La política según Steven Spielberg

Gran candidata al Oscar, el film vuelve a demostrar la capacidad del cineasta para dar dimensión emocional a las ideas
Javier Porta Fouz
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3 de febrero de 2013  

La nueva película de Steven Spielberg lleva por título un apellido. El del decimosexto presidente de los Estados Unidos, el primero en llegar a ese cargo del por entonces nuevo Partido Republicano. Spielberg se acerca una vez más a la historia, o a la Historia. Ya hizo películas sobre la Segunda Guerra Mundial ( Rescatando al soldado Ryan, 1941, La lista de Schindler, El imperio del sol ) y sobre la Primera Guerra( Caballo de guerra ). Y ahora vuelve, en coincidencia con un director de estilo muy disímil como Quentin Tarantino, al tema de la esclavitud, que ya había tratado en Amistad . En realidad, la esclavitud no es el tema central de Lincoln . Si nos guiamos por el título, esta película podría hacer pensar en una biopic hecha y derecha, es decir, un film biográfico, desde el nacimiento y niñez del retratado. Pero Lincoln no es una biografía en ese sentido.

Lincoln cuenta los últimos meses de la vida de Abraham Lincoln, período crucial en los que asume su segundo mandato presidencial y logra que se apruebe la decimotercera enmienda constitucional, la que abolió la esclavitud. Y además termina la Guerra de Secesión. El asesinato de Lincoln fue el primer magnicidio de la historia de los Estados Unidos. Pero incluso si nos centramos en el período de tiempo que abarca el relato, lo que se cuenta es una historia política.

Es una lucha de argumentaciones, influencias y presiones que Lincoln coordina y manipula con determinación, pero que no siempre lo tienen visible en el lugar central de la acción. Y no es ésta una película que construya un personaje unidimensional, Spielberg no intenta sacarle aún más lustre al bronce ni hacer un film-monumento. Los monumentos a Lincoln ya existen y el de Washington DC es lo suficientemente gigante e imponente. Spielberg, inteligente, no juega al homenaje. En su Lincoln -basada parcialmente en el libro Team of Rivals: The Political Genius of Abraham Lincoln de Doris Kearns Goodwin- el gran director despliega, con otros objetivos, su arte, ese que alguna vez Pauline Kael describió, en ocasión de Tiburón , como el que podría haber logrado Serguei Eisenstein si no se hubiera intelectualizado de más o si se hubiera rendido al niño burgués que había en él. Y al desplegar su arte, este Spielberg experimentado logra una película de especial complejidad y riqueza: su Lincoln sigue reverberando varios días después de ser vista.

Empatía y emoción

Las negociaciones políticas para lograr los votos necesarios para la aprobación de la decimotercera enmienda, comandadas "en el campo" por W.N. Bilbo (James Spader en una actuación festiva y que lo debería devolver a la primera línea de Hollywood), están muy lejos de ser inobjetables. Sí, hay trabajo argumentativo y sobre las convicciones y hasta los sentimientos genuinos, pero las presiones directas, las dádivas y las diversas promesas no del todo honorables no escasean. Esto es política, dice Lincoln la película. Y esto es cine, dice el toque Spielberg: cuando ya se presentaron muchos actores de este drama histórico, cuando pensamos que estamos viendo nada más que una crónica que acumula hechos históricos bien contados y comprensibles, cuando se estableció un nivel narrativo estable, llegan esas secuencias en las que la combinación de personajes fuertes + suspenso + clasicismo + música de John Williams + grandeza nos provocan esa tensión basada en la empatía con algún personaje o con alguna causa. Y sentimos que estamos otra vez en el juego del director de Los cazadores del arca perdida , un juego que conocemos, pero que no sabemos cuándo nos impactará de lleno, con todo el alcance emocional de que es capaz una historia en la que se juegan ideas de tremenda importancia histórica. Sin embargo, Spielberg siempre ha sido un cineasta con la capacidad de presentar ideas que fueran más allá de las peripecias específicas de sus relatos. El tiburón de Tiburón era también el Mal (y también en Tiburón , como en Lincoln , se presentaba la unión de hombres en conflicto ideológico para una causa en común). El Ray Ferrier de Tom Cruise de La guerra de los mundos representaba a un héroe de la clase trabajadora y su final era el de John Wayne en Más corazón que odio de John Ford. Y en Lincoln , cuando vemos que se llega a los resultados buscados por "los buenos" de la película -los comandados por el presidente- la presentación de los mecanismos políticos hecha por Spielberg también funciona como la descripción de cualquier tipo de lobby, que puede usarse para objetivos mucho menos nobles que la abolición de la esclavitud. Como toda buena película histórica, Lincoln se refiere también al presente. O, mejor aún, puede leerse desde el presente.

Lincoln y Django sin cadenas transcurren en épocas cercanas (una al final de la Guerra Civil, otra poco antes de su comienzo) y además del tema de la esclavitud y de ser películas con predominio casi absoluto de personajes masculinos tienen algo más en común, a pesar de sus enormes diferencias estéticas: ambas resuenan especialmente con Barack Obama como presidente. En Lincoln , las referencias a que en un futuro los negros podrían lograr el voto nos ligan con las consecuencias actuales de las luchas de Lincoln y sus colaboradores. Pero hay algo más: Lincoln , que trata sobre los primeros meses del segundo mandato de ese presidente crucial, se estrenó en Estados Unidos en noviembre del año pasado, poco antes de que Obama, otro presidente crucial, iniciara su segundo mandato. Como dijo J. Hoberman en su artículo "Cinema Obamarama" publicado en la revista neoyorquina Film Comment: "El anhelo de Obama (o de «un Obama») es anterior a Obama".

El magnicidio, en una ficción

Nat Geo prepara su primera producción de ficción, que contará con la dirección de Ridley Scott y la narración de Tom Hanks. En el telefilm ¿Quién mató a Lincoln?, que se estrenará en nuestro país el 3 de marzo próximo, Billy Campbell será el mandatario y Jesse Johnson su asesino, John Wilkes Booth.

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