Psicología elemental como sostén de un guión que peca de ingenuo

Fernando López
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27 de junio de 2002  

"Secretos ocultos" ("The Unsaid", EE.UU./2001, color). Dirección: Tom McLoughlin. Con Andy Garcia, Teri Polo, Vincent Kartheiser, Linda Cardellini, Sam Bottoms, August Schellenberg, Chelsea Field, Trevor Blum. Guión: Miguel Tejada Flores y Scott Williams, sobre una historia de Christopher Murphey. Fotografía: Lloyd Ahern II. Música: Don Davis. Presentada por NuVision. Duración: 111 minutos. Sólo apta para mayores de 16 años, con reservas.

Nuestra opinión: regular.

Que hay un secreto se sabe desde el principio, y no sólo por el título local sino porque en el breve prólogo que abre el film hay alguien que previene: "Si repites lo que acabo de contarte, lo negaré, como lo he hecho siempre hasta ahora". Habrá que esperar hasta poco antes del final para poder saber qué oscura confesión precedió a la advertencia, pero en cambio no pasarán muchos minutos antes de que quede bien expuesto que otra vez se ha recurrido a la psicología como soporte del thriller y también que se trata de una psicología de manual, de esas que reducen todo a la correspondencia directa entre causas y efectos, de complejos de culpa y traumas infantiles a trastornos de conducta y violencias descontroladas.

La incógnita y los inextricables procesos mentales han sido la materia prima con que Tom McLaughlin intentó alimentar la intriga sobre la base de un guión más o menos bien construido pero no libre de lugares comunes e ingenuidades varias. Y lo logra en parte, por lo menos en los primeros tramos, cuando presenta a los dos personajes que sostendrán el juego dramático. Uno es Michael Hunter, eminente psicólogo que se ha apartado de las aulas y de los consultorios y se ha refugiado en el estudio tras sufrir el golpe de la trágica muerte de un hijo y su consecuencia directa: la disolución de su familia; el otro, el problemático paciente que lo hará volver a la práctica de la profesión, un adolescente que está a punto de recuperar la libertad y dejar el orfanato en el que pasó la mayor parte de su vida, siempre y cuando los peritajes psicológicos establezcan que ha superado los terribles episodios que padeció en la infancia.

Fantasmas del pasado

El chico -al que Vincent Kartheiser dota de un aire ambiguo a veces excesivo- tiene la misma edad del hijo que el profesional ha perdido; ha llegado la hora, pues, de que se agiten en el hombre todos los fantasmas de la culpa mientras al mismo tiempo procura descifrar el verdadero estado de ánimo de su paciente. Todo se complica un poco cuando el muchacho empieza a mostrar la hilacha de su compleja personalidad y mucho más cuando la hija del doctor Hunter se mete en el medio de la relación entre su padre y el adolescente. El sexo, como puede suponerse, ha tenido bastante que ver con todo lo no dicho a que se refiere el título original. Hasta ahí, aun con las mañas típicas del género, el relato se sigue con cierto interés, sobre todo porque esta vez la apagada expresividad de Andy Garcia (también productor) conviene al personaje y porque el director McLoughlin se las arregla para administrar la intriga y dotar de alguna consistencia a los personajes centrales. Pero casi todo se disgrega y se satura de clisés a medida que el film se aproxima a la necesaria explicación final y la música insiste en su empeño de recargar la atmósfera anticipándose a cada clímax y eliminando cualquier margen de sorpresa.

Es, en fin, uno de esos productos rutinarios que sólo se revalorizan un poco cuando llegan a la TV y sirven para disipar el tedio de alguna noche de entre casa.

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