Con espesor dramático

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8 de mayo de 2003  

"Potestad" (Argentina/2002). Dirección: Luis César D´Angiolillo. Con Eduardo "Tato" Pavlovsky, Noemí Frenkel, Lorenzo Quinteros, Luis Machín, Alejo García Pintos y otros. Guión: Luis César D´Angiolillo y Ariel Sienra. Fotografía: María Inés Teyssié. Música: Edgardo Rudnitzky. Presentada por Distribution Company. Duración: 89 minutos. Calificación: sólo apta para mayores de 13 años.

Nuestra opinión: muy buena

Los años de la dictadura militar en la Argentina dieron amplio margen para que nuestro cine retratase con hondo dolor y punzante agudeza algunos de aquellos hechos ya lamentablemente imborrables para nuestra reciente crónica de dolores y de desapariciones. "La historia oficial", de Luis Puenzo, y "Garage Olimpo", de Marco Bechis, son apenas dos de los mayores logros en esa temática del horror.

Con "Potestad", sin embargo, Eduardo "Tato" Pavlovsky desde su visión de talentoso dramaturgo hizo conocer a fines de la década del ochenta un relato tan vibrante como atípico, ya que la mirada del terror no partía desde las víctimas, sino desde los victimarios.

"Potestad" fue, en su momento, un éxito de crítica y de público. Y tras muchos años de su estreno escénico ahora se convirtió en un film al que Luis César D´Angiolillo como director supo darle el necesario espesor dramático y el opresivo clima imprescindible como para que la pieza original no haya perdido nada de su hábil estructura al ser trasladada a la pantalla grande.

Eduardo, el protagonista de la historia, es un médico que vive una monótona existencia con su esposa imposibilitada de ser madre. Pero esta base cotidiana que podría resolverse de acuerdo con las normas canónicas del cine habitual tiene en "Potestad" un relato fragmentado, distorsionado y convertido en un mosaico de perturbadores acontecimientos que parecen no seguir una lógica determinada.

Misterios y memoria

Mientras viaja en subterráneo -esos túneles, en definitiva, son su presente y su pasado y sus recuerdos y sus pesares-, Eduardo intenta reconstruir un hecho traumático que cambió su existencia: la pérdida de su hija de diez años. Los cambios de época y los diversos personajes que tienen que ver con momentos de su vida irrumpen sorpresivamente en esos viajes por las entrañas de la gran ciudad. El miedo y la paranoia se apoderan de su ánimo, recurre a continuas huidas, sus diálogos son tan incoherentes como sus actitudes, sus miradas de soslayo presagian algún ocultamiento.

Estructurado de manera fragmentaria, el excelente guión de Luis César D´Angiolillo y Ariel Sienra da la mano al espectador y lo lleva por esos laberintos de los recuerdos y de las memorias. ¿Pero qué oculta ese médico temeroso de luces y de sombras? ¿Qué motivos trastocan su realidad y lo obligan a dolorosos acomodamientos? ¿Cómo se puede desestructurar su discurso emotivo y llegar a las heridas más profundas de su ser? Todo esto se develará al unirse las partes escindidas, lo que permitirá así que los hechos irrumpan con su torrente de verdad.

Pero contra lo que pueda suponerse en un primer momento, "Potestad" no necesitó del melodrama, de los golpes bajos ni del remanido intelectualismo para armar y desarmar este "puzzle" por momentos cálido, otros tan amargo como el secreto de su protagonista, y siempre cotidiano en su fondo y en su forma.

D´Angiolillo, de quien se recuerda "Matar al abuelito", su opera prima, acierta con el clima propuesto por la obra original de Pavlovsky y, con enorme dosis de ternura, de dolor y de ambigüedades (las ambigüedades son necesarias en este entramado), logró un film de potente emotividad y de gran factura técnica de la que sobresalen tanto la fotografía de María Inés Teyssié como la música de Edgardo Rudnitzky y la dirección de arte de Julián D´Angiolillo.

Eduardo "Tato" Pavlovsky supo componer con enorme convicción un personaje que él, ya en el teatro, había habitado en sus más profundas raíces, en tanto que Noemí Frenkel, Lorenzo Quinteros, Luis Machín, Martín Adjemían y Alejo García Pintos formaron ese coro que, en torno del protagonista, enmarca esta historia tan sagaz como talentosa y tan cálida como son cálidos aún los recuerdos más tremendos.

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