China, una vida en 272 páginas

Diego Fischer
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20 de septiembre de 2014  

A continuación, un anticipo del último capítulo de Vida, estamos en paz - Las historias que China Zorrilla nunca contó, la biografía escrita por Diego Fischer, con prólogo de Pablo Sirvén, que llegará a las librerías el 1° de octubre

Ella entró al escenario apoyándose en un bastón y del brazo del coprotagonista; luego lo hizo el resto del elenco. Los espectadores la recibieron con una ovación. En la colmada platea se encontraban su hermana Inés, su sobrina Lalia Amorim y sus amigos Susana Giménez y Carlos Perciavalle. El público era gente que había ido exclusivamente a verla a ella. Hombres y mujeres de mediana edad y mayores que habían seguido su carrera y que sabían que la presencia de China en un elenco ha sido siempre sinónimo y garantía de buen teatro. Pero también había gente muy joven que, llevada por sus padres o abuelos, estaba allí para ver y escuchar a esa mujer que ya se había transformado en una leyenda.

Sucedió en enero de 2012. China se presentó, para hacer teatro leído, con Las d'enfrente, del argentino Federico Mertens, en el Hotel Conrad de Punta del Este. Sentada detrás de un escritorio encarnó a doña María, una madre manipuladora que siempre está pendiente de lo que hacen y dicen sus vecinas de enfrente. Se trata de una comedia costumbrista ubicada en los primeros años del siglo XX, en una Buenos Aires en la que lenguas y dialectos extranjeros se escuchan casi tanto como el español, con una amplia gama de acentos y tonadas.

Como sucedió a lo largo de su carrera, su sola estampa llenó el escenario. Esa noche en la sala se percibía un clima muy especial. Es sabido que la risa y el llanto están separados por un delgado hilo. La gran mayoría de los presentes era consciente de que esa sería la última oportunidad de ver a China Zorrilla sobre un escenario. Su pelo blanco, blanquísimo, cuidadosamente peinado le daba el aire de matrona que el papel exige. Su inconfundible voz, potente y llena de matices, parecía la de una mujer de sesenta años y no la de una persona con tres décadas más a cuestas y con una vida vivida siempre intensamente.

La indulgencia es una de las virtudes que se reciben cuando uno las ha practicado previamente y sin cortapisas. Esa capacidad de disimular o perdonar errores fue manifiesta esa noche en el público, cuando la memoria y el cansancio le jugaron a China un par de malas pasadas. El aplauso cerrado de las seiscientas personas de pie se prolongó más allá del cierre del telón. Arropada entre los dos gigantescos paños de terciopelo, respondiendo al cariño de la gente con su bastón en alto, era la imagen de una carrera gloriosa y de una gloria justamente ganada.

A la salida eran muchos los espectadores que secaban sus ojos o no ocultaban la emoción traducida en lágrimas. Es la emoción de cuando se despide a un amigo de toda la vida, al que se le deben la risa, la reflexión, la ilusión de que el mundo en el que vivimos puede ser mejor, el que nos ha hecho felices, aunque esa felicidad durara una hora y media o quizás dos.

Similar situación se vivió dos meses más tarde en Buenos Aires. El 14 de marzo, China cumplió 90 años y los celebró subiendo por última vez a un escenario, el del Teatro Cervantes. La legendaria sala colmada de público estalló en una ovación al caer el telón. Los espectadores acompañaron al elenco cantándole "Feliz cumpleaños", y no dejaron de aplaudirla cuando China, emocionada, sopló la vela que coronaba una gran torta que especialmente le habían preparado. No hubo discursos. Solo emoción y lágrimas, muchas lágrimas.

Desde entonces, China Zorrilla está retirada de la vida artística. Siguió viviendo por un tiempo en Buenos Aires, en su apartamento de la calle Uruguay. En diciembre de 2012 decidió cruzar una vez más el Río de la Plata y afincarse nuevamente en la orilla que la vio nacer. Volvió a su casa de Montevideo en la calle 21 de Setiembre, del barrio de Punta Carretas, rodeada de su familia y es feliz conversando con sus hermanas, Inés y Marica, y con el desfile de sobrinos y sobrinos nietos que su presencia convoca. China y sus hermanas no han perdido la costumbre de recitar los versos que su tía Mirta y su madre compusieron un siglo atrás. Tampoco han perdido la capacidad de reírse ni el gusto por cantar. No importa que la memoria reciente les juegue trampas, porque saben que China sacará, cual mago de su galera, una historia de tiempos pretéritos que seguramente contó muchas veces, pero siempre de una manera distinta y agregándole los condimentos necesarios para que parezca nueva.

