Crónica de un estreno trasnochado en La Salada

El film Hacerme feriante y una première atípica
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3 de febrero de 2011  

Miércoles, 4 AM, a unos pocos kilómetros del Obelisco. Julián D'Angiolillo prepara una bandeja de DVD y un cañón de video para un preestreno inusual. En lo que alguna vez -hasta promediar la década del 60- fue el balneario de La Salada, en Lomas de Zamora y junto al Riachuelo, hace una década se instaló Paseo Punta Mogote, una de las ferias de venta de ropa, calzado y otros productos a buen precio -pero de procedencia dudosa- más grandes del continente. Allí, el joven cineasta proyectará su ópera prima, Hacerme feriante , en la que recorre esta mezcla de Ciudad del Este con galerías del Once, encerrada en un solo predio, donde sólo dos días por semana (miércoles y domingos, desde la madrugada y hasta el mediodía), 5000 puesteros mayoristas ofrecen una variada gama, desde ropa y calzado hasta DVD, con películas o juegos, copiados en forma casera, a miles de minoristas y también público común (hasta 200.000 personas en cada una de esas largas jornadas y con una facturación semanal que supera los 10.000.000 de dólares), proveniente incluso de países limítrofes.

A esa hora de la madrugada, D'Angiolillo (hijo del veterano montajista y director César D'Angiolillo) también convocó a amigos, al padre orgulloso y a LA NACION para recorrer el set auténtico que eligió para su presentación en sociedad como documentalista. En Hacerme feriante recorre diferentes aspectos de este fenómeno, pero con una mirada muy distinta a la que lo vienen haciendo ciclos de TV, con la mirada apenas un poco más detenida en el micromundo del encargado del quiosco de venta de DVD y las copias que oferta.

Una boutade exquisita en una pantalla colgada en uno de sus pasillos, que se anticipó por unos días a su estreno en las menos improvisadas salas del Malba (se verá pasado mañana y domingo, a las 18, en Figueroa Alcorta 3415, a metros de a metros de un shopping "legal" y uno de los barrios más elegantes de la ciudad), y a su estreno oficial en el circuito de salas convencionales -en el Gaumont-, el jueves 10. Confesión de parte: fue una de las funciones de preestreno más originales -y de hecho la más nocturna- de las que este cronista haya sido testigo en su vida.

La película, aplaudida en el Bafici, en muestras del interior, así como en Francia y Suiza, sigue no sólo la actividad del lugar, que también recuerda a los paseos de compras que ahora alojan las plateas de lo que fueron importantes cines de la calle Lavalle, sino a la de los talleres domésticos proveedores de la mercadería que allí se vende por bolsa. Incluso se ven sus momentos de distensión, como la presentación de Argentino Luna, que le dedicó a La Salada su tema Coplas de feria -de donde proviene el título- o los desfiles dedicados a la Virgen de Orkupiña, donde se luce la comunidad boliviana (que maneja la vecina feria que lleva su nombre).

El sonido de la proyección se confunde con el ruido del lugar. Las voces de los compradores con sus bolsas al hombro y de los carreros se mezclan con las que surgen de la pantalla, para muchos una imagen en circuito cerrado del mismo lugar. Estos últimos eran los más interesados en descubrirse en ese espejo, y se quedaban mirando fijo de a ratos, mientras el director, a unos pocos metros y en uno de esos puestos, mostraba el afiche del documental y vendía copias truchas de su propia película (carátula diseño colorinche ad hoc incluida) realizadas con su visto bueno, a sólo 5 pesos, Algo así como una performance a propósito de un tema -la piratería- que seguramente dará mucho que discutir en los tiempos que vienen.

Entre gente comiendo choripanes a las 5.30 de la madrugada, carreros ansiosos por ir de una punta del lugar hasta los micros estacionados en el playón de acceso, D'Angiolillo y su team explicaban a los curiosos de qué se trataba el acontecimiento. Entre los interesados de encontraba Pum Pum, el notero del inminente La Salada TV (una señal propia en marcha), muy del estilo programa sabatino de movida tropical.

Los amigos del director, cámaras digitales en mano, tomaban registro del preestreno y también, como lo hace D'Angiolillo en su película, de esas cosas que a mucha gente no se le ocurriría comprar jamás pero que para otros es oro. Quizá la mejor idea de país grande y variopinto, de mundos aparte que D'Angiolillo observa, como dijo allí su padre, sin juzgar y hasta con ternura.

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