Suscriptor digital

A la sombra del éxito

Tras su aplaudido paso por el teatro oficial, el director de "La tempestad" estrenó dos obras en la avenida Corrientes y hará la régie de una ópera en Portugal.
(0)
21 de marzo de 2000  

No sé por qué me buscan los productores. Habría que preguntárselo a ellos", dice Claudio Hochman, el director de "Sinvergüenzas". Esta vez lo convocaron Pablo Kompel y Marcelo Tinelli, coproductores de la obra que ocupa desde este fin de semana la sala Pablo Picasso del Paseo La Plaza. Pero el año último fue Alejandro Romay quien lo incorporó a las filas del teatro comercial con la puesta de "Las alegres mujeres de Shakespeare".

Hasta entonces Hochman venía recreando propuestas en teatros oficiales, particularmente en el San Martín, donde adaptó y dirigió "Cyrano", "La tempestad" y "La comedia de las equivocaciones".

Su segundo trabajo para el circuito comercial es "Sinvergüenzas", una versión libre -escrita por Daniel Botti- de "Ladie´s Night", pieza original de Anthony McCarten y Stephen Sinclair, en la que también se habría inspirado -al parecer sin autorización de los autores teatrales- "The Full Monty", la película de Peter Cattaneo que en Argentina se tituló "Todo o nada".

En la adaptación dirigida por Hochman, la historia de seis desocupados que recurren a un show de strip tease para salvar la dignidad perdida por la falta de trabajo, tiene como protagonistas a Fabián Vena, Arturo Maly, Cutuli, Esteban Prol, Toti Ciliberto y Juan Palomino.

"El gran riesgo del teatro comercial es que a veces hay que trabajar sólo para un marketing. Por suerte, en las propuestas que recibí, hasta ahora tuve un margen grande para poder hacer obras. En cuanto a la producción, no hay tantas diferencias entre lo comercial y lo oficial. Quizás la diferencia sea que ahora hay muchos afiches de "Sinvergüenzas" en la calle y tal vez mucha gente que no me conoce, va a vincular mi nombre con este espectáculo. Y eso sólo me interesa porque me da más aire para seguir encarando proyectos", explica Hochman.

Cuando dice "proyectos", se refiere especialmente a los propios, pero no excluye los ajenos que puedan llegar a sus manos. Y para no dejar dudas de esto último, apunta: "No me molesta hacer puestas por encargo. Creo que en esos casos, cuanto más limitación tiene uno, mayor es la necesidad de poner su imaginación para que el producto funcione. A veces es mucho más angustiante que digan "hacé lo que quieras", entonces hay que jugársela a todo o nada. Pero eso también me encanta".

Cuando se trata de dirigir por encargo "la propuesta es muy clara: hay un productor que quiere hacer una obra de tal y cual manera. Pero si ese empresario teatral quisiera una fórmula -dice-, no me llamaría". Y con respecto a "Sin vergüenzas", agrega: "Si hubieran querido una reproducción de la película, habrían convocado a otra persona. Lo interesante es que potenciamos la idea. Y creo que eso es lo rico de la experiencia".

-¿Te convertiste en el director de moda?

-No lo sé. Yo se cómo funciono con cada productor y que tengo capacidad para escuchar y para defender lo que creo que está bien para el espectáculo. Pero también tengo capacidad para negociar eso. Hay directores que tienen que hacer una obra, se van a su casa, la piensan, vuelven y les dicen a los actores: "Parate acá, levantá la mano, esto es así y se hace de tal forma". Yo no tengo capacidad para eso. Trabajo con el hecho vivo del teatro. Siempre les digo a los actores que nos vamos contentos si en cada ensayo apareció un momento mágico. A veces eso no surge. Pero es el objetivo.

-¿Los productores comerciales te descubrieron tarde?

-Todo es muy efímero, así que lo mejor es no creérsela. Sé que vengo laburando hace mucho. Eso de que se acordaron tarde, en algún momento lo sentí. Porque el San Martín lo mantiene a uno en un punto oculto, en esa isla que es preciosa, pero que limita un poco ese espacio. Y todo el tiempo me quería ir del país -lo sigo queriendo-, pero por la sensación de que tenía necesidad de hacer más cosas y no encontraba dónde. Creo que había un deseo, por eso ahora se está produciendo todo esto.

-¿Tu deseo era saltar al teatro comercial?

-No. Mi deseo era el salto al teatro de adultos. Porque lo venía haciendo en el interior -tengo un grupo en Bahía Blanca, lo hice con la comedia cordobesa y durante dos años en Portugal- y sentía que en Buenos Aires me habían puesto el rótulo de teatro para chicos. Y además era mentira, porque "La tempestad" la disfrutaron más los adultos que los chicos.

