Mañana se estrena el nuevo film de Lecchi

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28 de mayo de 2003  

Todo exhala un perfume latinoamericanista que la hace al mismo tiempo cercana y misteriosamente mágica. "El juego de Arcibel" -la película de Alberto Lecchi que se estrena mañana, protagonizada por los argentinos Darío Grandinetti y Diego Torres, los españoles Juan Echanove, Juan Diego y Rebeca Cobos, los cubanos Vladimir Cruz y Enrique Quiñones, y el chileno Alejandro Trejo-, desde su mismo nombre remite a las transformaciones sociales paralelas que operan como denominador común en este confín del mundo.

Arcibel es el comentarista de ajedrez del diario de Miranda, el país imaginario del cual el coronel Abalorios es la máxima autoridad. Por una trasposición fotográfica de la que ni siquiera está enterado, al joven periodista lo condenan a permanecer en prisión por tiempo indefinido. Arcibel pasará más de la mitad de su vida encerrado. Al comienzo, empleará el ajedrez como único vínculo con la realidad. Pero después inventará un juego que revolucionará -en más de un sentido- aquel país.

Además del riesgo que implica narrar en términos cinematográficos tres décadas en una cárcel, el director Alberto Lecchi fue el artífice de las transformaciones físicas de Darío Grandinetti, el Arcibel de un relato que orilla el realismo mágico que en los sesenta explotó en la literatura como género común a los americanos.

Horas de trabajo

"El maquillaje para hacer de un hombre de 70 años llevaba entre tres y cuatro horas de trabajo, porque me colocaban máscaras de látex, peluca y otros materiales -evoca Grandinetti, como una de las aristas salientes en su caracterización-. Para la etapa intermedia, en la que también había cierto trabajo de maquillaje y otra peluca, la tarea llevaba algo más de dos horas. La personificación más rápida para realizar fue la del personaje más joven, que demandaba cerca de una hora y media."

Impresiona ver a Grandinetti atravesando el paso de los años. El sostiene que se conectó con el papel sin apelar al recuerdo de sus mayores. Pero rescata un par de episodios notables. "Un día yo estaba caracterizado y llegó mi hermana a la filmación. Entró a la sala de maquillaje, miró alrededor y se fue. Yo la llamé, volvió, y recién ahí se dio cuenta de que era yo: se quedó bastante impresionada. Algunos amigos también me dijeron que no me habían reconocido en el afiche promocional de la película. Y está bien que ocurra así", celebra el protagonista.

Pero las distintas caras de Arcibel no es lo único que llama la atención de este largometraje. También se advierte la transformación histriónica de Diego Torres, quien compone a Pablo, un delincuente común que cae preso y comparte la celda con Arcibel. Del contraste entre el hombre maduro, culto y reconcentrado, y el joven semianalfabeto, ordinario y extrovertido, ambos personajes se enriquecerán. Y de la misma manera que Palacios (Juan Diego) se erige en tutor de Arcibel cuando éste ingresa a la prisión, será Arcibel quien conduzca los primeros azarosos pasos de Pablo. Hasta que éste alcance el vuelo suficiente como para crecer solo. Para ese entonces, un juego de mesa (en realidad, inventado sobre la piedra) servirá como metáfora para entender mejor la situación política. Y será Pablo el que mejor interprete lo que ocurre de las rejas hacia fuera.

"La película habla, entre otras cuestiones, de cómo las postas se pueden pasar a lo largo del tiempo y servir. De cómo pueden ser útiles para que se conviertan en realidad ciertas esperanzas y sueños. Y de la resistencia. Para cualquier país latinoamericano que pueda sentirse identificado con el lugar imaginario donde transcurre el film, treinta años no es nada. Claro que en la vida de un hombre, ese tiempo es una enormidad. A más de veinte años del fin de la dictadura, seguimos sufriendo sus consecuencias. Habría otros políticos si no hubiera habido tantos desaparecidos y muertos, y exiliados, y conversos, y asustados, y arrepentidos. El trabajo que hicieron aquéllos sigue dando sus frutos. Y no es solamente acá, sino en toda América latina. De esto también habla, en cierto modo, la película", concluye Grandinetti, describiendo -por si hiciese falta- hacia dónde apunta el juego que da nombre al largometraje.

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