Invasión alienígena en la Plaza de Mayo

Promociona el film Batalla Los Angeles
Marcelo Stiletano
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7 de marzo de 2011  

LOS ANGELES.- Hace un año, El secreto de sus ojos hacía hablar de la Argentina en Hollywood. Ahora, no muy lejos del lugar donde cada año se celebra la fiesta del Oscar, la vía pública aparece insólitamente tapizada con afiches en los que se aprecia nítidamente una imagen histórica de la Plaza de Mayo.

Lo que se ve sobre las paredes de los baldíos y las obras en construcción de West Hollywood y otros lugares de Los Angeles es la reproducción de una fotografía de época tomada en los años 60, con la Pirámide de Mayo casi en primer plano, varias personas a su alrededor, y una sombra que se recorta al fondo sobre la Casa Rosada. Sobre el cielo, tres o cuatro marcas de indefinidos contornos parecen acercarse. La visión no hace más que actualizar aquellas viejas menciones a los objetos voladores no identificados.

Se trata de un ejercicio promocional que conecta al pasado con el presente y que se suma al lanzamiento simultáneo, a escala global, de una nueva incursión de Hollywood en el viejo juego de los ataques extraterrestres. El estreno de Invasión del mundo - Batalla Los Angeles , que presenta Columbia, fue precedido de una campaña de difusión callejera en la que se dejaba constancia de incursiones previas de naves alienígenas en nuestro planeta. En el caso de Buenos Aires, el hecho supuestamente había ocurrido en 1965.

Se trataba, por lo visto, de ensayos para la ofensiva en gran escala que belicosos invasores llegados del espacio exterior se proponen llevar adelante dentro de muy poco tiempo, a mediados de agosto. Y, como suele ocurrir cada vez que Hollywood toma el asunto en sus manos, todas las referencias ajenas al territorio norteamericano desaparecen no bien comienza la proyección. Los Angeles, una vez más, se transforma en el centro del mundo y a las tropas estadounidenses les toca liderar la defensa frente a un adversario de perfiles completamente imprecisos. En este caso, la tarea está a cargo de un cuerpo de marines encabezado por un sargento (Aaron Eckhart), cargado de remordimientos por el fracaso de su anterior misión.

El trailer de Invasión del mundo - Batalla Los Angeles



Si no resulta nuevo esto de reducir el planeta entero a la superficie de Estados Unidos cada vez que se produce un ataque extraterrestre, mucho menos llama la atención el hecho de que sea Los Angeles el blanco preferido de los invasores para poner de manifiesto su espíritu destructivo. Todavía no pasó un año del estreno de 2012 y los espectadores de todo el mundo vuelven a ser testigos de un hecho que se registra puntualmente desde hace varias décadas: la industria de Hollywood parece disfrutar con la reducción a cenizas, polvo y escombros de la ciudad en la que reside.

¿Cuál es la razón que lleva a los grandes estudios a disponer millonarios presupuestos de producción para que Los Angeles termine destruida una y otra vez por atacantes extraterrestres o por poderosas fuerzas de la naturaleza como terremotos, inundaciones y explosiones volcánicas?

Las razones abundan, potenciadas por las tendencias globalizadoras que siempre ejerció Hollywood y que se manifestaron con mucha más fuerza en la última década y media. Por un lado, Los Angeles cuenta con una serie de hitos geográficos y urbanos (desde el cartel de Hollywood sobre la ladera montañosa hasta el edificio de Capitol Records) fácilmente reconocibles en todo el mundo. Por el otro, como afirmó a la agencia AP el experto en historia de la cultura pop de la Universidad de Los Angeles Leo Braudy, se trata de un lugar óptimo para el cine catástrofe porque existe en esa ciudad un sentido muy precario de la vida humana frente a una naturaleza potencialmente eruptiva.

Los factores de riesgo sobre los cuales viven los habitantes de Los Angeles son tan reales como simbólicos: un área sísmica de gran actividad junto al Pacífico, rodeada de imponentes valles y montañas, expuesta todo el tiempo a potenciales inundaciones e incendios que normalmente adquieren grandes proporciones. A ellos se agrega una visible sensación de rechazo y desprecio que suscita en vastos ámbitos el perfil de la capital del entretenimiento, por representar cierta visión a gran escala del hedonismo, la banalidad y la colonización cultural.

Esto explica por qué, desde la primera versión de La guerra de los mundos (1942), Los Angeles no cesa de exponerse a la destrucción total desde la pantalla por medio de movimientos telúricos ( Terremoto , 2012 ), estallidos originados en las montañas ( Vo lcano), fenómenos meteorológicos ( El día después de mañana ) y ofensivas extraterrestres ( Día de la independencia , Skyline ).

Más allá de todas estas referencias, la película que estamos por conocer remite específicamente a un episodio ocurrido hace 69 años y del que todavía perduran enigmáticas derivaciones. Conocido como la batalla de Los Angeles, ocurrió en plena Segunda Guerra Mundial, en la noche del 24 y la madrugada del 25 de febrero de 1942, cuando la caída de varios objetos no identificados sobre la ciudad obligó durante casi una hora a una respuesta de fuego de las baterías antiaéreas situadas sobre la línea costera que se extiende desde Santa Mónica hasta Long Beach. Hasta el día de hoy, no queda claro lo que ocurrió, porque ni las bombas japonesas ni los ovnis aparecieron con el tiempo como razones fidedignas de tan contundente reacción. No hubo pronunciamientos oficiales y todo quedó hasta hoy envuelto en una gran nebulosa.

Lo que sí aparece fuera de toda duda es la necesidad que forzó a los productores de este film de alto costo (75 millones de dólares) a filmar una película sobre Los Angeles lejos de Los Angeles. Casi todo el rodaje (13 semanas) transcurrió en Baton Rouge y Shreveport (Luisiana), donde los estímulos fiscales para el cine llegan al 35 por ciento del presupuesto total de cada film. Y esto no es todo: en Luisiana quedó garantizada la posibilidad de cerrar una autopista durante 30 días o más para filmar escenas con grandes explosiones y el despliegue de casi 3000 extras. Al fin y al cabo, el relato de un desastre ficticio aportó casi 50 millones de dólares en beneficios para un estado que todavía afronta las secuelas de un desastre real: el devastador paso del huracán Katrina, en 2005.

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