-¿Cómo definís lo que hacés?

-Para mí fue muy claro el productor de Portugal, que me dijo: "Lo que hacés es popular y experimental. Popular porque tiene un amplio nivel de llegada -para gente que sabe de teatro y para aquel que nunca fue al teatro-. Y experimental porque hay una búsqueda estética". En nuestro medio esa lectura es rara, porque lo popular está como despreciado y lo experimental es lo hermético.

-¿Qué buscan los productores?

-Pensando en lo que dije antes sobre popular y experimental, creo que precisamente buscan eso: espectáculos de calidad artística, que tengan un nivel grande de llegada al público. Kompel me dijo: "Yo necesito que el barco llegue a puerto"". Y me parece que también es eso, porque vengo del ámbito oficial con un bagaje muy grande. El San Martín me enseñó que en dos meses tengo que hacer la obra, que tal día la tengo que estrenar, y eso es inmodificable porque después se presenta otra pieza. Es un buen training, da un manejo técnico y de relación con todos los estamentos del teatro -desde el director para abajo- y con una gran cantidad de actores. En el pase al teatro comercial, traigo ese entrenamiento, además de todas las cosas que hice fuera del San Martín.

-¿Pesa el hecho de tener que responder a una expectativa de taquilla?

-Si vas a porcentaje, no (ríe), es una motivación. Siempre me gustó trabajar para la gente. Me parece que el teatro que no es para la gente no tiene sentido. En el teatro quiero atrapar al público, que esté fascinado con lo que va pasando en escena. Pero no voy a hacer concesiones con eso. ¿Qué sería una concesión?, ¿elegir actores conocidos?

-A veces lo es.

-Si son buenos, bienvenidos. No voy a elegir un actor malo porque sea conocido, salvo que me interese trabajar con él por algo en especial. Pero trato de cuidar eso, porque me interesa que los productos estén bien. Para mí siempre fue un desafío que se entienda mi espectáculo. Quería que en "La tempestad" la gente la pasara bien y el teatro se llenara -cosa que ocurrió-. Con otros espectáculos que hice no pasó nada. El teatro es así, no tiene recetas. De lo contrario yo estaría lleno de dinero. Esto también lo aclaro: voy a hacer lo mejor que puedo, pero no hay fórmulas.

-La base de la película y la de "Sinvergüenzas" es la misma: seis desocupados que se convierten en strippers para recuperar la dignidad. ¿Cuál es la diferencia entre tu puesta y el film?

-Las situación general es la misma, pero los personajes de la obra son diferentes, aunque tienen conflictos parecidos a los del film. Otra diferencia es que la obra transcurre acá, es porteña. Y se trata de teatro, no es cine. Nuestro trabajo fue buscarle la teatralidad a esta historia. Entonces el centro son las miradas, lo que les pasa a estos tipos, los vínculos entre ellos. No hay una intencionalidad de humor, me parece que la obra es más trágica, pero también más divertida. Creo que la gente se va a reír de la desgracia, y se va a enternecer. No es un tango -porque un tango sería una tragedia, sería "Otelo"-, es una milonga de Tita Merello, donde se están diciendo las cosas más terribles pero con un toquecito de ironía y de liviandad.

-¿Dónde está lo experimental en "Sinvergüenzas"?

-Nuestra experimentación pasó por ver dónde poner cada palabra, gesto y movimiento para que fuera verosímil. Experimentar es probar, correrse, buscar. De todos modos, hay juego escénico. Me gusta mucho jugar con el teatro. Y en esta puesta la propuesta fue tratar de no jugar -hay algunas cositas, es inevitable- con el teatro.

-¿Por qué?

-Porque responde a algo muy fuerte, en el final los protagonistas realmente hacen teatro cuando se desnudan. Entonces no me parece que se puedan permitir ninguna licencia teatral, porque la teatralidad está en la coreografía final, con el desnudo.

-¿Qué te proponés contarle al público con este espectáculo?

-Me gustaría no tener que hacer esta obra, vivir en un país donde no haya que hacer este espectáculo. Entonces me propongo contarlo porque creo que es necesario, como una especie de canalización de una angustia colectiva sobre un problema que está pasando acá. Y si es con una gran dosis de humor, me parece que la gente lo agradece. Por otro lado, hace pensar; el humor en ese sentido es bueno. Es hacer, a través de un espectáculo, que la gente piense, se sorprenda estéticamente, se emocione, se divierta. En definitiva, es contar una historia, cosas que le pasan a la gente. Mi tarea es un poco eso.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?