Las carencias que cubre "Matrix"

Sin ideas a mano, el público busca en el cine mundos paralelos con épica y emoción
Pablo Sirvén
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25 de mayo de 2003  

La idea es la madre de todas las batallas. Es el combustible de la existencia. Es más fuerte que la realidad misma, a la que predetermina y moldea a su gusto. La idea es Dios.

El pensamiento en estado puro al ejecutarse se vuelve imperfecto y toma atajos inesperados que lo hacen perder grandeza. Se burocratiza, degradándose en hechos vulgares y repetitivos; como un escape de energía no controlada que traiciona la idea original.

En un mundo y en una época cada vez más pródigos en realidades paralelas y virtuales, la cultura "Matrix" masifica, con packaging impactante, divertido y marketinero, las mismas preguntas que, con matices, vienen haciéndose filósofos y profetas desde el comienzo de los tiempos: ¿quiénes somos, para qué y con qué sentido? ¿qué es este fugaz destello de luz existencial que se nos concede en medio de dos inmensas y eternas oscuridades?

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No hay más que mirar a nuestro alrededor y comprobar, aquí o en cualquier otro lugar del mundo, que las ideas declinan en sus manifestaciones más diversas: las religiones fundacionales experimentan síntomas preocupantes de fosilización, tanto en Oriente como en Occidente, y ceden sus lugares a sectas y formaciones que parecen souvenirs grotescos de aquéllas. Las grandes ideologías que forjaron tantos inspirados padres de la patria en distintos países son ahora tumbas vacías y saqueadas por chapuceros y analfabetos de principios que funcionan apenas con slogans precarios y camaleónicos ni siquiera propios, sino prestados por agencias de publicidad que trabajan al mejor postor.

Si lo espiritual y lo político están en crisis, qué decir de lo artístico: las estéticas que durante siglos llevaron adelante escritores, músicos y plásticos inmensos hoy se reducen subalternizadas por la moda y la TV en espacios microscópicos y decorativos, sujetas a los caprichos histéricos y volubles de un mercado embrutecido y desasosegado.

Como un dinero envilecido que funciona sin su correspondiente respaldo monetario generando caos económico, los hechos por sí solos y ciegos de entendimiento por no contar con un soporte potente de ideas sólidas y persistentes tienden a derrapar en peligrosas inconsistencias, en zigzagueos constantes al borde del abismo.

Desde que el hombre apareció sobre la Tierra la idea de saber qué se esconde detrás de la muerte -sea nada o algo- lo obsesiona. Pero hoy, ante la imparable extinción de idearios espirituales, políticos y artísticos, cada vez nos resulta más difícil contestarnos una pregunta mucho más urgente: ¿qué se esconde detrás de la vida personal de cada uno de nosotros?

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La fascinación que "Matrix" ejerce sobre los públicos occidentales es comparable a la que experimentaría un sediento si en medio de un desierto implacable se topara con una cantimplora llena de agua. Es tal el aburrimiento, el hastío y el sinsentido de los hechos que envuelven nuestra vida diaria, sin un correlato de ideas que lo sostengan, que en cuanto el cine nos propone por un rato fugarnos hacia un mundo paralelo, épico y mitológico, con mínimos apuntes filosóficos -eso sí, convenientemente aligerados por toda una parafernalia de efectos especiales y ritmo acelerado- allí vamos con la poca excitación que nos queda, a bebérnoslo de un trago.

Nótese que, con matices, algo similar viene sucediendo con las sagas de "El señor de los anillos", "Harry Potter" y hasta con "X-men". Si el mundo real ya no nos depara ni emociones ni rumbos claros, suerte que de tanto en tanto podemos refugiarnos en hobbits y elfos, en magos y mutantes y en elegidos que, como en "Matrix", pretenden liberarnos a los humanos del feroz dominio de las máquinas.

Abigarrada, operística, grandilocuente, repleta de códigos y auras místicas, esta nueva generación de entretenimientos audiovisuales (verdaderas plataformas múltiples que, al mismo tiempo, venden un sinfín de productos) cumple, de alguna manera, y paradójicamente, la parábola de "Matrix": nos sustrae del mundo real y nos mete de cabeza dentro de sus poderosos relatos, presentándolos como ámbitos más acogedores y atrayentes.

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Pero toda obra humana colosal -y "Matrix" parece serlo, a juzgar por todos los apasionados comentarios que suscita, la impresionante facturación que viene logrando en todo el mundo y el previsible récord de concurrencia que ya está marcando este primer fin de semana de exhibición en los cines argentinos- tiene incorporado un sabio dispositivo de fatiga para que el público, una vez saciado, pueda desprenderse de ella y atender otras.

El despliegue de tecnología en impactos de este segundo film es tan apabullante -debería tomarse su título, "Matrix: recargado", como una verdadera advertencia al respecto- que disimula un tanto lo que ya ha comenzado a ocurrir: argumentalmente, la primera "Matrix" fue mucho más potente. ¿Qué pasará con la tercera -"Matrix: revoluciones"-, que tiene previsto su estreno para noviembre?

Aquí también sucede algo curioso: ciertamente la ejecución óptima de una idea en el mundo real requiere determinada tecnología, pero si ésta se vuelve apabullante y desmedidamente protagónica puede asfixiarla o relegarla de a poco a un segundo plano donde, indefectiblemente, languidecerá por más efectos especiales que intenten sostenerla.

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Increíblemente, Charles Chaplin, a 25 años de su muerte y a nada menos que 67 del estreno de su film "Tiempos modernos", demuestra una vez más que no hay efecto especial por asombroso que sea que pueda derrotar a una buena idea, por lo tanto, simple y más poderosa al mismo tiempo cuanto menos artificios la envuelvan.

Es un reconocimiento oportuno y feliz que tras la exhibición de 800 films en el mercado y en el Festival de Cannes en esta última semana y media -donde "Matrix: recargado" volvió a brillar con el plus de la presencia de sus actores principales- se haya elegido, precisamente, este título del gran Carlitos para cerrar mañana la principal muestra cinematográfica mundial del año.

Allí Chaplin, en un film en blanco y negro, casi mudo, asistido por una tecnología rudimentaria, advertía con sensibilidad, inteligencia y, por supuesto, gracia de qué se trataba Hitler, cómo era el mundo automatizado que se venía y otras cuestiones que el futuro nos depararía a las generaciones actuales. Todavía no funcionaban los campos de concentración, no había estallado la Segunda Guerra Mundial y tanto la carrera espacial como la informática y el mundo globalizado sólo eran parte de aisladas ficciones literarias.

Chaplin generaba ideas a granel y con ellas no sólo entendía y daba cuenta lúcidamente del mundo que lo rodeaba y del que estaba por venir, sino que pudo superar la barrera del tiempo y llegar hasta nosotros sin perder vigencia y frescura.

Después de todo, pensar y sentir intensamente, para actuar en consecuencia, de eso se trata la vida.

Carlitos y la modernidad

Mientras "Matrix: recargado" arrasa las taquillas del mundo con su pesimista y sofisticada fábula futurista, Charles Chaplin demuestra vigencia y frescura 67 años después en el Festival de Cannes, que mañana cerrará con la proyección de "Tiempos modernos", una parábola anticipatoria sobre los males del siglo XX.

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