Canciones de amor y de amistad, con el estilo de siempre

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22 de agosto de 2001  

Recitales del cantautor argentino Alberto Cortez , que celebra sus 40 años con el canto, acompañado en piano por Ricardo Miralles. Teclados: Patricio Huguet; percusión: Julio Morales; bajo: Gustavo Luciani. Invitado: quinteto vocal Los Andariegos. Organiza: Fénix Producciones. En el teatro Gran Rex.

Nuestra opinión: bueno.

El gran lujo de Alberto Cortez, cantautor, tiene nombre y apellido: se llama Ricardo Miralles. Miralles siempre entretejerá -es su costumbre- milagros y maravillas en el piano de cola. El gran músico será el auriga -en preludios, interludios y exquisitos comentarios- de Cortez y, al mismo tiempo, el moderador del canto ampuloso, hiperbólico, prosopopéyico, de este notable versificador y compositor.

Por cierto que Miralles, precisamente por ser dueño de una descomunal inventiva como acompañante de cantantes, prefiere asumir un perfil bajo. Esto significa que con Cortez desdeña los tratamientos barrocos de aquellos maravillosos arreglos de otrora para el cancionero de Joan Manuel Serrat. Estos de aquí no son preciosa música de cámara, como lo son varios de los discos que editó junto a su conciudadano barcelonés. Quizá porque el fornido cantautor pampeano no cultiva con la debida devoción las sutilezas canoras, los matices para su vociferante garganta de barítono (tan de barítono como la de Serrat).

Cortez llega esta vez para celebrar sus cuarenta años con la canción propia junto al quinteto vocal instrumental Los Andariegos, que ofician de (cacofónica acepción) "teloneros" de sus dos recitales.

Los Andariegos nos han dejado, desde la década del 60, una de las más inspiradas expresiones del canto vocal. Ahora regresan para abrir y cerrar el encuentro con Cortez. Un curioso popurrí (extraña mélange) los tienta al comienzo. Así quedarán ligadas, como por un pegamento, la "Milonga del trovador", la zamba "Luna tucumana", el vals peruano "La flor de la canela", el emblemático y olvidado yaraví "Dos palomitas", el tango "Otoño porteño" (con cinco guitarras) y la vidala "Subo".

La garantía de musicalidad está en las voces de los veteranos: Gómez (guitarra), Mercado (aerófonos) y Cacho Ritro (bombo y sikus), a los que se une otra buena guitarra, para elaborar ricos acordes, y una primera voz potente, pero algo errática en la conducción de las melodías.

Maravillas de Miralles

Para la parte central está el piano de Ricardo Miralles, más un trío que no figura en programa: bajo eléctrico, percusión y teclado electrónico.

Cortez irrumpe con uno de sus clásicos: "A mis amigos". Comienza a desgranarlo sin gritar, pero enseguida su voz se crispa y se entrega entonces a la desmesura del canto. Lo mismo ocurrirá con el bucólico "Mi árbol y yo": a la emoción contenida se le unirá muy pronto el canto ampuloso y enfático. Estas dos canciones son parte del ancho espectro abarcado por Alberto Cortez en el universo de la canción ciudadana. Muchas conllevan el tono sentimental de emociones y recuerdos entrañables, capaces de sacudir -alguien podrá llamarlo golpes de efecto- los sentimientos de su platea.

El estilo de Cortez es ése precisamente. Canciones de amor, de amistad, de vivencias personales, de testimonio con algún mensaje moralizador, como es su tercera entrega, "Los demás", engarzada en un ritmo eufórico, o "Hasta cuándo", cantadas con irrefrenable gesto y entonación grandilocuente.

En este último caso Cortez recorre dos caminos paralelos: uno estético o artístico, el que proclaman algunas de sus canciones como "Mi país", y el otro personal, como su amistad (de reconocimiento por algún favor recibido o de empatía política), donde se encuentra la de un telúrico ex presidente hoy caído en desgracia. Para salvar tal dualidad, Cortez se encarga de aclarar, en algún tramo del recital, que no tolera la venta de armas ni la guerra.

Vendrán letras introvertidas, como "Alma mía", a las que Cortez adosa sus excesos vocales hasta convertirlas en francamente extravertida, derrochando decibeles. Y llegarán algunos aciertos, como es el estreno de la tonada "El río", sobre un poema de Atahualpa Yupanqui, en la que Miralles enhebra giros y sugestivos acentos telúricos.

Esta segunda parte está destinada al cancionero más popular del cantautor. Así resuenan "Como el primer día", que recibirá la primera ovación, el tema del perro ("Callejero"), pariente cercano del "Malasangre", de Serrat, y "Castillos en el aire", una especie de sucedáneo de "Uno de mi calle me ha dicho que tiene un amigo que dice conocer un tipo que un día fue feliz...", también de Joan Manuel.

Las versificaciones de Cortez llevan un signo inconfundible, parte, quizá, de la herencia hispana desde la técnica de la composición poética: el correcto uso, no sólo de la métrica, sino también de las implacables asonancias y consonancias de la rima de dos voces, con el riesgo de construir versos plagados de ripio.

En cuanto a su melodismo, no le teme a los lugares comunes, si bien se nota la intención de escapar de ellos en el momento menos pensado.

En este encuentro de los cuarenta años uno hubiera preferido que cantara solo con Miralles. Pero sin duda el estilo desorbitado de Cortez no hace buenas migas con el refinamiento y los matices que prodiga el delicioso pianista y arreglador.

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