Calaveras y diablitos

En el carnaval humahuaqueño casi todo está perdonado
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4 de marzo de 2003  

JUJUY (Especial).– Nueve días no descanso, todo el carnaval yo canto. No trabajo, sólo bailo, tristezas nomás espanto. Coplas como ésta resuenan ahora en cada pueblo de la Quebrada de Humahuaca. Durante todo el año, esperan la fiesta para bailar, cantar y beber, a veces mucho, ya que se cree que el diablo anda suelto y todo está permitido. Y se lo homenajea como a una deidad para atraer la suerte, mientras se le agradece a la Pachamama por todo lo recibido.

Creencias de distintos orígenes conviven en armonía. El festín terminará mañana, miércoles de ceniza cristiano, o el domingo de tentación pagano, y en las procesiones pascuales a la Virgen de Punta Corral se obtendrá el perdón por todos los excesos carnavaleros.

A partir del mediodía se escucha por las estrechas callecitas de los poblados el sonar dulce de los copleros, que acompañan sus cantos con golpes en las cajas (tambores artesanales de cuero de cabrito y vaca), y con notas arrancadas a los erkenchos (cuerno de chivo o vaca) y las anatas (flauta achatada). Las comparsas alborotan las calles contagiando fervor y borrachera, con ritmos murgueros, carnavalitos y disfraces de diablo, brujas, gauchos y arlequines. Las casas están de puertas abiertas e invitan a celebrar con chicha y vino.

Ni los ancianos se salvan de llevar la cara pintada de blanco con talco, del adorno de las serpentinas y de las mojaduras de bombitas y espuma. En todos lados se respira olor a albahaca, el aroma del carnaval, y la mayoría lleva una ramita detrás de la oreja en señal de que se busca amor o pareja de baile. El pueblo está en la calle festejando hasta bien entrada la noche, cuando se irán yendo a dormir algunos, y otros amanecerán rendidos en alguna vereda.

En las calles

El rito empezó hace dos semanas, el jueves de compadres, cuando los hombres celebran por separado, sin mujeres. El sábado pasado se inició el carnaval grande, con el desentierro de un muñeco que representa al diablo, debajo del mojón, una pira de piedra adornada con hojas de maíz, girasol y albahaca, que se riega con alcohol y otras ofrendas aportadas por los padrinos.

Los diablitos de las comparsas guían a los celebrantes por las calles del pueblo, agitando sus banderas. Visten trajes de colores estridentes, que llevan hasta tres meses de preparación y se queman cada cuatro años, adornados con lentejuelas, cascabeles y espejos, y con una larga cola con punta de corazón. Ocultan su identidad con una máscara de malla metálica y ensayan vocecitas agudas, para arremeter contra las damas sin ningún miramiento; ellas quizá nunca sepan con quién bailaron una noche entera o más.

“Agasajamos al Rey Momo con 150 disfrazados desde 1989”, cuenta Plácida Ayun de Farján, presidenta de la comparsa Pocos pero Locos, que congregó a cientos de personas el sábado pasado en una lomadita de Tilcara. En ese pueblo, el turismo es mayor. Se festeja en peñas, más comerciales, o en casas de familia que no discriminan entre locales y visitantes, mucho más tradicionales. La más antigua agrupación es la Cuadrilla de Cajas y Copleros de 1800, fundada en 1866. Tiene 100 integrantes que dicen mantener la tradición intacta sin haberse salteado jamás un año. Zenón Toconas, uno de ellos, asegura que sabe más de 400 rimas y que todas le nacen del corazón.

“El año pasa enseguida, cosechando y sembrando, hasta que llega el carnaval y lo celebramos igual que mis abuelos”, cuenta en un camino Salustiana Ramos, que a sus 80 años anda con paso ligero saltando las piedras del río para cantar con su caja en la ronda que se forma en casa de su hija María, actual presidenta del grupo. “Queremos mantener viva la enseñanza de nuestros ancestros y demostrar la identidad cultural colla para promocionarla, porque vivimos del turismo”, explica María, que gastó 200 pesos en el convite.

En cada rincón de la Quebrada se vive la misma fiesta. Los diablitos andan sueltos con parejo esmero y graduación etílica en Jaure, Yacoraite, Chucalesna y en otros lugares que por lo general no figuran en los mapas turísticos. Seguirán bailando hasta el domingo, cuando lleguen las lágrimas por el entierro del diablo, y con él se vaya la alegría. Hasta el año siguiente.

Noches de solos y solas

Algunas cosas cambiaron. Antes, cuando los festejantes no eran tantos, los lugareños se pasaban los días en invitaciones a comilonas de casa en casa. Ahora, los llamados fortines dejaron de ser gratuitos y el baile continúa por la noche en locales con grupos contratados, más cercanos a la cumbia que al sikus. Casi no se ven bandoneones en las calles. Los mayores aún estilan “vacunar” a cada invitado que ingresa en una casa con un vaso de chicha. Y la creencia de que en esos días todos son solteros es en parte desmitificada en Tilcara por Georgina Vitte y muchas otras casadas: “Yo no le perdono nada, aunque mi marido no viene a dormir porque se queda bailando toda la noche en el mojón”, comenta. Pero las solteras esperan la fecha con la esperanza de “toparse” y bailar con un mismo diablito todos los días, para que al final revele su identidad y se enamoren, explica Macaria Ignacio, en la plaza de Humahuaca.

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