American Idol: porqué no

Un debate en serio
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27 de mayo de 2009  • 17:54

Crédito: Archivo

Aún escandalizado por el uso de esa infame palabrota en el título y a punto de llamar a la Liga de la Decencia para denunciarlo (todos sabemos que hablar bien no cuesta un carajo y trae unos beneficios de la gran puta), es mi deber señalar lo mucho que me interesó el post de Maxi Poter sobre el final de American Idol, el cual me hizo recordar algo: a diferencia de lo que le sucede a mi colega, yo aborrezco ese programa, lo detesto, cuando lo pasan prefiero cambiar y ver a Bonelli y Sylvestre tartamudeando en TN antes de fumarme una hora de ese esperpento. Y entiendo, por lo que pude escuchar entre gente allegada y leer en blogs y demás medios, que esa impresión mía es una de esas cosas que deambulan en el limbo de la inteligentzia rockera, esas cuestiones tácitas pero obvias a las que muchos adherimos casi involuntariamente por el sólo hecho de ser cómo somos, para marcar las diferencias entre nosotros, los hipsters que escuchamos a Crimson, y ellos, los squares que se copan con Claudio Basso (¿qué será de la vida?). Por eso me pareció interesante la argumentación de Maxi a favor del programa, y también por eso creí conveniente tratar de darle una explicación racional a mi rechazo visceral. Así que aquí vamos.

Las opiniones en torno a este tipo de programas (léase: American Idol, Operación Triunfo y demás realities con señoritas y señoritos más interesados en ser popstars que artistas) suelen ser extremistas: para algunos son un display de genialidad inagotable y para otros son la muestra más acabada de la decadencia de la civilización occidental, los mismísimos culpables de que no salgan nuevos Dylans, Lennons o Manowars. Y no, la idea es parar la pelota y darse cuenta de que uno puede no disfrutar de este tipo de concursos televisados sin que ello implique atribuirle más nocividad de la que tienen. A mí, ya dije, no me gusta American Idol, pero cabe aclarar que tampoco lo considero monstruoso, nefasto y trágico: sólo tengo dos razones para decir que me parece feo y, en algún punto, un poco perjudicial. Que al fin y al cabo no es más que un programa de TV, demonios.

Razones, decíamos. Lo primero que me genera disgusto es el talento desperdiciado, tanto de los que quedan como de los que no. Es innegable que muchos de los que pasan por esas audiciones son grandes cantantes (de hecho, Adam Lambert sin duda lo es). Algunos de los que van al casting son inmundos, pero varios de ellos, quizás siendo artistas brillantes pero no ajustándose a lo que se necesita para el programa, son bastardeados y rechazados por un jurado integrado por Paula Abdul (podría decir algo sobre ello, pero sigamos...) que necesita sí o sí descartar gente para que el show pueda funcionar. ¿Cuántos tipos con potencial, en plena búsqueda de su propia voz y estilo, se habrán desanimado por el maltrato de Simon Cowell, largado todo y puesto una ferretería en Anaheim, California? No deben haber sido pocos.

Pero también están los que sí quedan, y ellos tampoco ganan nada. Porque empezando de arriba sólo podés bajar, y la prueba está en la cantidad industrial de estrellas fugaces que genera este tipo de programas. El mismo concepto lo reafirma: felicitaciones, sos el Ídolo Americano, pero tené en cuenta que el año que viene marchaste, porque con la nueva temporada alguien te va a reemplazar. En Estados Unidos es un poco diferente (Kelly Clarkson sigue vendiendo, Clay Aiken todavía es una especie de celebridad bizarra), pero no puedo dejar de pensar en qué habría sido de esta gente si en vez de pugnar por ser figuritas se hubieran dedicado a perfeccionarse, curtirse y llegar por el camino correcto. Quizás hubieran fenecido en el trayecto, pero talento les sobra, así que muy probablemente no. Pregúntenle a Milton Amadeo, por ejemplo: un músico muy interesante que la cagó pegándose el estigma Mambrú de por vida.

Y el otro motivo es 100% musical: odio la homogeneidad, el brillo constante, la pátina de Celine Dion que le enchufan a cada pibe que agarra el micrófono en esos lugares. Allí todo es prístino, y la diversidad que hace de la música un universo inasequible y por lo tanto irresistible queda ninguneada bajo la necesidad de conmover a nuestras madres. Insisto: todos son grandes vocalistas con un talento infinito, pero si cantan swing tienen que sonar como Michael Bublé (a propósito: felicitaciones, campeón del mundo) y no como Dean Martin, o se van a casa. Si hacen soul, copien a Mary J. Blige pero nunca a la Tina Turner de los 60, por favor (con la de los 80 está todo bien). ¿Rock? Freddie Mercury o muerte, jamás un Jim o un Van Morrison, ni que hablar de Cash o Dylan (Bob, de más está decirlo, quedaría descartado en la primera audición, aunque... ¿lo ven presentándose?). Los cantantes de laboratorio son impecables, como si vivieran en una eterna comedia musical. Y a mí no me gusta lo impecable: amo la mugre, y creo en ella como forma positiva de expresión y premisa artística. Estimo que, como están las cosas, nadie necesita más reducción y simplismo: por el contrario, lo imprescindible es la expansión, la multiplicación de opciones, el cultivo de la pluralidad. No veo eso en American Idol.

Se puede decir que tampoco es para tanto, que estos programas no son "música de verdad" sino un show con luces de colores y vestidos bonitos para un prime time ATP. Y es cierto, pero no dejan de preocuparme los paradigmas que establecen, sobre todo en los más jóvenes: que cantar así está bien pero hacerlo de cualquier otra manera es horrible y merece el escarnio, que los músicos (¿la música?) son descartables y que -hilando más fino todavía- sólo se triunfa haciendo muchos puntos de rating en televisión. También podrán señalarme que el show no puede hacerse responsable de la falta de juicio crítico de su público, y les respondo que sí, que tienen toda la razón, y es por eso que estoy planteando esto como un desagrado personal y no marchando al frente de una turba iracunda con antorchas pidiendo la prohibición (¡¿alguien va a pensar en los niños?!). Entiendo, incluso, que podría ser considerado una forma de arte, pero me preocupan los efectos colaterales y, corta la bocha, no me gusta ni un poco.

Placeres culposos tenemos todos: yo, por ejemplo, colecciono vinilos de artistas de soft rock setentoso de dudosa calidad y hasta los escucho de vez en cuando. Pero imaginen que viniera un señor y me machacara con que Christopher Cross es la posta y todo lo demás apesta, y con que si no canto igualito a él sí o sí tengo que dedicarme a la administración de empresas. Está claro que a mí no me convencería (puede que a algún otro sí), pero una cosa es segura: amigo de ese tipo no sería jamás.

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