Sólo con el 3D no alcanza

En la cuerda floja, de Robert Zemeckis, sucumbe a la maravilla que provocan sus proezas técnicas por su adhesión a los estereotipos
Natalia Trzenko
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8 de octubre de 2015  

En la cuerda floja (The Walk, Estados Unidos /2015) / Dirección: Robert Zemeckis / Guión: Christopher Browne y Robert Zemeckis, sobre el libro de Philippe Petit / Fotografía: Don Burgess / Elenco: Joseph Gordon-Levitt, Ben Kingsley, Charlotte Le Bon, James Badge Dale / Duración: 124 minutos / Distribuidora: UIP (Sony) / Calificación: ATP.

Nuestra Opinión: Regular

Hubo veces en las que Robert Zemeckis pudo combinar su pasión por el aspecto más técnico e innovativo del cine con una narración a la altura de la magia de los efectos especiales que tanto lo fascinan. Esas veces Zemeckis consiguió imprimir en la cultura popular personajes inolvidables como el Marty McFly de Volver al futuro, el Roger Rabbit de ¿ Quién engaño a Roger Rabbit y Forrest Gump. El mismo director que logró que el público se emocionara con la pelota Wilson de Náufrago no puede ahora hacer que el personaje central de En la cuerda floja se parezca a un ser humano. Aunque en realidad lo sea porque el film está basado en la vida y obra de Philippe Petit, el equilibrista francés que en 1974 decidió que era una buena idea cruzar de una Torre Gemela a la otra en su cuerda.

Interpretado por Joseph Gordon-Levitt Petit, el protagonista es una colección de estereotipos, un bufón insoportable que dice que habla en inglés todo el tiempo (con un acento digno de dibujito animado) para practicar el idioma, un absurdo del guión que no se cansa de manipular la hazaña de Petit para darle un sentido que nunca tuvo.

Gracias a las maravillas del 3D, las escenas sobre las torres impresionan, atrapan, pero Zemeckis y su coguionista no se conforman con eso y necesitan recalcar una y otra vez la belleza de los edificios, su mística y su carácter. Una descarada y aprovechada referencia tácita al ataque del 11 de septiembre de 2001. En manos de algún otro realizador podría haber sido un homenaje, pero hecho por Zemeckis resulta un apunte cursi y meloso. Tanto como el tono general de la película que pone a su protagonista y narrador a contar la historia desde lo alto de la Estatua de la Libertad, dándole a todo el asunto un aire de fantasía y un ritmo entre circense y afectado, más apropiado para la moderna animación que el director desarrolló en El expreso polar, Beowulf y Los fantasmas de Scrooge. Por momentos con sus posturas, su acento y esos lentes de contacto imposibles, Levitt parece pertenecer a alguna de esas películas más interesadas en exhibir una tecnología que en la historia que están contando.

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