Allegro

Pablo Kohan
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20 de diciembre de 2001  

  • En 1781, Mozart, harto de las exigencias de un patrón que no le reconocía ningún valor y agobiado por un padre asfixiante, abandonó Salzburgo y se instaló en Viena. Con 25 años, ya había pasado el tiempo en el cual había maravillado a toda Europa con sus virtudes de niño prodigio. Ahora, como adulto conflictivo, con sus tendencias a incorporar elementos dramáticos dentro de sus obras (actitud casi imperdonable dentro de un mundo que adoraba las galanterías) y con un halo de soberbia que, más allá de ser entendible, sólo le granjeaba antipatías entre sus colegas, decidió intentar la aventura de vivir en la capital imperial como músico independiente, categoría desconocida y que, por cierto, sólo le reservaría dificultades.
  • En 1788 fue designado compositor de cámara del emperador y, para alegría de Constanza, esto le significó un ingreso regular. Sin embargo, ni siquiera esta asignación ayudó a consolidar su economía. Los encargos no le llovían y las temporadas musicales que él mismo organizaba tampoco servían más que como paliativos circunstanciales. Por otra parte, ambos, marido y mujer, fueron poco listos para la administración de las ganancias y el matrimonio vivió con la escasez y la angustia como compañía permanente.

    En 1789, ante otro nuevo atraso en el pago de su alquiler, el compositor recibió una intimación oficial para que abonara lo adeudado. El apercibimiento contenía una serie de preguntas que el moroso debía responder. Por ejemplo, cuál era el monto de su salario. Con su proverbial picardía, Mozart, sin hacer mención a suma alguna, contestó: "En realidad, debo confesar que las pagas que recibo como compositor son muy generosas por la música que he escrito, pero también son muy escasas si tenemos en cuenta lo que podría haber compuesto de haber sido menos presionado y molestado por el propietario de este inmueble".

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