Con la fuerza de lo elemental

Pola Suárez Urtubey
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30 de marzo de 2000  

El fervor que acompaña desde hace más de un siglo a "Cavalleria rusticana" (1890), de Mascagni, y a "I pagliacci" (1892), de Leoncavallo, los dos títulos que abren la temporada 2000 del Colón, dista de ser unánime. Para algunos sólo cabe el desdén hacia estas dos tragedias salidas del más plebeyo verismo, como si el arte hubiera perdido con ellas su pudor e idealidad.

Para otros, una operística sin la envergadura literaria y musical que caracteriza a los dramas wagnerianos o a las grandes creaciones del siglo XX, como las de Debussy, Strauss, Bartok, Hindemith, Berg, Dallapiccola, Penderecki, Messiaen o Ligeti, resulta oprobiosa.

Sin embargo, hay una tercera corriente, para la que ambas óperas constituyen un desafío que llega a la historia en el momento más oportuno, cuando dioses y héroes deben dejar paso al hombre común, a sus bajos instintos, a su soledad, a su miseria. Pero también un ejemplo de cómo el vigor de lo elemental, de lo primario, puede ser tan potente en el arte como la fuerza de lo intelectual.

Es innegable en ambas obras la elementalidad de los acontecimientos teatrales y de los recursos musicales puestos en juego. En "Cavalleria", los hechos ocurren de manera resuelta y concisa, en torno de un pivote dramático y musical (la escena y dúo de Santuzza y Turiddu al promediar la obra) que conduce al violento y mortal desenlace. Todo aquí es rápido, estricto y desnudo, sin vueltas, hasta arribar al grito desaforado de Santuzza "A te la mala Pasqua, spergiuro!", de una rudeza que empalidece cualquier calificativo.

* * *

La distancia entre "Cavalleria" y el drama de Leoncavallo es más grande de lo que se puede suponer. La estructura de "I pagliacci" es la de un teorema, con un prólogo como proposición, y dos actos a manera de demostración. Esta diferencia en lo formal, que se refleja asimismo en recursos de composición, emana del hecho de no haber existido una propedéutica verista, lo que explica que hayan existido bajo esa denominación óperas manifiestamente independientes, al margen de que en todas se respire idéntico olor a traición, sangre y muerte.

Con "Cavalleria", Mascagni rompe todos los diques. Ella señala el camino hacia la verdad de los hechos cotidianos, con seres comunes, vulgares, insignificantes, torturados por una situación contingente. Ahora sus pasiones no se resuelven en la intimidad de un dormitorio, sino en la más indiscreta y brutal promiscuidad de la plaza pueblerina. A su vez Leoncavallo, al ubicar en un provocativo primer plano la miseria de la gente de circo (el circo como sinónimo de lo grotesco y vulgar), arremete quijotescamente contra los últimos dioses de la escena. De Leoncavallo a la "Petruschka" de Stravinsky hay un solo paso. Porque en el camino hacia la desacralización del arte, "I pagliacci" es el primer semáforo en verde.

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