Morgan Freeman o la serena autoridad

Fernando López
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14 de junio de 2011  

"Me gusta ser ecléctico; cuanto más variados sean los papeles, mejor" –dice Morgan Freeman, aunque reconoce que cada vez se le está volviendo más difícil disponer de tanta libertad de elección. "Me han ido arrastrando hacia el molde del buen tipo, y ahora eso ya casi está más allá de mi control", admite. Pero la responsabilidad también es suya: o bien porque ha puesto tanta convicción en sus actuaciones que se le terminan adjudicando los rasgos de los personajes que interpreta, o bien porque uno sospecha que, en el fondo, Freeman es bastante parecido a como uno lo ha visto tantas veces en la pantalla –afable, honesto, sin dobleces–, y que es suya esa serena autoridad que exhibe siempre, cuando encarna a un simple chofer, a un condenado a cadena perpetua, a Nelson Mandela o al mismísimo Dios.

"Freeman es un patrimonio norteamericano", proclamó Howard Stringer, presidente del American Film Institute, cuando la entidad le entregó la semana última su premio a la trayectoria, una distinción que sólo otros treinta y ocho actores y directores (entre ellos, apenas seis mujeres) recibieron desde que John Ford inauguró la lista, en 1973. Sólo otro afronorteamericano, Sidney Poitier, lo precedió en el galardón, y él también estuvo en la fiesta, donde se reunió un elenco de estrellas fans, digno de una superproducción: Clint Eastwood, Helen Mirren, Samuel L. Jackson, Tim Robbins, Forrest Whitaker, Matthew McConaughey, Cuba Gooding Jr., entre muchos otros, señal de que Freeman se ha hecho querer tanto entre sus colegas como entre el público.

Nominado al Oscar cinco veces (la última, por su personificación de Mandela en Invictus), y ganador como mejor actor de reparto en 2004 por Million Dollar Baby, Freeman hizo su debut como actor a los 9 años, en un espectáculo escolar. No habrán pasado allí inadvertidas sus dotes actorales, pero por entonces (y por mucho tiempo más) él soñaría con pilotear bombarderos, de modo que cuando finalizó sus estudios ingresó en la fuerza aérea. Durante cuatro años se desempeñó no como piloto, sino como mecánico y técnico de radares, hasta que en 1959 (cuando tenía 22 años) dejó el uniforme y empezó a probar suerte como actor. El teatro y la televisión le permitieron foguearse en el oficio y pagar sus cursos de arte escénico. Paciencia y tenacidad (además de la versatilidad que se le conoce) le fueron necesarias para edificar una carrera sólida y aguardar la gran oportunidad. Y ésta llegó en 1987 bajo el aspecto del delincuente neoyorquino de Un periodista astuto (Street Smart), con el que obtuvo su primera candidatura al Oscar.

Poco después, vino la consagración definitiva con Conduciendo a Miss Daisy y una seguidilla de personajes que supo hacer inolvidables: Los imperdonables, Sueños de libertad, Pecados capitales, Million Dollar Baby…

Su voz profunda, a veces imponente, explica por sí misma por qué se ha vuelto indispensable cuando Hollywood necesita un relator, como en La marcha de los pingüinos, o en la versión de Spielberg de La guerra de los mundos. Esa voz también ayuda a entender por qué dos veces –en Todopoderoso y El regreso del Todopoderoso– le fue confiado representar a Dios.

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