Un héroe que atraviesa las ideologías

Revolución no logra ponerse claramente a la vanguardia de El santo de la espada en la versión K de San Martín y el cruce de los Andes
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10 de abril de 2011  

Noche de estreno, última función del día de Revolución: el cruce de los Andes , la película del Gobierno sobre José de San Martín, en el Cinemark Palermo, que el jueves arrancó muy tranquila, con 6125 entradas vendidas en 56 salas. Tibios aplausos la despiden mientras corren los créditos del final. El director y guionista Leandro Ipiña ha logrado una producción pensada primero para la TV, que ahora se proyecta en pantalla grande. Revolución no despierta gran emoción, le sobra ampulosidad y no puede evitar cierta bajada de línea en la que -¡cuándo no!- un periodista envarado y frivolón entrevista a un veterano del Ejército de los Andes en busca de un perfil más descafeinado del Padre de la Patria. El Libertador de Ipiña es un general enfurruñado, castizo y paternalista, que lleva a su tropa por la cordillera hasta desembocar en la, por lo que se ve, muy cruenta batalla clave de Chacabuco, clave para la libertad de Chile. La película entró este fin de semana detrás de Río y Un cuento chino .

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Acorde a los tiempos más mediáticos y audiovisuales, el kirchnerismo en su afán refundacional de casi todo, también de la historia, ha realizado sendas producciones sobre los héroes máximos de la historia argentina, San Martín y Manuel Belgrano (esta última fue proyectada en distintos puntos del país gratuitamente y la han visto 300.000 personas, aunque todavía Canal 7 no comunicó cuándo la emitirá por su pantalla).

Tres revelaciones -por llamar de alguna manera a ciertas fortuitas circunstancias con las que el Gobierno se topó en su camino y logró capitalizarlas a su favor- cincelan una identidad propia del kirchnerismo, más allá del folklore del viejo peronismo y del setentismo con los que arrancó arropado en 2003.

La primera fue el conflicto con el campo, en 2008, que le sirvió para definir enemigos y lanzar la guerra contra Clarín y los "medios hegemónicos", y la tercera, la muerte de Néstor Kirchner, que en una gran paradoja convirtió rápidamente la tristeza en algarabía juvenil y militante en las redes sociales, reafirmada en actos y fiestas de los "cumpas".

Fue precisamente la segunda revelación, el Bicentenario, en mayo de 2010, lo que convenció al Gobierno de que en los magnos aniversarios de acontecimientos históricos también había un buen filón para mover multitudes y crear consensos.

Las producciones sobre los máximos próceres argentinos, la inauguración del Salón de los Patriotas Latinoamericanos en la Casa Rosada; la repetida promoción presidencial del libro del periodista Hernán Brienza sobre Dorrego (también por parte de Hugo Chávez cuando recibió un premio otorgado por la Universidad de La Plata); la creación con bombos y platillos del nuevo feriado por el Día de la Soberanía; el polémico video que entrelaza los natalicios de San Martín y Kirchner, y la "ópera cumbia" Mueva la patria , de la gente del semanario satírico Barcelona , motorizada el año pasado por el Centro Cultural Caras y Caretas, son algunos de los intentos por lograr un acercamiento más moderno, amistoso y de fervor juvenil y patriotero a ciertos vestigios emblemáticos del pasado que puedan tender puentes hacia lo que hoy representa el kirchnerismo como "modelo nacional".

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No sólo no hay nada nuevo bajo el sol, sino que las contradicciones ideológicas y las coincidencias estéticas y maneras de encarar los relatos entrecruzan, en el momento menos esperado, caminos supuestamente contrapuestos.

En ese sentido, Revolución tiene un impensado parentesco con su precedente más lejano: Nuestra tierra de paz , película de 1939, dirigida por Arturo Mom en la que la historia de nuestro máximo prócer es encarada desde el relato de sus hazañas que le hace un abuelo a su nieta.

En La historia argentina a través del cine , de Eduardo Jakubowicz y Laura Radetich (La Crujía Ediciones, Buenos Aires, 2006), se refleja el inconstante flujo de películas históricas que tapizan el cine argentino desde sus inicios.

En la época del cine mudo era el género favorito, pero después fue amainando hasta resurgir otra vez fuertemente en la década del 40 con tres títulos del sello Artistas Argentinos Asociados, que se volvieron clásicos ( La guerra gaucha , Su mejor alumno y Pampa bárbara ).

Señalan Jakubowicz y Radetich que aquellas películas de "estilo declamativo y engolado" ostentaban una paradójica contradicción: a pesar de ser nacionalistas y antiimperialistas, no obstante no se proponían ir contra el "panteón oficial liberal", algo que comenzará a suceder décadas más adelante cuando el revisionismo ponga a la historia patas arriba.

Más allá de esporádicos títulos, hay que esperar hasta 1968 cuando Leopoldo Torre Nilsson da a conocer sucesivamente su célebre tríptico criollista-histórico: Martín Fierro , El santo de la espada y Güemes: la tierra en armas , las tres con Alfredo Alcón en el papel protagónico, verdaderos batacazos de taquilla (1.800.000 espectadores tuvo la primera y 2.800.000 entradas vendió la segunda).

Estas películas, más Bajo el signo de la patria , de René Mugica, que se centra en la figura de Belgrano, coinciden con la época en la que en el país mandaba la dictadura que se autoproclamaba "Revolución Argentina" (Onganía/Levingston/Lanusse), y cobraban auge las "formaciones especiales" del peronismo. La exaltación de lo militarista, pues, respondía a una fuerte pulsión de esa hora.

Se trata de producciones que buscan despertar el espíritu patriótico en torno de figuras indiscutibles de los tiempos nacientes de la Patria por medio de sus hazañas militares.

Las películas históricas reaparecieron tras la restauración democrática de 1983, pero encaradas a rescatar hechos más recientes de la historia contemporánea (aunque Jorge Coscia también dio a conocer su versión de San Martín en El general y la fiebre , en 1992).

Ipiña, director de Revolución , fue asistente de Tristán Bauer en Iluminados por el fuego , otro film sobre soldados (de Malvinas) y en 2008, por las suyas, realizó un óptimo documental para el canal Encuentro sobre la Batalla de San Lorenzo.

Los héroes militares y las batallas fascinan por igual a derechas y a izquierdas porque subliman en su veneración los (esperemos que imaginarios) combates pendientes.

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