Cara bambina

Fernando López
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24 de octubre de 2000  

"Un rostro de bambina sobre un cuerpo sensual", anotó el fotógrafo al pie del retrato de la flamante Miss Viareggio, una chica que bien podía haber sido modelo de Botticelli. Ella tenía 15 años y ninguna aspiración artística: se había inscripto sólo por escapar del tedio de la vida provinciana, pero de a poco se fue dejando llevar por el juego que esa foto puso en marcha. Hubo otros concursos, otros triunfos, y un buen día descubrió su nombre -Stefania Sandrelli- en los créditos de una película. Era "Gioventú di notte" y nadie la recuerda ya, salvo para anotar que fue allí donde la cámara registró por primera vez ese rostro angelical y esa silueta que pronto le derretirían la gomina al barón siciliano que Marcello concibió para "Divorcio a la italiana".

Todo -el concurso, el cine, la popularidad- vino rápido, pero Stefania impuso su ritmo. No quería ser otra estrella sexy; tampoco sabía si quería ser una actriz. Avanzó de a poco, confiandoen su instinto, y le fue tan bien que a los 20 un creador tan sensible como Antonio Pietrangeli la fue a buscar, contra la opinión de los que la creían pura apariencia, para darle el papel central de "Yo la conocía bien", algo así como la tragicomedia de la superficialidad.

* * *

"Si mi carrera terminase aquí -confesó entonces- guardaría este film como el más mío, el más hermoso." Pero no hubo final; todo lo contrario: la aguardaban Scola, Monicelli, Bertolucci, Montaldo; la requeriría otra vez Germi, que ya le había dado el espaldarazo al lado de Mastroianni y el primer protagónico en "Seducida y abandonada", y hasta generaría algún escándalo con su renacer erótico en "La llave", de Tinto Brass.

Unos pocos personajes entre los muchos que compuso (más de 80 films, incluido "Esperando al mesías", de Daniel Burman), bastan para dejar constancia de su crecimiento: aquella morena que se enredaba con Dominique Sanda en la sensualidad tanguera de "El conformista", la luchadora aguerrida de "Novecento", la bruja salvada de la hoguera por el inefable Brancaleone, la madre tierna, puntal de la representativa "familia" de Ettore Scola...

Con él acaba de volver en "La cena". En lucha contra el tiempo y quebrándose ante la voluntaria y sorpresiva reclusión de su hija, Stefania hace visible en un par de miradas y alguna ligera mueca la desolación interior de su personaje. Es tan conmovedor su retrato que uno no puede evitar cierta desazón al verla irse. Y en el fondo, contra toda lógica, guarda la secreta esperanza de que la cámara salga detrás de ella cuando, forzándose a disimular el dolor, se levanta de la mesa y abandona el restaurante.

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