Album de estampas españolas

Fernando López
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23 de agosto de 2001  

"Una historia de entonces" ("You´re the one", España/2000, blanco y negro). Dirección: José Luis Garci. Con Lydia Bosch, Julia Gutiérrez Caba, Juan Diego, Ana Fernández, Manuel Lozano, Iñaki Miramón, Fernando Guillén, Carlos Hipólito, Marisa de Leza. Guión: José Luis Garci y Horacio Valcárcel. Fotografía: Raúl Pérez Cubero. Música: Pablo Cervantes. Montaje: Miguel G. Sinde. Presentada por Primer Plano Film Group. Duración: 111 minutos. Apta para todo público.

Nuestra opinión: buena.

Estamos otra vez en la España de la posguerra: fines de los cuarenta, tiempo de prohibiciones, silencios obligados y espacios vacíos dejados por la guerra, el destierro o la persecución política.

Llendelabarca, en un pueblo asturiano, es la finca familiar donde Julia pasó sus felices veranos de la infancia y donde busca refugio ahora que el dolor de la ausencia la ha hundido en una profunda depresión.

Por lo menos ahí, donde además de sus recuerdos están Pilara, su compañera de juegos infantiles, ahora mamá de un chico en edad escolar, y la suegra de ésta, responsable de la casona, se sentirá más acompañada que con su adusta familia en Madrid, donde por otra parte nunca vieron con buenos ojos al hombre del que se enamoró y cuya ausencia llora.

No es que encuentre consuelo manifiesto: el respeto por "la señorita" impone todavía cierta distancia. Lo que sí encuentra es el calor de la gente sencilla, el clima de familia, la tibieza del café por las mañanas, los ojos buenos del chico que la mira como a una aparición (o más, como a una estrella de las películas que tanto le gustan), la elemental sabiduría de quienes aprendieron a entender la vida sin pedirle demasiado; el horizonte ancho del mar frente al cual es posible descargar pesadumbres y alimentar esperanzas. Y hasta la ingenuidad de un maestro que quiere sembrar en sus alumnos la semilla del arte y la de un cura que no repara en métodos para castigar las crecientes impudicias de su feligresía.

Estamos de regreso en un territorio bien frecuentado por el cine español y en el clima de nostálgica evocación que Garci prefiere para volver a sus historias sentimentales donde estarán presentes, como siempre, la exaltación de los valores más nobles, la pintura amable de los simples personajes del pueblo, la visión crítica de las hipocresías, las discusiones con el sacerdote de turno y el deslumbramiento por el cine, esa ventana mágica que permite conocer otros sitios y otras gentes.

Fiel a sí mismo

Garci es fiel a sí mismo y a su amor por los clásicos de Hollywood, algunos de los cuales asoman aquí gracias a las periódicas funciones que se ofrecen en el bar del pueblo: "La sospecha", "Gunga Din", "La cita", "La puerta de oro".

No son las únicas alusiones al mundo personal del director: por ahí también andan Lope y Pío Baroja, Hemingway y Camilo José Cela, El Greco y Picasso, "La Traviata" y Cole Porter (de una línea de "Night and day" toma la película su título original).

Todo el film parece estar hecho sobre la base de imágenes que le han quedado a Garci en el recuerdo y que Raúl Pérez Cubero recrea en un blanco y negro tan maravilloso como hacía muchos años el cine no mostraba.

El problema reside en que esas estampas -impecablemente puestas en escena- se suceden en una colección que no termina de estructurar una historia. Y esto sucede, sobre todo, porque los personajes tienen el estatismo definitivo de las fotografías y no cobran, salvo en contadas escenas (el encuentro de Julia con el que fue compañero de celda de su pareja y le trae su último mensaje; la charla confidencial del maestro, el desahogo del cura pasado de copas) verdadera vida.

El tono melancólico los ha congelado en ese recuerdo que se evoca pero no se revive. Y no les ayudan mucho a salir de ese estado la propensión de Garci a enclaustrarlos en el estereotipo ni el hábito de confiarles largas parrafadas de acicalado y retórico lenguaje.

Aquí, cada uno a su turno, las asumen Julia, el maestro, el cura o el visitante, con suerte dispar que por lo general tiene que ver con la convicción y la sinceridad que exponen los actores.

Hasta en eso es Garci fiel a sí mismo, pero no todos los monólogos pueden ser tan sustanciosos ni resultar tan oportunos como aquel famoso de José Sacristán en el final de "Solos en la madrugada".

Podrán sobrar palabras y faltar emoción, pero la mano diestra del realizador para componer situaciones, crear climas y conducir a los actores y su sensibilidad visual, en este caso asistida inmejorablemente por Pérez Cubero (más la belleza de los escenarios asturianos y los interiores tan bien ambientados por Julián Mateos), son factores que alimentan el clima nostalgioso y apacible buscado por este film de noble intención y espíritu generoso.

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