Belmondo, el gran burlador

Fernando López
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28 de agosto de 2001  

Desgarbado y huesudo, los hombros anchos, los labios demasiado abultados, la nariz demasiado marcada por su otra pasión juvenil -el boxeo-, Jean-Paul Belmondo no respondía al prototipo de belleza masculina cuando asomó en la pantalla en 1958, de la mano del veterano Marcel Carné, en "Los tramposos", o cuando dos años más tarde Godard lo convirtió, gracias a "Sin aliento", en figura emblemática de la nouvelle vague. Pero Bebel estaba acostumbrado a los obstáculos... y a superarlos. Hijo de artistas -padre escultor, madre pintora-, en la adolescencia se había mostrado tan entusiasmado por la actuación como por el deporte, aunque sólo pudo egresar del conservatorio después de torcer el brazo de sus profesores en una especie de desafío para el que eligió textos de Moliére y Feydeau. Tenía el apoyo ruidoso de sus compañeros: allí por donde andaba ya se hacía popular. Pronto llevó ese desparpajo al cine e impuso un nuevo modelo: su fresca informalidad volvió vetusto el envaramiento de los galanes clásicos, siempre demasiado atentos a sí mismos. Y como no era sólo un tipo físico, sino también un intérprete versátil -por algo lo quiso Peter Brook para "Moderato cantabile"-, se convirtió en favorito de Jean Pierre Melville, maestro del cine negro francés, pero también de Philippe de Broca, artífice de la comedia. Este fue precisamente quien le abrió en "Cartouche" (1962) el filón que Belmondo explotaría hasta el cansancio: el del aventurero atlético y temerario de buen corazón. De paso, al asumir él mismo las escenas de riesgo, respondía a sus dos vocaciones adolescentes. Retomaba las fintas del boxeo. Seguía ejercitando el arte de burlar los contratiempos.

Acróbata siempre sonriente, con certeza de campeón no importa en qué arena se libraran las batallas, la imagen del sinvergüenza intrépido y sentimental se le quedó pegada y le generó frecuentes choques con la crítica, que le reprochaba el facilismo y el encasillamiento. De vez en cuando, no obstante, Bebel les respondió con hechos: podía andar a los piruetas en Río o en China, convertirse en el magnífico, el profesional o el incorregible, pero también asumir riesgos artísticos con Godard ("Pierrot el loco"), Truffaut ("La sirena del Mississippi"), Chabrol ("Doctor Popaul") o Resnais ("Stavisky") y hasta meterse en la piel de Jean Valjean para una versión Lelouch de "Los miserables" o encarnar a Kean y a Cyrano en el teatro.

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La última vez que lo vimos, ya sesentón, robusto y atildado en "Los profesionales", se reía de sí mismo a dúo con Alain Delon y todavía era capaz de colgarse de un helicóptero: supimos que conservaba el buen humor. Ahora volvimos a oír de él porque un accidente vascular le interrumpió las vacaciones y lo encerró en un hospital. Pero una "extraordinaria recuperación" ya lo ha devuelto a casa, a tiempo para comprobar que no ha perdido la popularidad: está sexto en el top 50 que votaron sus compatriotas. Y por lo visto tampoco ha perdido la fortuna que siempre le hizo falta para burlar el peligro. Lo celebramos.

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