“Bob Hope sí que fue amable”

A boca de jarro: Magdalena Ruiz Guiñazú
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4 de mayo de 2003  

Recuerda con mucha angustia un viaje a Bagdad en el que la gente de Saddam Hussein les hizo la vida imposible, porque consideraba que todos los periodistas occidentales que estaban allí eran agentes sionistas. "Tuve mil problemas para filmar beduinos, mujeres con chador o simplemente el esplendor del desierto, pues nuestro guía tenía órdenes de llevarnos a fábricas de maquinarias o refinerías de petróleo. Sin embargo, recuerdo con emoción haber llegado hasta Ur, Caldea, al sur de Irak, donde al anochecer apareció de pronto ante nosotros el Templo de la Luna. Muy cercano, según la tradición, a la casa en la que vivió Abraham con sus hijos Sem, Cam y Jafet", explica Magdalena Ruiz Guiñazú.

No es difícil cruzarse con ella en las callejuelas de la Feria del Libro o bien encontrar su imagen ampliada junto a los retratos de Alejandro Dolina, Marcos Aguinis, Osvaldo Bayer, Félix Luna y tantos otros en el stand de Editorial Planeta, donde acaba de presentar Historias de hombres, mujeres y jazmines, su último libro.

"La misma emoción que sentí en Babilonia, mientras el guía kurdo me gritaba en francés que aquellas eran cosas viejas, que no valía la pena detenerse. Sin embargo, no pude dejar de arrodillarme en la calle de las procesiones mientras pensaba que la Torre de Babel seguía tan vigente como cuando los hombres dejaron de entenderse."

–¿Cuál fue el personaje más odioso que le tocó entrevistar?

–Diría que fue Margaret Thatcher, cuando en 1977 hacíamos Videoshow y filmamos en Londres un acto de su primera campaña política. Para detener su auto le cruzamos la cámara y, a través del vidrio, le alcancé el micrófono con una pregunta que no contestó. A la mañana siguiente, en una conferencia de prensa, cada vez que yo levantaba la mano miraba para otro lado y, cuando finalmente se dignó contestar, se hizo la que no entendía mi inglés para obligarme a repetirle la pregunta varias veces. ¡Una bruja!

–¿Uno simpático?

–En 1986 hice una serie de documentales para Canal 13; estaba en Nueva York filmando en el Bowery sobre el tema drogas cuando vi en el New York Times que Bob Hope presentaba un libro sobre golf (su pasión) en Barnes&Nobles de la Quinta Avenida. Esto sucedería al día siguiente y resolví intentarlo. Llegamos con nuestras cámaras con la suficiente anticipación para poder negociar y nos encontramos con gente encantadora que sólo nos pidió paciencia pues había otros medios anotados con meses de anticipación.

–Qué bien...

–Horas más tarde, y sin demostrar fastidio ni cansancio, Bob Hope nos concedió la entrevista y pudimos presenciar el enorme afecto y la paciencia con que dialogó un muy largo rato con varios chicos con capacidades diferentes; habían ido a llevarle una corona de flores hawaianas a la manera de los famosos Camino a... que hacía junto con Bing Crosby y Dorothy Lamour. Creo que Bob Hope fue uno de los famosos más amables que conocí.

–¿Cuándo sintió que quería ser periodista?

–Fue un impulso que nació por esas cosas de ser la menor de una familia de nueve hermanos. Enrique, el mayor, se abonó a Paris Match en los años 50 y yo caí presa de un metejón editorial tremendo al descubrir las fotos de doble página, los epígrafes vendedores de historias, la magnífica prosa de Raymond Cartier que publicaba allí su Historia de la Segunda Guerra Mundial. Tras infinitos ruegos logré tener lo que luego llamaría una primera lectura y esperé cada semana la llegada del correo que Enrique me autorizaba a abrir antes que nadie. Allí me di cuenta de lo que realmente quería hacer de mi vida: instalarme en el ring side de los acontecimientos sin perderme nada.

–¿Algún medio escolar?

–Mi primer intento periodístico fue, por supuesto, en un diario escolar que creo respondía al original nombre de Ecos o algo así. Incluso empecé a escribir una novela policial que no pasó de los primeros capítulos, pues la revista se fundió.

–¿Cómo sigue la historia?

–Mi segundo intento fue, al terminar el secundario, en una revista de la Acción Católica que se llamaba Gente Joven. Allí atendía el teléfono, limpiaba la oficina, iba al banco y logré que me publicaran un par de cuentos. Naturalmente, también se fundió.

–¿Y el periodismo con mayúsculas?

–Un tiempo después le rogué a una de mis hermanas mayores, Chelita, que me acompañara a presentarme a una publicación "de verdad". Accedió, con esa complacencia generosa que se tiene frente a la insistencia de una hermanita pesada, y fuimos a verlo a Emilio Ramírez, que era dueño y director de Vea y Lea. Con la misma audacia que me ayudó a lo largo de los años le propuse un reportaje a la maravillosa contralto Marian Anderson, que estaba de paso por Buenos Aires.

–¿Entonces?

–Ramírez me miró (creo que conmovido) y me asignó un fotógrafo. Anderson fue adorable: humilde, espontánea, accesible. Pero cometí mi primer error profesional al pensar que los grandes de este mundo eran todos como ella. Como se imaginará, la vida se encargó de demostrarme rápidamente lo contrario.

–Una vez leí que los dos oficios más peligrosos del mundo eran el periodismo y el pilotaje de pruebas. ¿Alguna vez se sintió insegura o amenazada?

–Creo que todos los periodistas independientes que vivimos la dictadura y, parece increíble, también la democracia en momentos como el asesinato de José Luis Cabeza, sentimos que nuestra seguridad era absolutamente precaria.

Luis Aubele

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