Golpes bajos, temas delicados

Fernando López
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27 de junio de 2002  

"John Q" (Idem, EE.UU./2001, color). Dirección: Nick Cassavetes. Con Denzel Washington, Robert Duvall, James Woods, Anne Heche, Ray Liotta, Kimberley Elise. Guión: James Kearns. Fotografía: Rogier Stoffers. Música: Aaron Zigman. Edición: Dede Allen. Presentada por Distribution Company. Duración: 118 minutos.

Nuestra opinión: regular.

A Nick Cassavetes el tema que aborda en "John Q" -un frontal cuestionamiento del sistema de salud en los Estados Unidos- lo tocaba de cerca: cuando aceptó dirigir el film, una hija suya necesitada de un trasplante estaba en lista de espera. Puede comprenderse el estado de ánimo del realizador, y hasta disculpársele por eso que haya cedido al ímpetu didáctico-proselitista, al desborde discursivo y hasta a alguna tinta más que recargada a la hora de pintar a los personajes señalados como responsables del estado de desprotección sanitaria en que se encuentra buena parte de los norteamericanos de la clase menos favorecida.

Pero una cosa es el compromiso visceral con el asunto que se trata (y el fervor puesto en juego para llamar la atención sobre políticas que deben ser motivo de debate) y otra cosa la apelación a cualquier recurso, por demagógico y sensacionalista que sea, con tal de obtener la adhesión afectiva de la platea. Al fin, si esa demagogia lacrimógena no termina por negar la noble intención que está en el origen del film, la bastardea bastante. Se dirá que en estos tiempos, cada uno hace lobby con las herramientas que tiene a su alcance, pero está claro -a la vista de sus trabajos anteriores- que Cassavetes pudo emplear una dramatización más sutil y menos rústica (y a la larga también más eficaz) para conmover al espectador y fomentar la discusión.

A su favor hay que decir que el guión traía consigo buena parte de los males que aquejan al film. Es la historia de un modesto y decente trabajador negro (nadie más representativo para asumir el papel que Denzel Washington) que se esfuerza por sostener a su pequeña familia a pesar de que le han reducido las horas de servicio (y el sueldo, claro) y que no es fácil conseguir una ocupación extra. El drama sobreviene cuando a su único hijo se le descubre una anomalía cardíaca que hace necesario un trasplante y sobre todo cuando el hombre comprueba que su seguro de salud apenas cubre una mínima parte del gasto que la operación implica.

Ni las insistentes gestiones ante las autoridades del hospital ni la solidaridad de compañeros y vecinos alcanzan a dar respuesta al problema. Para que no queden dudas de la opinión que les merece a los autores del film el actual estado del sistema sanitario, ahí está la detestable directora del hospital para exponerlo con toda frialdad: "50 millones de personas en este país carecen de seguro de salud... La gente se enferma y se muere todos los días. ¿Por qué entonces deberíamos hacer algo especial por esta familia?". De modo que el desesperado John Q opta por la acción directa: revólver en mano, se atrinchera, con un grupo de pacientes y médicos como rehenes, en una sala del hospital, y exige, obviamente, que se haga lo necesario para que su hijo reciba un corazón compatible. Está dispuesto a todo con tal de lograrlo.

Este primario examen de los extremos a los que un ser humano puede llegar para salvar a un ser querido expone, sobre todo, los extremos a los que puede llegar un film para agitar la emoción del público y ganarse el aplauso fácil con la esperanza de sumar así adhesiones a su noble causa. Abundan estereotipos y discursos y sobran didáctica e inverosimilitud, pero el impacto emotivo de la historia es directo y la convicción de Denzel Washington hace pesar, a primera vista, más la nobleza del "mensaje" que el vehículo dramático elegido, al fin tan artificioso y esquemático como colmado de golpes bajos.

Cassavetes pone su oficio y mantiene el ritmo, pero contagia su descontrol a todo el elenco, excepción hecha del protagonista y del siempre mesurado James Woods.

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