Un espacio que se ensancha

Fernando López
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27 de abril de 2004  

Hay -debe haber- lugar para todos. Esa determinación parece haber presidido el trabajo, arduo por cierto, del comité seleccionador del Festival de Cannes, que este año tuvo que examinar unos 1300 títulos para componer los programas de sus distintas secciones. Fueron cuatrocientos más que en la última edición, lo que por un lado da una idea del interés que los cineastas de todo el mundo siguen manifestando por alcanzar esa especie de certificado de excelencia que supone la sola presencia en la cotizada vidriera de la Costa Azul, y por otro refleja en qué elevada medida la producción se ha hecho menos costosa y menos compleja gracias a la tecnología digital.

Cannes suele reaccionar a las críticas. Si se lo acusa de mostrar un panorama demasiado sombrío del mundo por su inclinación al cine testimonial (si bien está claro que la culpa de lo que se ve no es precisamente del que mira), se preocupa por oxigenar la pantalla a fuerza de comedias; si se le atribuyen afanes elitistas y se lo acusa de dar la espalda al gran público, reserva un buen espacio para Hollywood, superproducciones y films de acción incluidos; si se lo define como un gueto cultural al cual es difícil acceder salvo que se pertenezca al club de los favoritos, abre sus puertas a los jóvenes realizadores y presta atención a los envíos de países de tradición cinematográfica escasa o poco difundida. Y para dar señales de su desprejuicio respecto de los géneros, también incluye en sus programas más documentales, films de animación y hasta películas de artes marciales. Por supuesto, esa reacción no lo eximirá de reproches: también los recibirá este año, aunque haya hecho unos cuantos gestos para evidenciar la voluntad de que en su privilegiado escaparate esté representada la actualidad fílmica en toda su riqueza y heterogeneidad.

El crecido número de films que integran el programa fuera de competencia, por ejemplo, donde figuran nombres consagrados como Almodóvar, Godard, Kiarostami, Zhang Yimou, Georgi Paradjanov y Quentin Tarantino, este último también presidente del jurado. O el hecho de que hayan quedado fuera de la selección algunos habitués de sobrado prestigio, entre ellos el británico Mike Leigh. Y también el alto número de directores -doce- que compiten por primera vez por la Palma de Oro.

* * *

El festival anda en busca de renovación. Por eso, aunque no faltan en la competencia algunos mimados de Cannes (Emir Kusturica, Olivier Assayas, Wong Kar-wai o los hermanos Coen, que llevan su versión de "El quinteto de la muerte"), en el mismo espacio aparecen dos films de animación ("Shrek 2" y el japonés "Innocence"), una nutrida representación del cine oriental (incluido, por primera vez, un film tailandés, "Tropical malady", de Apichatpong Weerasethakul), un nuevo documental de Michael Moore con el mismo espíritu polémico de "Bowling for Columbine" y una previsible dosis de duras críticas a la política exterior de Bush ("Fahrenheit 911") y hasta la obra de un debutante, el italiano Paolo Sorrentino ("Le conseguenze dell´amore".

No hace falta repetir que esta inyección de sangre nueva tiene también su aporte latinoamericano en el esperado segundo film de Lucrecia Martel ("La niña santa") y en el ambicioso retrato de la juventud del Che Guevara que se propuso el brasileño Walter Salles en "Diarios de motocicleta". A esos dos títulos que integran la competencia hay que sumar otras presencias: la de "Los muertos", de Lisandro Alonso, en la Quincena de Realizadores; el nuevo trabajo de los uruguayos Pablo Rebella y Pablo Stoll (responsables de "25 watts"), que presentarán "Whisky" en la sección "Una cierta mirada", o la clase abierta sobre música en el cine que tendrá a su cargo Lalo Schifrin. "La intención -según expresó Thierry Fremaux, director artístico de la muestra- es renovar un poco el certamen y la selección en general y poner nuevos nombres en el mapa." En otras palabras, salirse de la rutina, un ejercicio que suele ser muy saludable, y no sólo en la programación de festivales.

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