Se despierta con una sonrisa y se acuesta dándole gracias a la vida, por todo lo vivido y por lo que le deparará el día siguiente. No hay semana que no reciba una visita o una llamada telefónica de sus amigos de Buenos Aires. Son muchos los que se acuerdan de ella y la llaman para saber cómo está. Nada la pone tan contenta como los llamados de sus amigos argentinos. Algunos de ellos -de paso por Montevideo- se hacen un rato para visitarla, charlar y divertirse con esa mujer que no ha perdido el buen humor y la alegría. Un día es Ricardo Darín, que se aparece con un ramo de flores, o Soledad Silveyra, "Doña Lola", como le dice China, que llega a conversar con "Doña Aída", como la llama Solita y la tarde transcurre a pura carcajada y recuerdos sazonados con té y masitas. Otras veces es Marcos Carnevale, que se apersona para contarle de sus proyectos. Es el hombre que la dirigió con maestría en varias películas y que logró que en Elsa y Fred, China compusiera su mejor y más entrañable papel cinematográfico.

Las llamadas telefónicas de Susana Giménez son frecuentes, al igual que las de Mirtha Legrand y su hermana Goldie. China y Susana mantienen un vínculo entrañable de mutuo cariño y admiración, desde aquel lejano verano de 1972 en Mar del Plata, cuando una jovencísima modelo hacía sus primeras armas en el teatro y una experimentada comediante como China se daba a conocer ante el público argentino.

Carlos Perciavalle es otro de los amigos de antaño que se comunica casi a diario por teléfono desde su casa de Laguna del Sauce y la visita con frecuencia. Hablan de todo y en los códigos que inventaron en los tiempos que supieron conquistar al público del off Broadway con Canciones para mirar.

Con su andar lento, sus ojos claros y su mirada transparente, China, que fue siempre una gran amante de la soledad, vive hoy rodeada de gente. Es la cosecha de una larga vida en la que nunca se cansó de dar amor. Sus tardes transcurren en la sala de la casa en la que también vivieron José Luis y Bimba, sus padres. Hace muchos años que ellos se marcharon, aunque no del todo. Sus rostros, los de sus hermanas y el de la propia China en el esplendor de su carrera, están en muchos de los numerosos retratos que parecen abrazarla.

En sus momentos de soledad y silencio, su mirada se pierde en las imágenes de esas fotografías. Entonces China recuerda los versos de Amado Nervo que muchas veces le escuchó recitar a su padre: Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida,.../ Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. /¡Vida, nada me debes!/ ¡Vida, estamos en paz!ß

Ella entró al escenario apoyándose en un bastón y del brazo del coprotagonista; luego lo hizo el resto del elenco. Los espectadores la recibieron con una ovación. En la colmada platea se encontraban su hermana Inés, su sobrina Lalia Amorim y sus amigos Susana Giménez y Carlos Perciavalle. El público era gente que había ido exclusivamente a verla a ella. Hombres y mujeres de mediana edad y mayores que habían seguido su carrera y que sabían que la presencia de China en un elenco ha sido siempre sinónimo y garantía de buen teatro. Pero también había gente muy joven que, llevada por sus padres o abuelos, estaba allí para ver y escuchar a esa mujer que ya se había transformado en una leyenda.

Sucedió en enero de 2012. China se presentó, para hacer teatro leído, con Las d'enfrente, del argentino Federico Mertens, en el Hotel Conrad de Punta del Este. Sentada detrás de un escritorio encarnó a doña María, una madre manipuladora que siempre está pendiente de lo que hacen y dicen sus vecinas de enfrente. Se trata de una comedia costumbrista ubicada en los primeros años del siglo XX, en una Buenos Aires en la que lenguas y dialectos extranjeros se escuchan casi tanto como el español, con una amplia gama de acentos y tonadas.

Como sucedió a lo largo de su carrera, su sola estampa llenó el escenario. Esa noche en la sala se percibía un clima muy especial. Es sabido que la risa y el llanto están separados por un delgado hilo. La gran mayoría de los presentes era consciente de que esa sería la última oportunidad de ver a China Zorrilla sobre un escenario. Su pelo blanco, blanquísimo, cuidadosamente peinado, le daba el aire de matrona que el papel exige. Su inconfundible voz, potente y llena de matices, parecía la de una mujer de sesenta años y no la de una persona con tres décadas más a cuestas y con una vida vivida siempre intensamente.

La indulgencia es una de las virtudes que se reciben cuando uno las ha practicado previamente y sin cortapisas. Esa capacidad de disimular o perdonar errores fue manifiesta esa noche en el público, cuando la memoria y el cansancio le jugaron a China un par de malas pasadas. El aplauso cerrado de las seiscientas personas de pie se prolongó más allá del cierre del telón. Arropada entre los dos gigantescos paños de terciopelo, respondiendo al cariño de la gente con su bastón en alto, era la imagen de una carrera gloriosa y de una gloria justamente ganada.

