Boulez, eterno inconformista

Pese a sus posturas muchas veces polémicas, el creador goza también del éxito.
Pese a sus posturas muchas veces polémicas, el creador goza también del éxito.
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25 de marzo de 2000  

De "enfant-terrible" a leyenda viviente. Eso sí, mañana el francés Pierre Boulez llegará a los 75 años sin arriar sus banderas vanguardistas ni cambiar sus mañas. Pero disfrutará también del reconocimiento del mundo clásico. Ese mismo mundo al que, a comienzos de los 50, denostó con corrosivos comentarios como "la manera más elegante de resolver el problema de la ópera es hacer explotar los teatros , así por lo menos se dejaría de dar vueltas siempre sobre el pasado artístico, en lugar del futuro".

Cómo logró volver de semejante diatriba no es un misterio. Simplemente, a la par de su encendida verba, su inmensa -y criticada- capacidad para imponer sus deseos en el campo de la música francesa, su música compleja y sin concesiones, Boulez es un gran músico.

Fue su tarea como director de orquesta la que le permitió abrir las puertas al reconocimiento mundial que él mismo había cerrado.

Como director invitado de las orquestas de Cleveland, Filarmónica de Nueva York y de la BBC de Londres, desde finales de la década de los 60 acostumbró a los músicos y a sus respectivos públicos a prestar atención y a disfrutar de la inmensa y oculta riqueza de la música del siglo XX.

Su música era difícil de comprender, pero todos tuvieron que reconocer su altísimo nivel como intérprete de las obras de Bartok, Debussy, Ravel, Schönberg y Stravinsky, entre otros, e incluso, yendo más atrás, de Mahler y Wagner.

Una noche en la ópera

En verdad, el camino de la reconciliación viene de lejos. De hecho, en 1981 Boulez desmintió su propios dichos al asumir la responsabilidad de dirigir Wagner en su propio teatro de Bayreuth. Claro está, no se trató de una propuesta rutinaria: junto con su compatriota Patrice Cherau realizó una de las más audaces representaciones del ciclo del Oro del Rhin.

El acercamiento entre el padre de la vanguardia de posguerra y el establishment clásico se terminó de concretar cuando Boulez firmó contrato con Deutsche Gramophon. El tradicional sello alemán comenzó a editar sus grabaciones e inmediatamente llegaron el reconocimiento de la crítica y los premios.

Boulez aportó a la dirección musical la profundidad y la capacidad de comprensión de la forma total de una obra que sólo puede tener un compositor. Un creador que, según su propia definición, lleva adelante una serie de "works in progress", una elegante manera de explicar la obsesión de revisar una y otra vez sus obras, que investigó en profundidad la materia del sonido en sí misma a través de la música electrónica y que posee una capacidad única de comprender la estructura de obras de gran extensión y complejidad.

Hijo de la modernidad

Boulez nació en 1925 en Montbrison France. Durante su formación en el Conservatorio de París conoció a quien sería su principal maestro y referencia, Olivier Messian.

Cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial, Boulez hizo su irrupción como cabeza del potente movimiento de vanguardia que tenía como referente a Karlheinz Stockhausen en Alemania y a Luciano Berio en Italia. Se terminaba un mundo, y los jóvenes compositores estaban dispuestos a cortar lazos con la historia para empezar todo de nuevo.

Con el sustrato del estructuralismo y el existencialismo como fondos teóricos, Boulez y compañía protagonizaron una de las más radicales aventuras artísticas de la historia, con el afán de llevar esta disciplina a un máximo control. Pero el serialismo integral, que según Boulez y los demás participantes era el logro máximo en este sentido, terminó sonando "como cubitos de hielo en un vaso de whisky", como definió con su habitual sentido del humor un músico de vanguardia proveniente del nuevo continente, el norteamericano John Cage. El máximo control musical sonaba aún para los oídos más entrenados muy parecido al caos.

Lo cierto es que el propio Boulez reconoció luego lo ingenuo de aquella aventura. Pero no por esto este francés de gestos amables y pluma incisiva renunció a la búsqueda de nuevos horizontes para la música.

De hecho, fue capaz de lograr que el Estado le construyera, por su pedido, el Institut de Recherche et de Coordination Acoustique/musique (Ircam ) para investigar el campo de la música electrónica o, como hace una década, la Ciudad de la música. Sumando a esto la fundación del Ensemble Intercontemporain, Boulez tomó el poder musical absoluto en Francia, algo por lo que todavía hoy es duramente cuestionado.

Lo que ocurre es que Boulez, como un quijote modernista, sigue avanzando. Sólo que aprendió a dejar una puerta abierta para aquellos que lo quieran seguir en la aventura: la de la música que a partir del año próximo será la del siglo pasado.

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