La adolescencia, en una sátira poco inspirada

Fernando López
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23 de septiembre de 2004  

"Chicas pesadas" ("Mean Girls", EE.UU./2004, hablada en inglés). Dirección: Mark Waters. Con Lindsay Lohan, Rachel McAdams, Tina Fey, Tim Meadows, Amy Poehler, Ana Gasteyer, Lacey Chabert, Lizzy Caplan, Daniel Franzese, Jonathan Bennett. Guión: Tina Fey, basado sobre el libro "Queen Bees and Wannabes", de Rosalind Wiseman. Fotografía: Daryn Okada. Música: Rolfe Kent. Edición: Wendy Greene Bricmont. Presentada por UIP. Duración: 94 minutos. Apta para todo público.

Nada más difícil de satirizar que un modelo convertido con los años en caricatura de sí mismo. Un ejemplo inmejorable es la televisión: cualquier parodia termina quedándose corta frente a la afiebrada fantasía con que la pantalla casera "renueva" y multiplica cada día su involuntario surrealismo. Algo parecido le sucede a la comedia estudiantil norteamericana que, de tanto buscar la aceptación de la platea joven repitiendo sus estereotipos y exagerando sus clásicas situaciones cómicas, ya viene con la caricatura incluida. Todo lo cual vuelve bastante vanos los esfuerzos de la guionista Tina Fey en "Chicas pesadas".

Sólo en algunos momentos se percibe que los típicos personajes de una escuela secundaria de ficción han querido ser dibujados con burlón trazo grueso y que un subrayado no muy sutil busca ridiculizar los lugares comunes del "género". Pero, por lo general, la parodia se desvanece porque no hay cómo diferenciar la caricatura del original: los dos son igualmente insípidos. Y todo empeora hacia el final, cuando el film abandona cualquier aspiración crítica, inventa un desenlace forzado y convencional y restablece la paz deslizando las consabidas moralejas sobre la necesidad de ser uno mismo y saber valorar una amistad sincera.

Los ingredientes son los de siempre, aunque aquí la atención está puesta sobre las chicas, porque el tema son las camarillas femeninas, los comadreos, las calumnias y otras intrigas que se utilizan con fines diversos, desde la conquista de un novio hasta la afirmación de la propia popularidad. Están las bellas presumidas y caprichosas, las maliciosas que desparraman chismes, las que roban novios, las que seducen profesores, las que persiguen al galán de turno o lo hacen sufrir con sus desplantes, las que se confunden en el montón y las que se diferencian porque eligen situarse en los márgenes y seguir sus propias modas. También está aquí la ingenua recién llegada -de Africa, para más datos- que nunca pisó una escuela y que, como cabe esperarse, sólo encuentra al principio hostilidad y rechazo.

Habituada a la jungla y a la convivencia con los animales, la novata descubrirá pronto que una escuela secundaria de Chicago puede albergar fieras bastante más temibles. Sin garras, pero con lenguas muy filosas y sin mayores escrúpulos. Por ejemplo, el trío de maliciosas Barbies que le abre los brazos quizá porque encuentra divertida su inocencia y su ignorancia de las cosas importantes de este mundo: la jerga grupal, la moda, los hits musicales, los artistas top.

En fin, lo que menos interesa es el enredo argumental -tan elemental como en cualquier comedia de este tipo-; ya se sabe que en pocas semanas, la protagonista aprenderá a difamar, mentir, traicionar y conspirar con tanta desenvoltura como sus compañeras y se meterá en problemas con otros amigos -un singular dúo formado por un gordito gay y una morocha "gótica"-, con sus profesores y hasta con el compañero del que se enamoró a primera vista.

El ingenio que asoma en unas pocas líneas de diálogo o los esporádicos apuntes socarrones sobre cerebros huecos que no siempre pertenecen a gente joven apenas alcanzan a hacer soportable esta comedia trivial en la que no faltan la comicidad vulgar ni las habituales groserías. Tampoco alcanza con el buen desempeño de las principales intérpretes, casi todas poco aprovechadas por un libro que se propuso una misión casi imposible.

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