Simetrías perturbadoras

Fernando López
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16 de noviembre de 2006  

Los infiltrados ( The Departed , EE.UU./2006, color; hablada en inglés). Dirección: Martin Scorsese. Con Leonardo DiCaprio, Matt Damon, Jack Nicholson, Mark Wahlberg, Martin Sheen, Ray Winstone, Vera Farmiga, Alec Baldwin. Guión: William Monahan, sobre el film Infernal Affairs , de Alan Mak y Andrew Lau. Fotografía: Michael Ballhaus. Música: Howard Shore. Edición: Thelma Shoonmaker. Presentada por Warner Bros. 152 minutos. Sólo apta para mayores de 16 años.

Nuestra opinión: muy buena

Con Los infiltrados , Scorsese vuelve al territorio que le es más familiar, aunque aquí las calles no sean las de Nueva York sino las de Boston y la organización mafiosa que mueve los hilos del delito no exhiba apellidos italianos sino irlandeses. En este nocturno y violento universo urbano donde todas las duplicidades y todas las traiciones son posibles, el realizador de Buenos muchachos reescribe el enredado e inquietante juego de simetrías propuesto por un famoso thriller de Hong Kong ( Infernal Affairs , aquí conocido en video como Asuntos infernales ) y le impone su sello y su dinámica.

Es un regreso que debe ser celebrado porque además muestra a un Scorsese menos atento que en sus últimos trabajos al posible juicio de la Academia de Hollywood y más preocupado por seducir a sus fanáticos con una historia ingeniosamente construida y narrada con brío y sin desmayos. El sabe administrar el ritmo con la precisión suficiente para que el vértigo y la cruda violencia (que es mucha y a veces brutal) sólo funcionen como motores o pilares de la acción. La cámara dúctil de Michael Ballhaus y el montaje nervioso de Thelma Shoonmaker (admirable en los certeros flashbacks y en su inventiva puntuación de las escenas de tiroteo) son, como siempre, sus sólidos aliados.

Espía contra espía

En el centro del film hay una propuesta inteligente y de rica sustancia dramática: en la unidad de investigaciones especiales de la policía estatal alguien está trabajando para el todopoderoso jefe de la mafia local y, al mismo tiempo, en el grupo más próximo al temible gángster también hay un policía infiltrado. Cuando los indicios de esas indeseadas presencias se hacen visibles, los dos bandos se esfuerzan en la caza del correspondiente espía enemigo, poniendo en juego sus respectivos repertorios de astucias, celadas y descontrolada violencia.

De este paralelo que con el avance del relato se va extendiendo y multiplicando en un inquietante juego de máscaras y espejos se desprenden similitudes perturbadoras no sólo en la escala individual (cuando el disfraz se hace carne, se borra hasta la propia identidad), sino también entre la organización criminal y el cuerpo policial. En semejante tembladeral hecho de mentiras y fraudes y que fatalmente concluirá del modo más sangriento, nadie traiciona porque la lealtad ya no existe, y la desconfianza se disemina a tal punto que todo el mundo se vuelve sospechoso. Lo que quizás habilita cierta lectura metafórica de espeluznante conclusión.

Scorsese expone la compleja trama con concisa claridad. El espectador está al tanto casi desde el principio del macabro juego de máscaras y simetrías. Sabe de los dos muchachos destinados a ser enemigos mortales y de las semejanzas que hay entre ellos a pesar de las diferencias de origen y las dispares motivaciones; sabrá también de sus ascensos a posiciones respetables, de sus secretas vulnerabilidades -expuestas a través de la relación con la misma mujer- y de la análoga búsqueda en la que se precipitarán: al mismo tiempo la búsqueda del otro y la de sí mismos.

El espejo puede ser deformante: la figura paterna del jefe de detectives tiene una contracara diabólica en el capo mafioso al que Jack Nicholson define a veces con inesperada mesura y a veces sobrecarga con los rasgos maléficos que ya parecen inseparables de su imagen (quizás haya que adjudicarle al encandilamiento por la dominante presencia del actor que el film le dedique más atención que la necesaria y que esa sobredosis incida en la duración algo excesiva del film). Los paralelos pueden prolongarse: basta reparar en los personajes que están de un lado y otro de la ley.

En el desempeño de un elenco que parece cerca de la perfección se percibe la mano de un gran director de actores. DiCaprio y Matt Damon pueden sorprender por la precisión con que traducen los dobleces de sus personajes, pero más llamativa resulta aún la potencia que Mark Wahlberg expone como el brutal y repulsivo policía.

La banda sonora -Stones, Patsy Cline y Donizetti incluidos- es una suma de hallazgos.

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