Ficción, documental y un viaje extraordinario

Fuente: LA NACION
Marcelo Stiletano
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7 de junio de 2019  

Federico Marcello tiene alma de trotamundos, pero también el alma de un artista que sabe poner los pies en un solo lugar de la tierra para mostrar lo que mejor sabe hacer. Sin perder jamás el espíritu artesanal, hizo películas documentales sobre temas complicados instalándose en el lugar de los hechos (fue a Sudáfrica para hablar del apartheid y a Medio Oriente para ocuparse del conflicto entre Israel y Palestina) y conduce con el mismo entusiasmo un centro cultural en el barrio porteño de Saavedra. Desde allí entusiasma a propios y extraños para la divulgación de su último largometraje, que a pulmón lo terminó llevando nada menos que hasta China.

Lo que Marcello construyó es prodigioso. Sin otro respaldo, apoyo o subsidio que una convicción a toda prueba y el talento para sacar de la galera siempre un nuevo recurso para sortear cada adversidad, dedicó los últimos cinco años de su vida a concebir, dirigir y protagonizar De acá a la China, una historia con un pie en la ficción y otro en el documental que nació con el propósito de entender con mayor profundidad y precisión cuáles son las vivencias de los chinos que emigran a la Argentina e intentan establecerse en una realidad y una sociedad tan ajenas.

Esa idea de ponerse en el lugar del otro empezó como documental clásico y fue transformándose en un relato de ficción cuyos resultados son asombrosos. A Marcello, comediante de alma y dueño de inspirados instintos como realizador, se le ocurrió contar la historia de una "venganza": la de un argentino que ve cómo su padre debe cerrar a la fuerza su negocio de toda la vida (un almacén de barrio) por culpa del avance imparable de los súper chinos. Su respuesta es instalarse en Fujian (provincia de la que provienen casi el 90% de los chinos emigrados a nuestro país) y levantar allí una despensa con productos argentinos. "Hasta que no se funda el primer chino no me muevo de acá", dice su personaje.

Marcello y su compañero de ruta, el productor Pablo Zapata, se instalaron tres meses en China, filmaron allí sorteando toda clase de adversidades (entre ellas, no hablar ni una palabra de ese idioma) y construyeron una película divertida, aleccionadora sin caer en didactismos ni golpes de efecto emocionales, en la que todos los personajes, hasta el más pequeño, tienen algo valioso para contar. Detrás de una narración fluida y consciente de su espíritu irónico aparece un director de gran capacidad de observación cuya carrera de aquí en más merece ser seguida. De acá a la China recorrió más de diez provincias y se proyectó en decenas de ciudades con el espíritu del viejo cine ambulante. Ahora puede verse todos los días en Bama (a las 21.50) y los sábados de junio, a las 20, en el auditorio del Malba.

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