Rostros y momentos difíciles de olvidar

Fernando López
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22 de diciembre de 2009  

Ahora que la tradición y el calendario informan que ha llegado la hora de hacer balances, es necesario someterse al ritual de las benditas listas, esas por las que los norteamericanos muestran una pasión tan tenaz que han terminado de contagiar a todo el planeta. A cada paso y por cualquier medio, las listas -siempre arbitrarias- nos salen al encuentro ya para distinguir a los diez mejores panes dulces, los cinco mejores arbolitos de Navidad, los mejores pesebres vivientes, las mejores garrapiñadas o las mejores ciudades para esperar la llegada de 2010 (clasificaciones, todas, muy a tono con la época), o para hacerlo con universidades, cocineros, museos, vedettes o estaciones de esquí. Y, claro, también con las películas del año. Aunque ya se sabe del muy relativo valor de tales rankings.

Pero más allá de esas tablas de posiciones que no son ni podrían ser fruto de un campeonato, sino de la valoración personal, el cine dispara emociones y la memoria las ordena a su antojo y porque sí. Dejemos que ella se manifieste y recogeremos algo de lo que una temporada de cine ha dejado en nosotros.

* * *

Puede ser una secuencia entera: la muy extensa que en El secreto de sus ojos (Juan José Campanella) se inicia con una toma aérea del estadio de Huracán, se mete entre la multitud, busca a los protagonistas y describe una compleja persecución hasta que la acción concluye. Puede ser también la confirmación de la ductilidad extraordinaria de una actriz -la camaleónica Marion Cottillard- que después de haber deslumbrado con su encarnación de Edith Piaf se encargó de levantar la temperatura emotiva de Enemigos públicos (Michael Mann) confiriéndole a Billie Frechette, la amante de Dillinger, toda su vulnerabilidad y su belleza.

Hay actores que son así: más por personalidad que por oficio (aunque éste le sobre), basta que aparezcan para que el centro de atención de instale en ellos: pasa casi siempre con Tilda Swinton, y también en El curioso caso de Benjamin Button (David Fincher), en la que Brad Pitt asumía el laborioso papel protagónico.

La memoria también rescata un par de veteranos. Uno es el francés Michel Piccoli, que se dio el gusto de convertirse en matrona para Jardines de otoño , provocativa ocurrencia (una más) de Otar Iosseliani. En cuanto al otro, Clint Eastwood, si es cierto que el Walt Kowalski de Gran Torino será el último personaje que hará en el cine, no pudo haber elegido mejor: en su expresión siempre parca, la redención de ese tipo hosco, amargado e irascible resulta especialmente conmovedora.

Por supuesto, actores y personajes se confunden en la memoria: recordaremos al muchacho drogadicto y loco de soledad de El silencio de Lorna , aunque no nos sea tan familiar el nombre de Jérémie Renier (actor de los Dardenne); el dolor callado y la fortaleza de carácter en los ojos de Mirjana Karanovic, la protagonista de Sarajevo, mi amor ; la esperanza y la fe intactas en la sonrisa de Soulemayne Sy Ravane frente a la parquedad sombría de Red West en Goodbye Solo ; la autoridad y la distinción de Edit Scob reinando en medio de un elenco admirable en Las horas del verano , donde volvía a apreciarse la elegancia de los planos secuencia de Olivier Assayas.

Son apenas algunas imágenes que la memoria conserva. Cada uno tendrá las suyas y sabrá componer su propio álbum de emociones.

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