
Las grandes películas “de romanos” de los 50 y los 60 fueron concebidas para competir con el avance de la TV; con el dominio del streaming convertido en realidad, la industria decidió actualizarlas con el rostro de los cotizados Paul Mescal y Pedro Pascal
El jueves 14 se estrena en la Argentina Gladiador II, continuación del éxito y múltiple ganador del Oscar de 2001, aquel que casi -casi- le da el premio de dirección a Ridley Scott, director de grandes clásicos -ahí están sus primeras películas, Los duelistas, Alien y Blade Runner- pero al que no se le da. Aquella vez, bajo producción de Steven Spielberg, el hombre tuvo todas las de ganar, pero el premio se lo llevó Steven Soderbergh por Traffic. De todos modos, el que salió triunfador fue Russell Crowe por interpretar a Maximus Decimus Meridius, comandante de las tropas del norte, general de las legiones Félix, leal servidor del verdadero emperador, Marco Aurelio; padre de un hijo asesinado, marido de una mujer asesinada, y que alcanzaría su venganza. Para quien no la haya visto (el público, se sabe, siempre se renueva; la película está disponible en Prime Video) no diremos si fue en esa vida o en la otra. Por lo menos sí sabemos que el nombre de la película tuvo otra vida y ahí está, pronto a estrenarse. Veremos. Por lo pronto, es buen momento para recordar que Gladiador despertó un fugaz pero intenso interés por las togas y los gladios, que habían formado parte intensa del paisaje cinematográfico en los años 50 y 60. Gladiador era, en última instancia, el aggiornamiento de aquellos peplum que fueron tanto películas de enorme presupuesto -incluso con múltiples Oscar- como baratas producciones clase B que reciclaban escenografías y vestuarios. Como todo, aquella época imperial del cine tiene su explicación.

