Allegro

Los sarcasmos del violinista belga Eugéne Ysaye para juzgar las virtudes de un joven colega
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8 de mayo de 2003  

  • En la segunda mitad del siglo XIX, tratando de emular a Paganini, muchos violinistas asumieron la carrera del concertista virtuoso. Para ello, más allá de las imprescindibles habilidades musicales, debían gozar de muy buena salud y de una gran disposición para poder afrontar los compromisos infinitos que los aguardaban en todos los escenarios europeos, de Norte a Sur y desde Lisboa hasta San Petersburgo. Los más notables, Sarasate, Vieuxtemps, Wieniawski, Joachim, Ysaye, concitaban asombros, ovaciones, pocos suspiros femeninos -que esto era patrimonio casi exclusivo de Liszt, y desde el piano- y no pocos dineros. Salvo cuando se estacionaban en alguna ciudad importante, su vida de trotamundos con presentaciones en serie implicaba viajar, llegar, desempacar, vestirse, tocar uno o dos conciertos al hilo, maravillar y, por último, la consabida cena en alguna casa distinguida, en donde, por lo general, no faltaban los pedidos para que tocaran algo más.
  • Algo de esto le sucedió al gran violinista belga Eugéne Ysaye. Sobre el final de un agasajo que se le estaba realizando en su Lieja natal, después de un concierto, no tuvo más alternativa que acceder a un pedido de la anfitriona, no ya para que él tocara sino para que escuchara a un joven violinista. Si bien estaba cansado y lo que más deseaba era marchar a su casa, satisfizo a la señora y permaneció muy reconcentrado, escuchando varias piezas que el muchacho tocaba especialmente para él. Después de los aplausos, todos se quedaron callados para escuchar el juicio del maestro. Ysaye permanecía silencioso hasta que, por fin, la dama preguntó: "¿Y bien, qué le ha parecido su ejecución?" "Oh, madame, debo confesarle que me ha hecho recordar a Paderewski". "Pero maestro, Paderewski es pianista, ¡él no toca el violín!" "Bueno, madame, este joven tampoco".

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