Una amnesia sanadora

El director finlandés Aki Kaurismäki presenta los inesperados efectos en un hombre de la pérdida total de memoria
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12 de mayo de 2003  

El protagonista (sin nombre) llega a Helsinki en busca de trabajo y al poco tiempo es brutalmente golpeado por unos desconocidos hasta quedar al borde la muerte y sin un centavo en sus bolsillos. Una milagrosa recuperación le permite regresar al mundo real, pero con una amnesia total como secuela. Así, el hombre sin pasado del título se ve obligado a iniciar una nueva vida en una zona marginal junto con gente que ha quedado fuera del sistema y a descubrir otros valores que le permiten encontrar en la angelical Irma el amor de su vida.

Así de inocente y simple es el planteo de esta pequeña gran película, una tragicomedia agridulce y melancólica que lleva el sello de ese notable director que es el finlandés Aki Kaurismäki (no confundir con su hermano mayor, Mika) y que fue estruendosamente ovacionada en la última edición de Cannes, donde obtuvo el Premio Especial del Jurado y el galardón a la mejor actriz para su intérprete-fetiche, Kati Outinen. Además, "El hombre sin pasado" fue considerada la mejor película de 2002 por los críticos de todo el mundo reunidos en la Fipresci y fue nominada al Oscar en idioma no inglés, aunque su autor decidió no participar de la ceremonia como forma de protesta contra la guerra en Irak.

Fiel a su estilo de cambiar, sorprender y experimentar constantemente, Kaurismäki –de 46 años– pasó de un film casi minimalista, mudo y en blanco y negro como "Juha" a una épica romántica dialogada y muy colorida como "El hombre sin pasado". Esta película le permitirá, seguramente, alcanzar una audiencia bastante más masiva que el gueto cinéfilo que hasta ahora disfrutó de títulos como "Crimen y castigo", "Ariel", "Yo alquilé un asesino por contrato", "La chica de la fábrica de fósforos", "La vie de Boheme", "Cambio de vientos" y la apuntada "Juha" en diversas retrospectivas o en sus efímeros pasos por las salas comerciales argentinas.

En persona, Aki Kaurismäki es tímido, casi huraño, habla en un casi indescifrable dialecto que combina palabras del español, el portugués y el inglés y hace gala de ese sentido del humor tan lacónico, irónico y triste que se desprende de cada una de sus películas.

LA NACION estuvo en las presentaciones que el director hizo de su film ante la prensa extranjera tanto en el festival de Cannes como en el de San Sebastián, y el diálogo resultó siempre imprevisible por la forma que tiene el cineasta de mezclar todo el tiempo frases serias con bromas absurdas sin siquiera realizar una mínima inflexión de su voz.

-¿Cómo es su forma de trabajo para llegar a ese tono tan particular que consigue con los actores?

-Es muy sencillo: hago siempre una sola toma. La primera siempre es la mejor porque hay mayor concentración. Sólo si hay un problema técnico la vuelvo a hacer. En el set soy yo el que improvisa, y no los actores. Espero hasta el último segundo para poner la cámara. Con mis intérpretes no ensayo, me alcanza con silbarles para que me entiendan. Si Matti Pellonpaa no hubiese muerto en 1995 seguiría actuando en mis films. Siempre me preguntan por qué sigo trabajando una y otra vez con el mismo director de fotografía o con los mismos actores. ¿Por qué no le preguntaron a John Ford por qué siempre se decidía por John Wayne? Les voy a decir la verdad: son los únicos que trabajan por lo que yo les pueda pagar.

-Su cine es muy estudiado, pero usted siempre se resiste a darle entidad y hasta reniega de su obra ¿Por qué?

-Porque no me considero un director con talento. Llevo 23 años en este oficio y no creo haber hecho una sola buena película. Al principio tenía ambición, pero ahora sólo me dedico a ver fútbol, fumar y beber vino blanco todo el tiempo, que son actividades más placenteras que el cine.

-Sin embargo, tendrá referentes cinematográficos que lo animaron a dirigir...

-Por supuesto, me encanta ver cine clásico. Nunca veo películas actuales, ni de Hollywood ni del Dogma 95, porque son todas malas. En cambio, directores como Luis Buñuel, Robert Bresson o Akira Kurosawa sí pueden servir de gran inspiración. Siempre hago referencias a ellos en mi cine. Considero que cualquier película de los años 60 es mejor que las mías.

-¿Por qué en su cine los silencios y la música suelen tener mayor importancia que la palabra?

-Si bien "El hombre..." es algo más hablada que mis films anteriores prefiero la música a los diálogos. Claro que no voy a desperdiciar la mitad del presupuesto en los derechos para una canción: siempre optaré por darles sopa a los extras. Trato de que todo me salga barato y por eso hago cantar a los actores, me conformo con un tango de segunda línea o directamente compongo yo la música.

-Muchos consideran "El hombre sin pasado" su película más optimista ¿Por qué rodó una historia así en este momento?

-No me gusta analizar demasiado mis películas porque espero que mis visiones respecto del estado de las cosas en lo social, lo económico y lo político se desprendan de ellas. Además, mis historias son muy sencillas. Las puede entender una campesina de China sin leer subtítulos. "El hombre..." es la segunda parte de una trilogía que empecé con "Nubes pasajeras", a partir de la depresión económica que se produjo en Finlandia a comienzos de los años 90 y que dejó a mucha gente en la calle. La primera parte fue sobre la gente sin trabajo, ésta sobre la gente sin hogar y la tercera sobre la gente sin amor. Mi próxima historia será, como casi siempre, una tragedia común, pero con elementos catastróficos. Con respecto al supuesto optimismo de "El hombre...", creo que tiene que ver con mi visión de aquellos que el marxismo define como lúmpenes. Mi principal actividad cotidiana es ir de bar en bar para escuchar las historias de la gente, que en un 92 por ciento está desempleada. Me emociona ver cómo personas que se han quedado sin nada mantienen en alto ciertos valores como la honestidad, la solidaridad y hasta la esperanza. Me gustan los finales felices. Ahora que lo pienso, "El hombre..." está demasiado cercana al espíritu de una película de Walt Disney.

Trabajo en familia

  • Aki Kaurismäki asegura, un poco en broma y un poco en serio, que todos sus actos tienden a ahorrar dinero para seguir filmando seguido y barato. "Para reducir costos –indica– mi esposa participa en el casting y mis tres perros siempre salen en pantalla. Si se fijan bien en «El hombre sin pasado», mi perra Hannibal tiene uno de los papeles protagónicos." Al director finlandés tampoco le gusta gastar en pasajes de avión. "A los festivales de Cannes y San Sebastián voy siempre en auto, con mi mujer y los perros. Antes lo hacía en dos días en barco y tres de ruta, pero ahora me estoy poniendo viejo y tardo un día más."
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