Ironías sobre el mundo del arte

El film de Mariano Cohn y Gastón Duprat propone una mirada crítica sobre el universo de la creatividad
Fernando López
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28 de mayo de 2009  

El artista (Ídem, Argentina-Italia/2008, color; hablada en español). Dirección: Mariano Cohn y Gastón Duprat. Con Sergio Pangaro, Alberto Laiseca, Enrique Gagliese, Ana Laura Loza, Marcello Prayer, Andres Duprat, Horacio Gonzalez, León Ferrari, Rodolfo Fogwill. Guión: Andrés Duprat. Fotografía: Ricardo Monteoliva. Música: Diego Bliffeld. Edición: Santiago Ricco. Presenta Primer Plano. 92 minutos. Apta para todo público.

Nuestra opinión: muy buena

¿Una mirada burlona sobre el arte contemporáneo y sobre el coro de galeristas, críticos, curadores, mercaderes, coleccionistas, estudiosos y diletantes que se mueven a su alrededor? ¿Una invitación a reflexionar sobre la naturaleza misma del arte, o más precisamente, sobre las condiciones que definen a un artista? ¿Una indagación en busca de los secretos de la creatividad? ¿Un arriesgado experimento formal que aspira a componer una historia utilizando el mismo lenguaje (visual y verbal) característico del ambiente que retrata? Un poco de todo eso propone El artista , al mismo tiempo que traslada muy sutilmente al espectador los arduos interrogantes que se plantea. Sin solemnidad alguna, y generalmente con una sonrisa entre irónica y desencantada.

Es, en fin, un film desafiante en su lenguaje y en su construcción narrativa, deslumbrante en lo visual, original en su tono, y además, muy divertido para quien frecuenta o conoce el medio en que transcurre la historia. En suma, una obra a la que puede accederse por distintos niveles y que podrá impacientar por la aparente sensación de lentitud que impone su cámara estática, pero que en todos los casos resultará interesante. (Dicho esto a sabiendas de que el adjetivo -como el mismo film lo subraya- suele aplicarse de compromiso frente a obras demasiado herméticas o demasiado inconvincentes.)

Pincelada satírica

El cuento del enfermero de una clínica neuropsiquiátrica que hace pasar como suyos los cuadros de uno de sus pacientes y se convierte en el artista del momento proporciona los elementos necesarios para que Cohn y Duprat describan un ambiente que conocen bien (el excelente guionista Andrés Duprat, hermano de uno de los realizadores, tiene larga experiencia como curador y director de museos) y destapen sin caer en la fácil parodia, cuánta presunta erudición, cuánta trivialidad, cuántos discursos vacíos, fraudes y complicidades pueden colarse entre conceptualizaciones más rigurosas. La virtual mudez del artista verdadero (si lo es: sus obras jamás se ven) y la incapacidad del falsario para pronunciarse sobre algo que ignora favorecen el equívoco. La superficialidad reinante, signo de la actual decadencia cultural, hace el resto: pronto llegará la fama internacional.

Cohn y Duprat (y con ellos los artistas e intelectuales que los secundan: Sergio Laiseca y Alberto Laiseca, notables protagonistas; León Ferrari, Fogwill, Horacio González) se ríen de esa frivolidad al mismo tiempo que invitan a cada uno a cuestionar su propia noción de arte. A su vez, adoptan un novedoso estilo (planos fijos, imágenes de pulcra belleza, composiciones centralizadas, cuadros dentro del cuadro), admirablemente ajustado a una historia cuya quietud refuerza el efecto gracioso de cada pincelada satírica y que apenas flaquea en los tramos finales, cuando acusa alguna reiteración.

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