La industria del cine afronta tiempos distintos

El titular del Instituto, José Miguel Onaindia, pide la autonomía del organismo para permanecer dos meses más en el cargo
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30 de diciembre de 2001  

La industria del cine no sabe aún quién será su máxima autoridad política en 2002 y corre el riesgo de quedar a la deriva. Siete días después de presentar su renuncia, el director del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, José Miguel Onaindia, torció en parte ese destino: aceptó permanecer en el cargo por sesenta días si su presencia favorece una transición ordenada y si obtiene la autonomía del organismo cuya conducción está a punto de abandonar.

Teresa de Solá, la nueva secretaria de Cultura y Medios, intentó convencerlo de que permaneciera en el cargo utilizando su habilidad personal (y, dicen sus interlocutores, un rasgo infrecuente en los funcionarios que acaban de acceder al poder: saber escuchar), después de conocer el apoyo casi unánime que la industria le concedió al funcionario. La secretaria atendió esos reclamos primero el miércoles y ya de manera formal el jueves, en una audiencia en la Casa de Gobierno. Ese mismo día, caciques de la producción y la dirección (entre otros, Octavio Getino, Silvio Fishbein y Nemesio Juárez) comenzaron a torcer la voluntad de Onaindia.

La adhesión había comenzado a cobrar forma en la noche del viernes 21, durante el velatorio de Roberto Miller, en la sede del Sindicato de la Industria Cinematográfica Argentina (SICA), en Juncal al 2000. Una muchedumbre dolida despidió al subdirector del instituto, que trabajó a destajo en favor de la industria y protegió especialmente a los realizadores independientes.

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Onaindia había presentado su dimisión el día anterior, atento a que los primeros escombros del estrepitoso derrumbe delarruista no dañaran su imagen personal. Más íntimamente, sintió que el cambio de autoridades no favorecería su capacidad de gestión. "No me da lo mismo", les confió a sus amigos en referencia al ascenso al poder del peronismo. En las murmuraciones de esa noche triste se escuchó la necesidad empecinada de retenerlo en el cargo.

Durante la semana, las mismas entidades que sostuvieron a Onaindia (DAC, SICA y la Asociación Argentina de Actores) jugaron aún más a fondo el ajedrez político. En Casa de Gobierno, el jueves soplaron al oído de la secretaria de Cultura los nombres de una serie de candidatos para ocupar la subdirección del instituto. "Sugerimos hombres del peronismo que están en sintonía con el nuevo gobierno y que fortalecerían su voluntad federalista", resumió uno de los asistentes a esas reuniones. En charlas informales, la gente de cine escuchó los mismos nombres que suelen salir a la palestra con las distintas vertientes del peronismo: Fernando Solanas, Leonardo Favio, Octavio Getino, Carlos Galletini.

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Se entiende esa preocupación de la industria. La muerte prematura de Miller dejaba al principal organismo cinematográfico en virtual acefalía, convirtiéndolo en un territorio fecundo para experimentos caprichosos e insensatos.

Los popes del cine siguieron dos razonamientos para explicar su respaldo a Onaindia. El primero subrayó la transparencia de una gestión ordenada, la predisposición al diálogo y el impulso que el cine argentino tuvo en el campo internacional. El segundo advirtió que un nuevo director demoraría meses en comprender el funcionamiento del instituto y sus problemas más urgentes. Entre éstos hay uno que obsesiona a los dirigentes del cine: la recuperación de los fondos genuinos provenientes de la recaudación, que durante el último menemismo y el delarruismo jamás llegaron en consonancia con el presupuesto.

"Recuperar esa autonomía es una prioridad de la industria", indicó Nemesio Juárez, presidente de Directores Argentinos Cinematográficos, en la media tarde del viernes. Palabras más, palabras menos, Onaindia impuso esa idea como una de las dos condiciones indispensables para extender su mandato por sesenta días. Si lo consiguiera, obtendría un triunfo personal y de la industria toda.

La otra condición es que Teresa Solá le asegure los fondos para cumplir con la realización del Festival Internacional de Mar del Plata, en marzo próximo. Desde luego, cualquier promesa de Solá deberá contar con el respaldo del Palacio de Hacienda, y habrá que aguardar los hechos para saber con qué fuerza contará la funcionaria en el gabinete nacional y qué lugar le concederá a la cultura el nuevo (y quizá transitorio) peronismo.

Si en las vísperas del Año Nuevo la secretaria no da una señal favorable, Onaindia cerrará cualquier negociación y se irá. Pero lo que esa salida estará insinuando, en el fondo, es aún más traumático para el cine. Estará diciéndonos que sus días futuros son por lo menos inciertos, y que a su presente venturoso puede sucederle un tiempo de oscuridad.

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