A la salida eran muchos los espectadores que secaban sus ojos o no ocultaban la emoción traducida en lágrimas. Es la emoción de cuando se despide a un amigo de toda la vida, al que se le deben la risa, la reflexión, la ilusión de que el mundo en el que vivimos puede ser mejor, el que nos ha hecho felices, aunque esa felicidad durara una hora y media o quizá dos.

Similar situación se vivió dos meses más tarde en Buenos Aires. El 14 de marzo, China cumplió 90 años y los celebró subiendo por última vez a un escenario, el del Teatro Cervantes. La legendaria sala colmada de público estalló en una ovación al caer el telón. Los espectadores acompañaron al elenco cantándole "Feliz cumpleaños", y no dejaron de aplaudirla cuando China, emocionada, sopló la vela que coronaba una gran torta que especialmente le habían preparado. No hubo discursos. Solo emoción y lágrimas, muchas lágrimas.

Desde entonces, China Zorrilla está retirada de la vida artística. Siguió viviendo por un tiempo en Buenos Aires, en su departamento de la calle Uruguay. En diciembre de 2012 decidió cruzar una vez más el Río de la Plata y afincarse nuevamente en la orilla que la vio nacer. Volvió a su casa de Montevideo en la calle 21 de Setiembre, del barrio de Punta Carretas, rodeada de su familia y es feliz conversando con sus hermanas, Inés y Marica, y con el desfile de sobrinos y sobrinos nietos que su presencia convoca. China y sus hermanas no han perdido la costumbre de recitar los versos que su tía Mirta y su madre compusieron un siglo atrás. Tampoco han perdido la capacidad de reírse ni el gusto por cantar. No importa que la memoria reciente les juegue trampas, porque saben que China sacará, cual mago de su galera, una historia de tiempos pretéritos que seguramente contó muchas veces, pero siempre de una manera distinta y agregándole los condimentos necesarios para que parezca nueva.

Se despierta con una sonrisa y se acuesta dándole gracias a la vida, por todo lo vivido y por lo que le deparará el día siguiente. No hay semana que no reciba una visita o una llamada telefónica de sus amigos de Buenos Aires. Son muchos los que se acuerdan de ella y la llaman para saber cómo está. Nada la pone tan contenta como los llamados de sus amigos argentinos. Algunos de ellos -de paso por Montevideo- se hacen un rato para visitarla, charlar y divertirse con esa mujer que no ha perdido el buen humor y la alegría. Un día es Ricardo Darín, que se aparece con un ramo de flores, o Soledad Silveyra, "Doña Lola", como le dice China, que llega a conversar con "Doña Aída", como la llama Solita y la tarde transcurre a pura carcajada y recuerdos sazonados con té y masitas. Otras veces es Marcos Carnevale, que se apersona para contarle de sus proyectos. Es el hombre que la dirigió con maestría en varias películas y que logró que en Elsa y Fred, China compusiera su mejor y más entrañable papel cinematográfico.

Las llamadas telefónicas de Susana Giménez son frecuentes, al igual que las de Mirtha Legrand y su hermana Goldie. China y Susana mantienen un vínculo entrañable de mutuo cariño y admiración, desde aquel lejano verano de 1972 en Mar del Plata, cuando una jovencísima modelo hacía sus primeras armas en el teatro y una experimentada comediante como China se daba a conocer ante el público argentino.

Carlos Perciavalle es otro de los amigos de antaño que se comunica casi a diario por teléfono desde su casa de Laguna del Sauce y la visita con frecuencia. Hablan de todo y en los códigos que inventaron en los tiempos que supieron conquistar al público del off Broadway con Canciones para mirar.

Con su andar lento, sus ojos claros y su mirada transparente, China, que fue siempre una gran amante de la soledad, vive hoy rodeada de gente. Es la cosecha de una larga vida en la que nunca se cansó de dar amor. Sus tardes transcurren en la sala de la casa en la que también vivieron José Luis y Bimba, sus padres. Hace muchos años que ellos se marcharon, aunque no del todo. Sus rostros, los de sus hermanas y el de la propia China en el esplendor de su carrera, están en muchos de los numerosos retratos que parecen abrazarla.

En sus momentos de soledad y silencio, su mirada se pierde en las imágenes de esas fotografías. Entonces China recuerda los versos de Amado Nervo que muchas veces le escuchó recitar a su padre: Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida,.../ Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. /¡Vida, nada me debes!/ ¡Vida, estamos en paz!

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