Magia y candor en una noche de luna

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23 de agosto de 2001  

"Brillo de luna" ("Luna Papa", 1999). Dirección: Bakhtiar Khudo Jnazarov. Con Chulpan Khamatova, Moritz Bleibtreu y Ato Mukhamedshanov. Guión: Irakli Kwirikadze. Fotografía: Martin Gschlacht, Dusan Joksimovic, Rostislav Pirumov y Rali Ralchev. Música: Daler Nasarov. Presentada por Alfa Films. Duración: 107 minutos. Para mayores de 13 años.

Nuestra opinión: buena.

En un pequeño pueblo cercano a Samarkanda una joven, Mamlakat, sueña con convertirse en actriz. Ella imagina un mundo pleno de belleza y felicidad muy lejos de ese lugar natal que la asfixia cotidianamente con su monotonía.

Una noche de luna llena ella es seducida por un misterioso extranjero que dice ser amigo de Tom Cruise. El hombre pasa como una sombra por el poblado y desaparece sin dejar rastros. Pero ha dejado su huella en la muchacha: la huella de un hijo por venir y la ilusión de tiempos mejores.

El padre y el hermano de Mamlakat desean recuperar el honor de la familia, y con la joven deciden hallar al culpable. A partir de aquí, el film se interna en un viaje fantástico a través de los salvajes paisajes del Asia Central en los que la tradición y la superstición se estrelazan con el mundo moderno.

Con capitales de Alemania, Austria, Rusia, Suiza, Francia y Tadjikistán, el director tadjikés Bakhiyar Khundojnazarov elaboró una historia que juega entre la realidad y la fantasía, se detiene a veces en un humor sombrío y recala en el hondo dramatismo.

Por momentos, el guión pierde su naturalidad y vacila en su propósito poético en medio de lecturas y sublecturas, pero el relato resalta la lucha de la protagonista para hallar la felicidad y un futuro para su hijo por nacer.

Fábula con amor

El realizador apuntó en un reportaje que "Brillo de luna" trata, fundamentalmente, del amor. Y no se equivocó. La anécdota se ampara en ese sentimiento, lo acuna y lo proteje, y deja transcurrir su metraje entre pinceladas pintorescas y agónicos estertores.

En medio de diálogos que se apoyan en idiomas tan disímiles como el ruso, el tadjikés-farsi, el uzbeki, el inglés, el francés y el alemán, la anécdota hilvana y deshilvana las venturas y las desventuras de Mamlakat en su búsqueda del padre lejano, hasta llegar a un final casi surrealista, que ata la tragedia con la comedia.

Un toro que cae en el mar Caspio desde un avión y hunde un pequeño barco pesquero sirve de metáfora a la angustia de esos personajes que desean mantenerse aferrados a sus más ancestrales tradiciones.

La fábula -el film no es ni más ni menos que eso- deslumbra a veces por su originalidad y por su mensaje de paz y de comprensión. Y, mucho más allá de ciertos acordes monótonos, apunta a la sinceridad y al mágico candor.

El elenco expresa elocuencia en cada uno de sus intérpretes, aunque sobresale el excelente trabajo de Chulpan Khamatova como esa muchacha provinciana con sueños quiméricos. Los rubros técnicos son otros puntos destacados en esta atípica producción que traslada al espectador a confines distantes y les permite avizorar una problemática universal.

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