Actores que dirigen

Fernando López
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4 de diciembre de 2007  

¿Qué hay en común entre Kevin Costner, Takeshi Kitano, George Clooney, Sydney Pollack, Mel Brooks, Lautaro Murúa, Orson Welles, François Truffaut, Gene Kelly, Antonio Banderas? Muy poco, probablemente, salvo que todos ellos -y muchísimos más, pues la nómina es interminable- se han desempeñado con éxito tanto detrás de las cámaras como frente a ellas. Lo que en Hollywood era casi una rareza hasta 1950 -salvando, claro, los casos de los grandes genios cómicos como Buster Keaton o Charles Chaplin, que eran autores absolutos de sus películas-, se hizo después bastante frecuente y el cambio de funciones -en ambas direcciones, por cierto- sigue estando a la orden del día. Unos cuantos que se habían hecho populares como actores hicieron el intento de dirigir y abandonaron ante el primer fracaso, como James Cagney, que en 1957 rodó Short Cut To Hell , una remake de Un alma torturada (policial de Frank Tuttle basado en una novela de Graham Greene), y nunca repitió la experiencia. O como Walter Matthau, que sólo asumió la dirección en una muy modesta producción, Gangster Story , donde a pesar de sus limitaciones alcanzó a mostrar un estilo seco y mesurado. Anthony Quinn se divirtió bastante filmando una segunda versión de El bucanero , un clásico de Cecil B. de Mille, que por entonces (1958) era su suegro, pero fue debut y despedida. Y lo mismo le pasó a Jack Lemmon con Kotch (1971), más allá de sus apreciables logros en una comedia divertida y nada banal acerca de la tercera edad.

Que los actores pueden convertirse en muy buenos realizadores lo sabe cualquier cinéfilo, y las pruebas están a la vista, de El ciudadano de Orson Welles en adelante. Ejemplos sobran y no hace falta ir demasiado lejos: entre nosotros, baste con mencionar a Lautaro Murúa, Hugo del Carril, Mario Soffici, Leonardo Favio o Sergio Renán. Mel Gibson era una estrella consagrada cuando encaró en El hombre sin rostro (1993) la responsabilidad de la dirección, función en la que cosecharía triunfos (ganó el Oscar de 1995 con Corazón valiente ) y avivaría polémicas ( La pasión de Cristo , 2004). Clint Eastwood ya sabía casi todo del western y el policial cuando en 1971 inició, con Defraudadas y Obsesión mortal, su brillante trayectoria como cineasta. El inolvidable Vittorio De Sica era poco menos que una gloria nacional en Italia cuando anticipó algunos rasgos del futuro neorrealismo en su primera película como director, Magdalena cero en conducta (1940). Y nunca se lamentará bastante que Charles Laughton, después de haber creado tantísimos personajes como actor, haya dejado, como director, sólo un film, esa obra maestra titulada La noche del cazador (1955). Faltaría añadir un ejemplo más, flamante: el debut en la dirección de Ben Affleck, cuya Desapareció una noche ocupa todavía las carteleras porteñas.

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Es igualmente larga la lista de directores que han exhibido en la pantalla, más o menos esporádicamente, sus cualidades interpretativas. ¿Cómo no recordar a Erich von Stroheim, en El ocaso de una vida (Billy Wilder, 1950), a John Huston en Barrio chino (Roman Polanski, 1974), a François Truffaut en Encuentros cercanos del tercer tipo (Steven Spielberg, 1977) o en sus propios films El niño salvaje (1970) y La noche americana (1973)? Hay directores que prefieren privilegiar esa función y han dejado algo postergadas sus carreras actorales, como Eastwood y Ron Howard ( Apollo XIII , Una mente brillante ). Otros dejan abiertas ambas posibilidades como Clooney, Robert Redford o Warren Beatty, y están también los que suelen actuar solamente en sus propias películas, como Nanni Moretti ( Caro diario , La habitación del hijo , El caimán ) o Woody Allen ( Ladrones de medio pelo, La mirada de los otros, Scoop ). Y queda el caso de Sydney Pollack, que últimamente está más presente como actor ( Michael Clayton, Lo mejor de nuestras vidas ) que como director.

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De Peter Bogdanovich puede decirse que completó el circuito. Empezó como actor infantil; pasó por las clases de Stella Adler, y después de actuar en TV y ganar prestigio como programador cinematográfico del Museo de Arte Moderno de Nueva York y con sus escritos sobre el cine, se reveló como notable realizador con La última película, ¿Qué pasa, doctor? y Luna de papel . Después, las cosas no le fueron tan bien; dio unos cuantos pasos en falso a partir de su versión de Daisy Miller y apenas tuvo un razonable éxito con Mask . Tampoco lo ayudaron algunos episodios vinculados con su vida personal. Y ahora, cuando ya se lo consideraba más un escritor que un cineasta, ha vuelto a trabajar como actor. Lo hemos visto mezclado en el círculo de amigos de Truman Capote en Infame (Douglas McGrath, 2007), ha actuado para la TV en The Sopranos y en La ley y el orden y todavía sigue anunciando que pronto podrá completar The Other Side Of The Wind , el último proyecto de su maestro Welles. Entretanto explica: "La actuación es, en verdad, lo único que estudié formalmente". Tratará de demostrarlo otra vez en The Dukes , una comedia que mezcla musical y humor negro y que marca, vaya coincidencia, el debut de otro actor en la dirección: Robert Davi.

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