El futuro peligrosamente cercano

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1 de agosto de 2002  

"Minority report: sentencia previa" ("Minority report", Estados Unidos/2002). Dirección: Steven Spielberg. Con Tom Cruise, Colin Farrell, Max von Sydow, Lois Smith, Peter Stormare, Tim Blake Nelson, Steve Harris y Kathryn Morris. Guión: Scott Frank y Jon Cohen, basado en el cuento de Philip K. Dick. Fotografía: Janusz Kaminski. Edición: Michael Kahn. Música: John Williams. Efectos visuales: Scott Farrar. Presentada por Twentieth Century Fox. Duración: 144 minutos. Para mayores de 13 años con reservas.

Nuestra opinión: muy buena

Tras lidiar con tiburones, piratas, dinosaurios, nazis y queribles extraterrestres, Steven Spielberg parece haber ingresado -a partir de "Ojos bien cerrados" y especialmente con "A. I. - Inteligencia Artificial" y "Minority report: sentencia previa"- en la etapa más ambiciosa, experimental y menos concesiva de una carrera que ya supera los 30 años.

Este excelente narrador, dueño de un gran sentido del espectáculo y de una fuerte capacidad para emocionar, parece haber dejado el terreno de las sagas de aventuras familiares, de la denuncia demagógica y del didactismo para incursionar en terrenos bastante más áridos y complejos, que le permiten disfrutar del prestigio que tantas veces le negaron, aunque amenaza también con alejarlo de las audiencias masivas y de los negocios multimillonarios.

En "Minority report", Spielberg apunta (y llega) mucho más allá de lo que dos colegas como Ridley Scott y Paul Verhoeven fueron con otras transposiciones de sendos cuentos cortos del venerado escritor norteamericano Philip K. Dick. Si bien "Blade Runner" (1982) y "El vengador del futuro"(1990) impactaron en su momento a la hora de introducir cuestionadoras ideas respecto del papel de los androides, de los experimentos genéticos o de las aplicaciones de la realidad virtual, Spielberg se propone ahora hacer una mixtura de géneros cinematográficos, de búsquedas visuales, de ideas científicas, de referencias literarias y de experimentos narrativos mucho más riesgosa.

Con la ayuda de los guionistas Scott Frank y Jon Cohen, Spielberg transformó las escasas 31 páginas del cuento original de 1956 en una asombrosa, riquísima (y por momentos delirante) acumulación de conceptos, citas, homenajes, guiños y revalorizaciones: en el universo de "Minority report" conviven grandes escritores de ciencia ficción (Isaac Asimov, Arthur C. Clarke y especialmente George Orwell), autores de novelas de misterio (Agatha Christie, Raymond Chandler, Arthur Conan Doyle, Dashiell Hammett), ineludibles referencias cinematográficas ("Metrópolis", Alfred Hitchcock, Orson Welles, David Fincher y, claro, su admirado Stanley Kubrick), una estética posmoderna que combina el clasicismo del cine-noir de los años 40 con el mundo tecnificado, apocalíptico y deshumanizado con el que se describe el año 2054, y un talentoso juego para quebrar los tiempos y las estructuras narrativas tradicionales que remite a modernas apuestas, como "Memento" y "Matrix".

Control estatal

La película se centra en las actividades del Departamento de Precrimen, un cuerpo de elite que lleva adelante en la ultramoderna Washington DC de 2054 un plan piloto de control de la criminalidad que, a partir de los poderes psíquicos y las imágenes mentales (visiones transformadas en evidencias) que ofrecen tres seres humanos (denominados pre-cogs ), permite predecir los asesinatos que están a punto de cometerse y capturar a los eventuales culpables antes de que concreten su objetivo. En seis años de aplicación, el programa supervisado por Lamar Burgess (Max von Sydow) y comandado por el agente John Anderton (Tom Cruise) ha permitido reducir los índices de violencia en un 90 por ciento y, por lo tanto, su puesta en práctica en todo el país parece inminente. La acción de los escuadrones, entonces, es infalible, los costos humanos son casi nulos y las estadísticas resultan impactantes, pero... las apariencias suelen engañar.

La película indaga con inteligencia y sin prejuicios en uno de los aspectos más controvertidos de la sociedad contemporánea: hasta dónde puede llegar el control del Estado sobre los ciudadanos con la justificación de garantizar la seguridad y la convivencia, hasta dónde llega la prevención y dónde comienza la manipulación.

Mientras se ocupa de polémicas cuestiones de índole social, moral y religiosa, como la escalada genética, los trasplantes, las drogas de diseño, la predeterminación o la posibilidad cada vez más cercana de cambiar el destino de una persona, Spielberg también se permite irónicas viñetas sobre el futuro de la sociedad de consumo que, en un interesante y redituable juego intertextual, le permite al mismo tiempo facturar mucho dinero a partir de una avalancha de publicidades encubiertas.

En el terreno más intimista del protagonista, Cruise aparece más cerca del detective Sam Spade que Humphrey Bogart hizo en "El halcón maltés" que del héroe de acción que podía esperarse. Su Anderton tiene todas las características del típico perdedor: solitario tras el divorcio con su mujer, intenta sobrellevar sin demasiada suerte la desaparición de su hijo en una pileta pública, que lo ha convertido en una suerte de fantasma solitario, melancólico y refugiado en la aparente calma que le proporcionan las drogas. También se lucen el veterano Max von Sydow, con su imperturbable máscara para interpretar al mentor de Anderton; el ascendente actor irlandés Colin Farrell (el procurador de justicia que se opone al programa de Pre-Crimen), y muy especialmente la aquí calva Samantha Morton, musa del nuevo cine británico y vista en "Dulce y melancólico", de Woody Allen.

En el aspecto estrictamente técnico, Spielberg también construye un complejo entramado visual en el que predominan los colores fríos y los tonos plateados, que le otorgan al relato cierta frialdad y artificiosidad propias de un futuro dominado por la virtualidad, y lo sintético. Los efectos generados por computadora (CGI) de la siempre eficaz compañía Industrial Light & Magic no asombran apenas como meras creaciones artísticas, sino que son absolutamente funcionales a la historia, mientras que también se destacan dos habituales colaboradores del director: el fotógrafo polaco Janusz Kaminski y el editor Michael Kahn, así como el diseñador de producción Alex McDowell ("El club de la pelea") y la vestuarista Deborah Lynn Scott ("Titanic").

Los pequeños errores de continuidad, algunas pistas y vueltas de tuerca que no tienen demasiado sentido, ciertos excesos de la banda sonora de John Williams y la pretenciosa utilización en la secuencia inicial de la música de Schubert son algunos de los escasos puntos bajos de unos 144 minutos que demandan una atenta visión, pero que a cambio de esa exigencia ofrecen múltiples e interesantes elementos para el debate. Un paso más allá en el campo de una ciencia ficción que cada vez resulta menos futurista y se va acercando más a la realidad. Otra lograda exploración de Spielberg por nuevos e insondables caminos cinematográficos cuando otros artistas prefieren ampararse en la seguridad de los éxitos cosechados.

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