Nueva película nacional

María Victoria Menis concluyó el rodaje de "El cielito", su segundo largometraje
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10 de mayo de 2003  

EL TALA (provincia de Buenos Aires).- "Habrían hallado a otro menor desaparecido." Este era el título de la nota que se publicó en LA NACION en octubre de 2001 y que conmovió a la directora de cine María Victoria Menis al punto de inspirarla para crear el guión de su segundo largometraje.

"Arregui, la noticia del día", protagonizada por Enrique Pinti y la española Carmen Maura, fue su opera prima. Una comedia que contaba la desaparición de un padre de familia luego de que le diagnosticaron sida por error. "Ahora creo que me puse más trágica", explica María Victoria en una vieja y humilde casa de campo de la ciudad de El Tala, a ocho kilómetros de San Pedro, donde acaba de finalizar el rodaje de "El cielito", su segundo film.

Aquel artículo contaba la aparición de un menor que la organización Missing Children y la Red Solidaria habían estado buscando durante varios meses. El bebe había desaparecido de una casilla cerca de la ciudad santafecina de San Lorenzo, en la que el padre lo había dejado a cargo de un joven que, en ese entonces, vivía con él y su mujer. El muchacho se lo habría llevado por supuestos maltratos y al caer preso luego de un encuentro con la policía pidió que lo fueran a buscar. "Que en lo primero que pensara apenas lo arrestaron fuera en el bebe, que no era su hijo ni su hermano, me movilizó muchísimo y me hizo pensar en los menores de este país, en su desprotección y el desarraigo del que son víctimas", cuenta Menis.

Así es que nacen los personajes que componen el universo de "El cielito": Félix, el chico que se lleva al bebe, personificado por Leonardo Ramírez. Mercedes, la mamá del niño, interpretada por Mónica Lairana, Roberto, el papá, por Darío Levy, y en el rol de Chango el integrante más joven del equipo, Rodrigo, de diez meses.

Cámara

Es el mediodía y el equipo de filmación está almorzando. Sentadas a lo largo de una mesa, 34 personas comparten un asado y la escena parece la de un domingo en familia. Actores, técnicos, vestuaristas, asistentes de dirección y producción bromean en un clima distendido. Al ver que llega alguien que no está en la filmación le piden noticias sobre el mundo exterior. "Los días son muy intensos. No hay presupuesto para retrasarnos un minuto y no hay tiempo para leer el diario", cuenta Gabriela Schmid, jefa de producción. A la media hora, Natalia, la asistente de dirección, es la primera en levantarse, lo que da por terminado el almuerzo. De a poco, el clima distendido se irá perdiendo para dejar paso al ritmo enloquecido del trabajo contra reloj.

La ciudad en el campo

No hay ruidos urbanos, pero el frenesí de la ciudad parece haberse trasladado hasta este pequeño campo a dos horas de la ciudad de Buenos Aires. Corren, van, vienen, hablan por el handy, llevan y traen paneles de iluminación, ropa, cables, micrófonos. La directora está sentada con uno de los actores discutiendo la próxima escena y por delante de ellos pasa el sonidista transportando su equipo en un carrito como de cafetero con una sombrilla que lo protege del sol. Todo queda preparado para iniciar las primeras tomas de la tarde.

María Victoria se sienta frente a la pequeña pantalla que monitorea lo que filmará. Detrás del ojo de la cámara está el director de fotografía, Marcelo Iaccarino, que da indicaciones para componer el cuadro que hará a la toma. "En este trabajo le doy mucha importancia a la fotografía. Marcelo y yo trabajamos a la par", explica Menis, sin despegar la mirada del monitor.

La historia gira en torno del personaje de Félix, de 24 años, y su relación con Chango. La cámara aún no se enciende y Leandro todavía no se transformó en Félix. En sus rodillas no está Rodrigo, sino un muñeco bebe. "Los primeros días fue difícil trabajar con Rodrigo. El se ponía muy molesto y era imposible avanzar. Ahora ya aprendimos. Ya sabemos que tiene que dormir y comer y todo va bien. Nos entendemos bárbaro", cuenta "Leo" antes de que la directora grite: "¡Acción!" Alguien pide silencio, la cámara se enciende y Menis da indicaciones a los actores: "Leo, mirá al nene con mucho placer, así, miralo. Mónica, vos cortá la comida, cortala, Mónica, cortá". Pero ella nunca pudo hacerlo porque estaba intentando no atragantarse con el pedazo de carne que tenía en la boca. Antes del minuto se escucha el grito de "corte", seguido de un "muy bien chicos, muy bien", y Mónica, con ayuda de un vaso de agua, pudo tragar la comida.

Imágenes quietas

No hay grúas, no hay rieles, no hay zoom. La cámara está fija y las tomas son cortas. "Con esta estética lo que intento mostrar es el estatismo del campo. Pero un estatismo que no significa tranquilidad. No es la pradera de la familia Ingalls, sino un campo degradado por la civilización y decadente por la crisis del país", explica Menis, en los pocos minutos que tiene entre toma y toma. Todos los personajes son víctimas de esta situación, pero quizás el más damnificado sea Roberto: "Tiene conductas anómalas por una cuestión circunstancial", explica Darío, de ojos claros y poco pelo en la cabeza. "Es el más urbano. Es lo contrario de lo que se piensa de alguien que vive en el campo: no se autoabastece ni vive de su producción. Roberto sale a trabajar de pintor y todo le sale mal", cuenta aún tranquilo porque faltan varias tomas para la suya.

La filmación se trasladó ahora dentro de la casa abandonada que acondicionaron para la película. "Tengo la esperanza de sentirme más actor en las escenas de interiores", dice Darío, que recientemente trabajó con Pablo Trapero en "El bonaerense". "Es muy diferente el trabajo con Menis", cuenta Darío. "Trapero daba más lugar para la improvisación. Acá me siento un poco más restringido para actuar. Siguen el guión al pie de la letra y si proponemos una escena se descarta porque ella ya tiene la película en la cabeza." Y ésa no es la única diferencia que encuentra entre las dos formas de producción: "Pablo hacía tomas de casi diez minutos con cámara en mano, y eso te permite saber cómo va la película. Acá está todo fragmentado. Me intriga mucho saber qué es lo que estamos haciendo", concluye Levy.

Cae la noche

No hay interrupción para tomar el té. La hora hasta que los técnicos están alquilados se acerca. Todos siguen trabajando mientras muerden panes con dulce de leche y manteca y beben algo de café. Si antes estaban apurados, ahora están a mil. Un auto atraviesa la tranquera y comienza a avanzar hacia la casa en el medio de la toma. Alguien corre para detenerlo sacudiendo los brazos. No se puede parar de filmar. Las sombras son cada vez más largas. Se acerca la noche, y con ella, los mosquitos. Se escuchan gritos que piden repelente. Faltan tres escenas, faltan dos, una. Sólo unos segundos más. "¡Corte!" Y la jornada terminó, casi a horario.

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