Barenboim: gran inauguración

Jorge Aráoz Badí
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26 de julio de 2015  

Concierto de apertura del festival de música y reflexión / Intérpretes: Integrantes de la Orquesta West Eastern Divan / Direccion: Daniel Barenboim / Obras de: Richard Wagner, Arnold Schönberg y Pierre Boulez / Teatro: Colón / Anteayer

Nuestra Opinión: Excelente

Anteanoche, en el Teatro Colón, Daniel Barenboim dejó inaugurado el Festival de Música y Reflexión, que se extenderá durante dos semanas intensamente cubiertas por conciertos, incluidos dos simposios de reflexión sobre la actualidad en los que dialogarán Felipe González y Barenboim, junto a personalidades de las tres iglesias.

El despliegue musical de esta hiperactiva celebración, llena de ideas inteligentes, imaginada originalmente por Barenboim y sin antecedentes en otros sitios, tiene características estimulantes y reveladoras de anti rutina, porque varios de los conciertos programados aparecen con la notoria intención de despegar al público de la música insistente y habitual.

Por cierto, el programa para este concierto de apertura no tenía ni una sola concesión al facilismo de las programaciones convencionales. Barenboim inició el concierto con una reducción del Idilio de Sigfrido al modo más transparente, para un grupo de una docena de instrumentistas. Esa transparencia benefició la audición pero, en el cotejo con la escrita para gran orquesta, intensificó su densidad. Como ventaja, los círculos concéntricos que diseñan esta construcción (y sobre los que sobrevuela el tema de Brunilda) brillan y perduran entre el material nuevo que Wagner esparció en su obra. Y suenan iluminados como su principal encanto.

El programa continuó con la temprana Sinfonía de cámara Nº 1 Op.9 de Arnold Schönberg, composición que impresiona por su potente frontalidad, su tono absolutamente afirmativo, sus formatos precisos y breves, sus conclusiones firmes. No hay nada elíptico en la obra. Con un realismo directo, Schönberg hace aparecer y desaparecer ideas y logra que se advierta y se escuche claramente la circulación musical. Un hecho que caracterizó a este creador y que, como hoy ya se sabe, cambió las cosas en más de un sentido.

La médula de este concierto fue sur Incises, de Pierre Boulez, que se escuchó en calidad de estreno argentino. Instrumentada con grupos de tres arpas, tres pianos y tres conjuntos de percusión, se desarrolla de manera incesante, no apoyada sino aproximada a una rítmica absorbente, constante y obsesiva, con imágenes claras y completas, y un trabajo de escritura de rigor impresionante.

Con tal arsenal instrumental en escena, es probable que alguien pueda imaginar un espectáculo integrado por música y efectos visuales. A poco de escuchar la obra comprobaría su equivocación. Porque en sur Incises no hay nada efectista. Hay, sí, una manera distinta de tocar los instrumentos y obtener sus respuestas. Hay una manera distinta de concebir los encadenamientos sonoros. Y una muy refinada actualización al hacer sus construcciones.

Los instrumentos suenan a cara lavada. Las cuerdas del arpa golpeadas no quieren parecer originales sino, simplemente, sonar a cuerdas golpeadas con la mano abierta. Y lo mismo sucede con los pianos percutidos. El cambio radical de las formas de originar y distribuir la música, cuando se las escucha expuestas en una obra con la calidad interpretativa lograda antes de anoche en sur Incises , es la manera de terminar con las inhibiciones y el distanciamiento de la gente ante las expresiones musicales actuales.

El público del Colón aplaudió mucho y masivamente. Aplaudió a Barenboim una y otra vez apenas asomaba al escenario. Seguramente, no sólo como director, sino también como una de las mentalidades más brillantes de la actualidad artística. Y aplaudió a los integrantes de su singular orquesta West Eastern Divan que actuaron en el conjunto de cámara, músicos muy jóvenes que demostraron una notable formación en obras que exigen recursos poco habituales.

Anteanoche, mientras Daniel Barenboim dirigía, cualquier persona del público con cierta experiencia musical podía advertir hasta qué punto este músico ha desarrollado una relación natural con Wagner. La sensación de familiaridad y espontaneidad que transmitió al dirigir el Idilio de Sigfrido, recordaba la emocionante franqueza que comunicaban Erich Kleiber o Wilhelm Furtwangler cuando lo hacían. Igualmente, para la seductora naturalidad con que transmite los lenguajes contemporáneos.

En el caso de que los haya, deben ser muy pocos los directores vivos que puedan disfrutar de esa relación. Es muy probable que, actualmente, Barenboim sea el único.

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