en su camino y el apoyo de su marido transformarán a esta mujer en principio resignada para que finalmente pueda sentir cierta felicidad por haber luchado. Ése es el eje, el motor de la película".

Si Marion Cotillard es la heroína de Deux jours, une nuit a partir de una mirada masculina (en verdad, dos), Cannes presentó en la Competencia Oficial otros interesantes films, pero en este caso dirigidos por mujeres. La japonesa Naomi Kawase regresó con Still the Water, ambientada en una zona costera azotada por constantes tifones (la fuerza de la naturaleza es una constante en su cine) y en la que narra una historia de amor adolescente y la relación de ese chico y esa chica con sus padres. La madre de ella (una suerte de chamán) está muriendo y la familia la acompaña con cantos y bailes en esa despedida. Aquí el film ingresa en el orden de lo místico, con exploraciones espirituales que la directora japonesa viene trabajando desde hace tiempo. Las relaciones intrageneracionales (hay ancianos, adultos y jóvenes ligados de las más diversas maneras), la fragilidad emocional, las fuerzas ancestrales y los fenómenos meteorológicos conforman una experiencia algo caótica y derivativa, pero también fascinante y embriagadora. También se lució, en su segundo largometraje, la italiana Alice Rohrwacher, que describe con impecables observaciones en Le meraviglie las conflictivas relaciones en el seno de una familia de pequeños apicultores con cuatro niños dominada por un padre despótico.

Fallido debut

CANNES.– Mucha expectativa había ayer en la Croisette por el estreno mundial en la sección Un Certain Regard de Lost River, ópera prima como director de uno de los galanes más requeridos del cine contemporáneo: Ryan Gosling. El resultado fue muy decepcionante, ya que esta ambiciosa y pretenciosa fábula sobre la decadencia de una familia en una ciudad que se derrumba como Detroit es una acumulación de excesos y artificios que bordean el ridículo. Con David Lynch, Nicolas Winding-Refn y Terrence Malick como modelos, el realizador debutante somete a su elenco (Christina Hendricks, Saoirse Ronan, Iain de Caestecker, Ben Mendelsohn y Eva Mendes) a situaciones entre patéticas y absurdas. La belleza que surge entre la sordidez del lugar y el excelente diseño de arte no alcanzan para redimir a un film decididamente fallido.

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