La magia de un film español que va de la tragedia a la comedia

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24 de enero de 2002  

"Lucía y el sexo" (España/2001). Guión y dirección: Julio Medem. Con Paz Vega, Tristán Ulloa, Najwa Nimri, Daniel Freyre, Elena Anaya, Silvia Llanos y Javier Cámara. Fotografía: Kiko de la Rica. Dirección de arte: Montse Sanz. Edición: Iván Aledo. Música: Alberto Iglesias. Producción de Sogecine presentada por Primer Plano Film Group. Duración: 127 minutos. Nuestra opinión: muy bueno.

En su anterior película -esa épica romántica que fue "Los amantes del círculo polar"- Julio Medem construyó la historia de una pasión imposible que terminaba en tragedia. Ahora, este talentoso director vasco arranca su quinto largometraje también en la tragedia -el drama de una joven que se enfrenta a la pérdida de su ex pareja y a una compleja crisis existencial- para luego recorrer el camino inverso y deconstruir un retrato psicológico cuyo desenlace el propio Medem calificó como "cálido y esperanzador".

Que el realizador de "Vacas", "La ardilla roja" y "Tierra" es uno de los autores más personales, líricos y arriesgados del cine europeo ya había quedado claro en sus otros trabajos. En "Lucía y el sexo" continúa y profundiza el aspecto surrealista y onírico de su cine, prosigue su exploración de la estructura del relato (en un juego pendular entre presente y pasado que termina en una circularidad casi perfecta) y lleva la sugerente atmósfera erótica de sus films previos al extremo de ubicar al sexo como combustible de los personajes y motor de la historia.

Lucía (la bella Paz Vega, una suerte de combinación entre Penélope Cruz y Salma Hayek) trabaja como camarera en un restaurante del centro de Madrid hasta que su precario equilibrio se desmorona por completo. Un flashback traslada la acción seis años atrás y describe una historia de amor loco con Lorenzo (Tristán Ulloa), un escritor que ha tenido un éxito significativo con su primera novela, pero que se enfrenta a un bloqueo mental que dilata su segundo trabajo.

Medem se centra en los apasionados juegos eróticos de la pareja, en los que conviven algunos momentos de gran profundidad psicológica, que remiten a "Ultimo tango en París", con otros pasajes bastante remanidos (los sendos strip-teases que se regalan mutuamente) que parecen más cercanos al estilo exhibicionista y estilizado de "Nueve semanas y media".

Pero aun con estos deslices y hasta con algunos lugares comunes a la hora de trabajar el paralelismo entre el derrumbe personal y la obra de un escritor angustiado por una crisis creativa, Medem saca a flote su película con su distintiva elegancia y creatividad formal que permiten transformar una pequeña isla del Mediterráneo, el sol abrasador, la luna llena, un faro o la espuma del mar en elementos de enorme carga poética.

La experimentación de Medem se extiende aquí a lo técnico, a partir de la utilización de una cámara digital de alta definición. Así, con la colaboración del fotógrafo Kiko de la Rica, consigue un abanico de imágenes muy diversas,capaces de transmitir las múltiples facetas -apocalípticas o pasionales- por las que atraviesa el relato.

Si bien la complejidad estructural de la narración puede abrumar a algún sector del público, ese exquisito manipulador que es Medem consigue una vez más transportar al espectador a un universo siempre cautivante, dominado por reglas propias y cargado de enigmas. La potencia dramática de "Lucía y el sexo" se regenera además con la aparición de Elena (otro brillante trabajo de Najwa Nimri), una ex amante del protagonista, y de otros dos personajes secundarios, como Belén (Elena Anaya) y Carlos (Daniel Freyre), que el guionista-director construye con una gran solvencia.

Es cierto que "Lucía y el sexo" no alcanza las alturas de una obra maestra como "Los amantes del círculo polar", pero con Medem estamos en presencia de uno de los escasos directores capaces de asegurar algo distinto: imágenes, situaciones, personajes que permiten creer en que la tan mentada magia del cine no es sólo una frase hueca y vaciada de contenido.

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