Contar la realidad

Fernando López
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20 de mayo de 2003  

Ningún cinéfilo bien informado -y mucho menos aquel que se haya podido acercar a la reciente edición del Festival de Cine Independiente- ignora que el documental está viviendo tiempos de singular esplendor. Quizá se deba al hecho de que hasta la más rutinaria muestra de ese género de fronteras tan difusas resulta siempre, aunque sea por la curiosidad que despierta su contenido, más interesante que una ficción que de tan sujeta a las fórmulas aconsejadas por el mercado se ha vuelto excesivamente previsible. Quizá sea secuela del impulso dado a la producción de ese material por la TV, con la multiplicación de satélites y señales de cable y su demanda siempre creciente. Quizá provenga del renovado empeño de los cineastas, de aquí y de todo el mundo, incluidos países cuyas industrias fílmicas son casi inexistentes, por rescatar, examinar y afirmar las peculiaridades de sus respectivas sociedades (o por revisar y reflexionar acerca de sus raíces, su pasado y su actual estado de cosas) ante el efecto homogeneizador de la globalización. Y no hay que descartar tampoco que concurran a este actual florecimiento las relativas ventajas que el documental ofrece en términos de costos y complejidades de producción. Al fin, ya que, en un sentido muy amplio, apunta a personas y hechos reales, bien puede afirmarse que el género nació con el cine mismo en la medida en que los primitivos trabajos de Lumiére evidenciaban una vocación documental.

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Su historia es tan extensa y rica como heterogéneo el material al que suele adjudicársele el impreciso rótulo. En esta variedad de obras que, de las maneras más dispares, se proponen contar la realidad, cabe un poco de todo, desde el más trillado reportaje televisivo hasta el retrato más revelador de un personaje o la observación crítica o poética de episodios tomados de la vida diaria.

En el mencionado festival hubo, por ejemplo, muestras tan diversas y valiosas como las brasileñas "Edificio Master", sensible aproximación a los habitantes de un complejo de departamentos de Copacabana, u "Onibus 174", revisión de un hecho policial a través de la cual se revelan todas las contradicciones de una situación trágica. O como el conjunto de películas suizas entre las que figuraba un admirable retrato fílmico de Martha Argerich. O como los innovadores aportes locales, entre los que descollaron "Yo no sé qué me han hecho tus ojos", la apasionante investigación acerca del "misterio" de Ada Falcón, y la premiada "Los rubios". Estos títulos y muchos otros dieron cuenta, además, de la exploración de nuevos caminos que los documentalistas han emprendido en direcciones diversas.

Dejemos para otra ocasión el tema de la interacción cada vez más intensa que se verifica hoy entre ficción y documento. Queda la prueba notoria del eco que este género en auge está encontrando en el público: a la laureada "Bowling for Columbine", que sigue en cartel, se sumará pronto "En construcción", nueva entrega del español José Luis Guerín, uno de los creadores que con mayor sensibilidad y agudeza ha buceado en las verdades que se esconden bajo la superficie de la realidad. Y habrá más.

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