La locura necesaria para soñar

Anthony Quinn protagonizó una inolvidable versión cinematográfica
Fernando López
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24 de mayo de 2003  

Hay films que parecen nacidos para perdurar en la memoria del público, lo que no necesariamente tiene relación con sus virtudes artísticas, su dimensión poética o su originalidad. Son historias -o personajes, o atmósferas- que encuentran una secreta resonancia en el ánimo del espectador y entablan con él, desde el primer contacto, un vínculo entrañable, pura emoción.

Pueden ensayarse interpretaciones de ese fenómeno, pero suelen ser vanas: el misterio de los sentimientos sigue resultándonos inaccesible. Con "Zorba, el griego" fue así: amor a primera vista. Aquí y en casi todos los países donde ese descontrolado torbellino de vitalidad que parecía haber sido concebido a la medida exacta de Anthony Quinn irrumpió con su invitación a celebrar las delicias de la vida aun en medio del infortunio y la desolación.

Michael Cacoyannis, que por entonces (1964, después de "Stella" y "Electra") era reconocido como el cineasta griego por excelencia, había concebido el film como una suerte de homenaje al espíritu de su país tomando como inspiración la novela de Nikos Kazantzakis, pero sin ahorrar pintoresquismos ni desatender los coloridos rasgos folklóricos de mayor impacto turístico. Y había tenido la feliz idea de recurrir otra vez a Mikis Theodorakis, cuya música inspirada se hizo tanto o más famosa que el film mismo.

Tradiciones, paisajes, bailes, aire libre; las creencias primitivas de la gente rústica, el espíritu amigable de un campesino exuberante y alborotador. También la luz mediterránea (Walter Lassally obtuvo un Oscar por su fotografía) y la precisa ambientación (otro premio de la Academia) sumaron su aporte, lo mismo que el elenco entero. ¿Quién ha podido olvidar la máscara trágica de Irene Papas, aquella viuda lapidada según la ley ancestral? ¿Quién no recuerda la singular escena del baile mediante el cual Zorba-Quinn inicia al recién llegado Alan Bates en el arte de practicar la danza como una expresión de júbilo o de tristeza y en la sabiduría de entender la muerte sin temores, como natural desenlace de la vida? ¿Cómo no conservar en la memoria la patética y conmovedora figura de Lila Kedrova (Oscar número tres), esa desmedida e inolvidable Bubulina, despojada de todo en su lecho de muerte, menos del elocuente gesto de su alegría final?

Fue quizás esa infrecuente concurrencia de aciertos -suelen verificarse en esta rara especie que podría denominarse "de clásicos populares"- la que condujo al éxito, por encima de la relativa superficialidad del cuadro descriptivo y del ánimo complaciente que llevó a simplificar realidades y retratos. Y por sobre todo fue la "filosofía" optimista y contagiosa del imprevisible Zorba, sintetizada en aquella frase acuñada por él que sonaba como una necesaria lección de vida tanto a los oídos del tímido inglesito como a los de todos los seres anónimos que poblaban las plateas y se descubrían, de pronto, presos de sus pequeñeces y sus miedos: "Un hombre necesita un poco de locura..."

A "Zorba el griego" no se la admiró porque fuera una gran película. Se la quiso -se la sigue queriendo, aunque sea en el recuerdo- porque trae con ella una inyección de fe.

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